Autor literario lengua y sociedad

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Tiquismiquis:

Resumen: los escritores reciben críticas por el empleo de expresiones con sentido figurado, debido a malinterpretaciones de los lectores. Estos términos no son solo habituales en el lenguaje literario sino tambien en el coloquial, en ningun caso pretenden agraviar a nadie, como lo demuestran muchas palabras de nuestra lengua. Los que no son capaces de ir más allá de lo literal demuestran estrechez de miras, ya que es imprescindible dotar a las palabras de nuevos significados para evitar la monotonia del lenguaje

Modelo de comentario crítico: “Tiquismiquis”

El texto propuesto para comentario pertenece a un artículo de opinión publicado por el periodista y también escritor Juan Manuel de Prada bajo el título “Tiquismiquis”. En él, el autor reivindica la libertad de los escritores para usar figuras retóricas en sus artículos y se burla con cierta ironía de los lectores que envían cartas de queja porque supuestamente se han sentido ofendidos por el uso figurado de determinados términos.

El artículo podría dividirse en tres partes, que coinciden con los tres párrafos en los que está estructurado el texto:

  • En la primera parte (exposición de la tesis), el autor plantea el tema sobre el que va a tratar de un modo general, haciendo ver que es un problema que no solo le afecta él (también otro articulista del mismo periódico “se quejaba” de esos lectores “tiquismiquis” hace tan solo algunos meses).
  • En la segunda parte (cuerpo argumentativo), la más extensa, Juan Manuel de Prada expone el caso concreto que le ha llevado a redactar este artículo (la carta de una asociación de epilépticos en la que le critican por haber comparado, en uno de sus artículos, la risa convulsa de unas pijas con la de un “ventrílocuo epiléptico”) y reivindica el uso figurado del lenguaje apoyándose en dos argumentos fundamentales: las figuras retóricas se utilizan también en la lengua coloquial sin que nadie se sienta ofendido por ello (por ejemplo, los términos “cojo” o “pueril” tienen sentidos figurados evidentes) y además constituyen un medio de ampliar las posibilidades expresivas de las palabras, una fuente de enriquecimiento del lenguaje, ya que si siempre utilizásemos las palabras en su sentido literal, éste sería mucho más pobre, monótono y aburrido.
  • En la tercera y última parte (conclusión), el autor se reafirma en su posición concluyendo que nunca renunciará al uso figurado del lenguaje.

La actitud del autor en este texto es obviamente subjetiva, como corresponde a un artículo de opinión. Esa subjetividad se pone de manifiesto en el uso continuado de pronombres y verbos en primera persona, a través de los cuales el autor se hace muy presente en el texto (“me precede”, “yo recibo”, “utilizo”, “me reprochan”, “se me afeaba”, “escribía yo”, “comparé”, “jamás renunciaré”, “sigo”). También constituyen un indicio claro de dicha subjetividad la ironía presente en el texto (cuando el autor trata de ridiculizar a estos lectores tan “tiquismiquis”), la utilización de un léxico claramente valorativo (“interpretaciones torticeras”, “cartas iracundas”) y de ciertos recursos literarios. Es especialmente relevante el hecho de que Juan Manuel de Prada utilice estas figuras precisamente en un artículo en el que está reivindicando su uso: de hecho, compara a los lectores que se quedan en el sentido meramente literal de las palabras con un huésped que prefiere contemplar las paredes de una habitación a mirar el paisaje que hay tras la ventana, e identifica el lenguaje literario con un pájaro que vuela libre, porque permite que las palabras escapen de la jaula donde están presas, dotándolas de nuevos sentidos. Con ese símil y esa acertada metáfora, el autor consigue embellecer su texto, apoyar su argumentación y captar la adhesión de los lectores a la tesis que sostiene. Por todo lo expuesto anteriormente, podemos afirmar que en el texto están presentes la función expresiva del lenguaje, y también la poética o estética. Asimismo, podríamos hablar de cierta presencia de la función apelativa por el uso que hace en el texto de la primera persona del plural, con la que el autor pretende acercase a sus lectores presuponiendo que piensan como él (este es un recurso persuasivo muy habitual en los textos argumentativos): “cuando decimos… no pretendemos…”; “sabemos, desde luego…”; “ni se nos ocurre pensar”… Por último, cabría también hablar de función metalingüística, ya que está empleando el lenguaje precisamente para hablar del propio lenguaje, en este caso, de su uso figurado y de los problemas que dicho uso plantea. La actitud del autor es, por tanto, subjetiva, irónica y crítica.

