El arbol de la vida unamuno

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UNAMUNO Es la gran personalidad intelectual del grupo.  Es “un hombre de contradicción y de pelea (…); uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida. Siempre, pues, en lucha consigo mismo (“la paz es mentira”); y en lucha con los demás, contra la “trivialidad” de su tiempo, para sacudir las conciencias, inquietarlas, sacarlas de la rutina. Cultivó todos los géneros (poesía, teatro, novela y ensayo) y todos ellos están recorridos por dos grandes ejes temáticos: el tema de España y el sentido de la vida humana. Respecto al primero, si en una primera etapa regeneracionista defiende la europeización de España, después, perdida su fe en el progreso, considera la religiosidad un valor del pueblo hispano y pasa a defender la españolización de Europa. En lo que concierne a sus preocupaciones existenciales, presentes en ensayos como Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo, cabe decir que la idea de inmortalidad, asegurada por la religión, pero negada por la razón, constituye el centro de su pensamiento. Ante este conflicto, propone la lucha (“agonía”) por la vivencia de la fe; una lucha íntima y cotidiana por “querer creer”, preocupación reflejada en toda su obra y, muy particularmente en su novela San Manuel Bueno, mártir. Entre sus novelas, destaca Niebla (1914), que es su obra maestra en el género narrativo. Es famoso el pasaje en que el personaje protagonista, Agustín, se rebela contra su creador poniendo en tela de juicio la ‘realidad’ del propio Unamuno. Desde este momento, los personajes unamunianos son exactamente “agonistas”, seres que luchan por “ser”, que se debaten contra la muerte y la disolución de la personalidad. En cuanto al estilo, en pocos escritores se cumple, como en Unamuno, la afirmación de que “el estilo es el hombre”. Vehemente, alejado de viejas retóricas, pero con su propia retórica personal. Denso, intenso, emotivo, contradictorio, dado a la antítesis y a la paradoja, su estilo manifiesta la lucha con el idioma para adaptarlo a su pensamiento.

AZORÍN Es uno de los componentes iniciales del Grupo del 98, junto a Maeztu y Baroja. Nos es conocida la evolución de sus ideas políticas y religiosas, desde su anarquismo juvenil al conservadurismo de su madurez. Su pensamiento se centra en la obsesión por el Tiempo, por la fugacidad de la vida humana… Pero no se hallará en Azorín el dramatismo, el patetismo de Unamuno o la angustia de Machado, sino una íntima tristeza, una melancolía suave, unida al anhelo de apresar lo que permanece por debajo de lo que huye, o de fijar en el recuerdo las cosas que pasaron. En suma, será Azorín un contemplativo y un espíritu nostálgico que vive para evocar. Además de numerosos artículos de crítica literaria,   es autor de libros en los que se lleva a cabo la evocación de los hombres y pueblos de España: Castilla.  Como novelista, es un renovador más dentro del grupo. Acerca la novela al ensayo, de modo que la trama pierde importancia frente a los ambientes o personajes, a través de los cuales expresa su desazón existencial o su característica visión de España: La voluntad (1902). En su estilo, son patentes la voluntad artística y el subjetivismo propios de la literatura de principios de siglo. Pero además, Azorín es el ejemplo de la precisión y la claridad; de ahí el empleo de la palabra justa y la frase breve. Destaca en sus descripciones, de enfoque impresionista, atentas al detalle revelador, y construidas con un léxico muy rico que rescata palabras olvidadas, como es típico entre los noventayochistas.


Unamuno. Es sobre todo un gran novelista. Sus ideas sobre el hombre y el mundo se inscriben en la línea del pesimismo existencial. Para comprender su pensamiento, recordemos El árbol de la ciencia: era escéptico en religión y en política, el mundo carece de sentido y la vida resulta absurda. Esta actitud es bien reveladora de la crisis de principios de siglo. Sus críticas son siempre demoledoras, lo que unido a su falta de compromiso político, hace de él un ‘liberal radical’, individualista a ultranza. Sus personajes son, en consecuencia, modelos de inconformismo: bien ‘el hombre de acción’, que se alza contra la sociedad generalmente sin éxito; bien ‘el abúlico’ cuyo impulso vital aparece paralizado por su falta de fe en el mundo (por ejemplo, Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia). Su concepción de la novela aparece ligada al realismo precedente. Pero si Galdós era objetivo, sereno y realista, Baroja será subjetivo, apasionado e impresionista. En efecto, no le interesará copiar la realidad, sino interpretarla desde su propio ‘yo’; no se mantendrá  impasible ante lo que cuenta, sino  que denunciará y criticará y, por último, frente al detallismo del escritor que se pliega ante lo que está describiendo, él utilizará unos pocos rasgos fuertes, definidores, que transmiten una ‘impresión’ vívida del objeto. Reunió buena parte de sus novelas en Trilogías: Tierra vasca, La lucha por la vida, La razaA esta última pertenece El árbol de la ciencia(1911). Son famosas también las novelas de la serie Memorias de un hombre de acción.

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