El teatro en las decadas de 1950 y 1960

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El teatro desde 1939

Tras la Guerra civil, la situación del teatro se puede calificar de catastrófica. Había sido un arma de propaganda y también de evasión durante la contienda y así había de permanecer en los primeros años 40. El gobierno franquista sabía que era un modo de expresión peligroso, por lo que ejerció una severa censura, contradictoria y miope muchas veces, pero que influyó de manera muy negativa no solo en los montajes, sino en la propia creación dramática, en eso que denominamos “autocensura”.

Aunque hay un teatro en el exilio, con autores como Max Aub y sobre todo Alejandro Casona (“La sirena varada”), el panorama de los años 40 está protagonizado por dos formas de teatro bastante distintos. Por un lado, eso que se denominó “alta comedia” o “comedia burguesa”, de influencia benaventina. Son obras bien construidas, con una mezcla de intriga y sentimentalidad muy del gusto del público, en escenarios domésticos de la clase acomodada y temática repetitiva: celos, infidelidades, etc. Además de Jacinto Benavente, cultivaron este teatro autores como Joaquín Clavo Sotelo o José María Pemán. Por otro lado, y visto hoy con más interés, es el denominado “teatro de humor”. Enrique Jardiel Poncela, con bastante obra ya antes de la guerra, se aleja de los escenarios realistas y encuentra en la situaciones disparatadas y cómicas un cauce de expresión moderna. Éxitos remarcables son “Eloísa está debajo de un almendro” o “Los ladrones somos gente honrada”. Pero quizá es Miguel Mihura, quien solo a partir de los 50 estrenará con éxito, el que mejor represente el humor absurdo y algo existencialista. En su mejor obra, “Tres sombreros de copa”, plantea el conflicto universal del hombre: vivir conforme a lo que le conviene o conforme a sus deseos. Su obra posterior quizá se quedó en ese humor blando e intrascendente que se llamó “codornicesco”, por la revista que él dirigió: “La codorniz”.

En los años 50 surge una interesante generación que extenderá su influencia hasta casi los 70. Es la denominada “Generación realista”. Son autores que entienden que el teatro debe hablar de la circunstancia actual del hombre, que en el caso de España se llamaba dictadura franquista, y hacerlo con espíritu crítico. Se plantean cuál debía ser su actitud: ¿escribir con libertad condenando así sus estrenos sin remedio o plantear su crítica de modo sutil para sortear la censura? Esto último se llamó “posibilismo” y su autor más importante es Antonio Buero Vallejo. Buero aparece con “Historia de una escalera”, que plantea con pesimismo la imposibilidad del hombre llano de prosperar y salir de su pobreza, será autor fecundo de un teatro ético de mucha calidad, que tocará temas delicados como la pena de muerte (“La fundación”) o la tortura policial (“La doble historia del doctor Valmy), cuyas ambientaciones simbólicas le permitieron estrenar sin problemas. A ello hay que añadir un interés meritorio por la innovación y la imaginación en los montajes. Alfonso Sastre, por su lado, reivindicó la otra forma de hacer teatro, de preocupación social y abiertamente crítico. Obras suyas de interés son “Escuadra hacia la muerte”, que trata el conflicto de la tiranía, o “La taberna fantástica”, donde presenta la degradación de las clases humildes, pero ninguna de ellas pudo estrenarse de forma pacífica hasta la muerte del dictador. Otros autores importantes de este grupo realista son José Martín Recuerda, Lauro Olmo o Ricardo Rodríguez Buded.


Desde los años 50, pero con muchas dificultades para estrenar y siempre en un cauce minoritario, se desarrollará otro teatro denominado experimental. Ajeno a la estética realista, entienden el teatro como un espectáculo donde el texto es solo un elemento más. La temática sigue siendo en general la denuncia del franquismo y de la opresión, lo que les impidió estrenar en condiciones hasta la muerte de Franco, pero hacen uso de técnicas novedosas como el fragmentarismo, el absurdo, la ruptura de la cuarta pared, efectos especiales, mímica, improvisación, participación del público, etc. Los nombres más conocidos son Fernando Arrabal (“El cementerio de automóviles” , “Pic-nic”) o Francisco Nieva (“Pelo de tormenta”)

A partir de los años 70 surge un fuerte movimiento denominado “teatro independiente”, al margen de la infraestructura comercial que compensaba su modestia de recursos con dosis de imaginación y libertad. Hablamos, por ejemplo, de El grupo Tábano, Los Goliardos, Els Joglars, Comediants, etc, que en general cultivaron lo que se llamó “teatro colectivo”, es decir, sus obras que no pertenecían a un autor sino que se gestaban con la participación de toda la compañía.

El panorama actual del teatro es bastante heterogéneo. Existe por un lado un circuito comercial que se identifica con el teatro de humor y los dramas costumbristas, más bien poco valorado. A su vez, hay una sólida red de teatro institucional que lleva a cabo montajes de calidad tanto de obras clásicas como de apuestas más arriesgadas y contemporáneas. Algunos autores que estrenan desde los años 80 regularmente y con éxito son Luis Alonso de Santos (“Bajarse al moro”), José Sanchís Sinisterra (“Ay, Carmela”) o más recientemente Juan Mayorga (“Hamelin”). Por último, hay que mencionar el circuito de teatro alternativo, heredero del independiente de los 70, muy variado e irreverente. Compañías consolidadas nacidas de este teatro serían Yllana (“666”) o Animalario (“El fin de los sueños”).

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