En cuanto a su intencionalidad, podemos decir que lo que pretende es poner de manifiesto lo ridículas que son las quejas de este tipo de lectores que parecen dedicados a buscar en los artículos motivos por los cuales sentirse ofendidos. Según el autor del texto, esas personas (a las que se refiere indirectamente como “tiquismiquis”, pues de ahí viene el título del artículo) están malinterpretando el uso figurado que los autores hacen del lenguaje porque no saben ver más allá del sentido literal de las palabras, con lo que su concepción de la lengua es sumamente aburrida, monótona, como las “paredes blancas” de una habitación, como vivir encerrado en una “jaula”. Hay que ser muy retorcido, nos dice Juan Manuel de Prada, para pensar que su intención al utilizar en su artículo la palabra “epiléptico” es denigrar a quienes padecen dicha enfermedad.

En cuanto al tipo de texto, se trata, como ya hemos dicho arriba, de un texto periodístico de opinión (es un fragmento de un artículo más amplio), cuyo modo de elocución es la argumentación. Son rasgos lingüísticos típicos de los textos argumentativos muchos de los que ya hemos señalado antes: el uso de la primera persona, tanto del singular, como del plural, con valor inclusivo; la utilización de verbos de entendimiento (“sabemos”, “pensar”, “considerar”); el uso de perífrasis que atenúan algunas de las afirmaciones vertidas (“La imagen podrá ser más o menos brillante…”) y de ciertos marcadores del discurso que sirven, por el contrario, para reforzar otras (“desde luego”, “por supuesto”); el léxico de carácter valorativo, especialmente los adjetivos cargados de connotaciones negativas (“interpretaciones torticeras”, “cartas iracundas”), la ironía y los recursos literarios anteriormente comentados, etc. También es característica de los textos argumentativos la estructura del artículo, que ya comentamos antes, y la utilización de ejemplos para apoyar la tesis.

Desde mi punto de vista, Juan Manuel de Prada tiene razón en gran medida y defiende su postura en este artículo con mucha habilidad. Es cierto que después de leer el texto, las quejas de esos lectores “tiquismiquis” nos parecen absurdas e infundadas, pero también es verdad que habría que considerar cada caso aisladamente, pues tal vez alguna vez los escritores deberían tener algo más de tacto al utilizar ciertos términos, sobre todo teniendo en cuenta que es evidente que hay muchos lectores que están dispuestos a ofenderse por cualquier tontería. En cuanto a que el uso figurado de las palabras hace que el lenguaje sea más rico, más libre, más original y más “ameno”, estoy totalmente de acuerdo, y pienso que no se debe renunciar a él porque haya gente que no sepa captar el sentido de un símil, de una ironía o de una metáfora. Considero que las asociaciones de epilépticos deberían preocuparse por otros temas más importantes, relacionados con las condiciones de vida de estos enfermos, y no quejarse del uso inofensivo de la palabra, como si se tratase de un tabú. Creo en definitiva que vivimos en una sociedad que está un poco obsesionada con el “uso políticamente correcto del lenguaje” y que desatiende los problemas reales, que no tienen que ver con el lenguaje, sino con la sociedad. A mí por ejemplo me parece totalmente absurda esta moda que se ha implantado de decir “señores y señoras”, “alumnos y alumnas”, “compañeros y compañeras”, “trabajadores y trabajadoras”… (por no hablar ya de las “miembras”). Creo que las feministas deben preocuparse por otros asuntos (por los derechos laborales de las mujeres o por la violencia de género, por ejemplo) y no poner patas arriba la gramática. Porque las palabras, en sí mismas, no denigran, ni vejan, ni ofenden, ni discriminan a nadie. Quienes lo hacen son las personas.

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