Melocotón en almíbar Miguel Mihura

Años 40: Posguerra


Conviene, ante todo, recordar los condicionamientos de este género, que no es sólo «literatura» sino además espectáculo. Como tal, suele estar sometido a los intereses de unos empresarios que, en nombre de los gustos del público (preferentemente burgués), no se arriesgan a perder dinero con obras avanzadas en lo estético o en lo ideológico. Por ello, es costumbre distinguir entre un teatro comercial, que pretende entretener, y un teatro con inquietudes diversas. De igual manera que sucedíó en el campo de la novela y en el de la poesía, la Guerra Civil supuso el fin de un movimiento de renovación teatral iniciado en los años 20 y desarrollado en tiempo de la República. Al terminar la guerra, algunos autores importantes habían muerto (Lorca, valle, Alejandro Casona) o marchado al exilio (Alberti, Max Aub). Estos últimos desarrollan el teatro español en Sudamérica. Por tanto, falta la referencia de los grandes maestros, con la excepción de Jacinto Benavente, que está en declive. Y, aparte de las restricciones políticas, domina un público burgués con un afán de diversión trivial. Además, apenas existían salas de teatro y casi todas estaban centralizadas en Madrid, por lo que el espectáculo dramático fue sustituido por otros como el fútbol o el cine.
En el teatro comercial, merece cierta estima un tipo de alta comedia en la línea de Benavente. Es lo que se ha llamado «el teatro de la continuidad sin ruptura». Son comedias «de salón» o de tesis, a veces con una crítica amable basada en los valores de la época. Sobresale el tema del amor, empleado para exaltar valores como la familia, el matrimonio y el hogar. Y responden al ideal de la obra «bien hecha» según una estética tradicional. Destacan en este sector autores como José Ma Pemán, Luca de Tena, Edgar Neville…
el teatro cómico o del humor, alejado de la realidad inmediata, con dos importantes representantes que habían comenzado a escribir antes de la guerra: Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura.
Jardiel Poncela (1901-19552) venía intentando, desde años atrás, renovar la risa. Es autor de obras como Eloísa está debajo de un almendro, Los ladrones somos gente honrada o Los habitantes de la casa deshabitada. En ellas, con una técnica parecida a la de los relatos policíacos, acumula episodios extraños que sólo al final encuentran explicación. Abundan exuberantes acotaciones sobre decorados que crean un espacio lúdico. Los personajes, siempre numerosos, pertenecen a la burguésía. En las obras de Miguel Mihura (1905-1977) se distorsiona la realidad por medio de la imaginación y la fantasía poética. Su obra más representativa fue Tres sombreros de copa. En la obra, Dionisio, representante de lo formal, serio, respetable, y a punto de contraer matrimonio, se enfrenta con el mundo libre, alocado, bohemio y mágico de unos cómicos. Se enamora de Paula, perteneciente a esta nueva realidad, pero, finalmente, renuncia a la libertad para reintegrarse en el orden establecido. Con este retorno a lo ya conocido, Mihura pone en evidencia su pesimismo y desencanto. Otros títulos: Maribel y la extraña familia, Melocotón en almíbar. En 1949 se estrena Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo.
Es el gran drama de la frustración, visto a través de tres generaciones de varias familias modestas Es una historia de matrimonios sin amor en el Madrid de la posguerra. Poco después, en 1953, Alfonso Sastre se dará a conocer con Escuadrón hacia la muerte, obra que, como la anterior, encierra una visión de tipo existencialista. Fue estrenada por el Teatro
Popular Universitario; sólo llegó a representarse dos veces y fue prohibida y retirada. Estamos ante un teatro serio, encarado con la realidad y que pronto adquirirá un acento social.

Años 50


Durante los años 50 y parte de los 60, poco es lo que cambia en el teatro comercial.
En la comedia, la figura más popular fue Alfonso Paso (1926-1978) quien comenzó con ciertas inquietudes (Los pobrecitos). Pero prefirió convertirse en autor de éxito con docenas de comedias hábiles pero intrascendentes. Frente a ello, el teatro social. Su principal teórico fue el ya citado Alfonso Sastre, que en su libro Drama y sociedad (1956) pide un teatro de testimonio y denuncia, al que contribuye con dramas como La mordaza, Muerte en el barrio, … Concibe el teatro corno un instrumento de agitación y transformación de la sociedad española. Sus ternas fundamentales son la revolución y la lucha contra el orden social injusto. Se relaciona con el «teatro de la crueldad» e introduce escenas de violencia: asesinatos, peleas, torturas. Sobresale especialmente la obra de Antonio Buero Vallejo.
Buscó crear algo así como la «moderna tragedia española». Sus personajes no despiertan admiración corno en las tragedias griegas, sino compasión. Para el autor, la tragedia ha de ser sustancialmente esperanzadora, pues promueve una crítica inquietante». Sus obras representan un intento de síntesis de Realismo y simbolismo, y opone personajes contemplativos a personajes activos. Aunque sus obras se ambienten en una época concreta, tiende a universalizar. En su obra se distinguen varias etapas: a)Primera: sobre la realidad contemporánea (Historia de una escalera, La azotea, .. ); b)Segunda: Hacia 1958, Buero se centra en el tema histórico (Las Meninas, sobre Velázquez; Un soñador para un pueblo, sobre la figura de Esquilache c)Tercera: la acción llega al espectador a través de la visión subjetiva de uno de los personajes que además padece alguna limitación física o psíquica; el espectador se identifica con él: El sueño de la razón (sobre Goya); La llegada de los dioses, con un protagonista ciego.
En los años 60 y 70, influidos por las corrientes europeas (teatro del absurdo y vanguardias)
surgen nuevos autores y colectivos que rechazan las formas realistas. Este nuevo teatro sigue siendo un teatro de protesta ante la dictadura, la falta de libertad, la deshumanización, etc. La novedad está en la forma: el enfoque realista es sustituido por símbolos o parábolas; se acude a la farsa o a lo alucinante. El lenguaje acoge nuevos tonos: lo grotesco, o lo poético, o lo ceremonial. Y se desarrollan recursos extraverbales, sonoros, visuales, corporales, inspirándose incluso en la revista, la pantomima, el circo, etc. La renovación es intensa. El desarrollo de este teatro siguió siendo difícil. A las razones de censura se suman las que derivan de su novedad estética. Y así, muchos de los nuevos autores no lograrán estrenar sus obras, o lo harán en representaciones limitadas de teatro independiente. Destacan:
Fernando Arrabal, que se dio a conocer en los 50. Junto con otros autores españoles creó el «teatro pánico», relacionado con el del absurdo. Busca provocar al espectador a través de la confusión, el humor, el tenor o la euforia. Pretende escandalizar con referencias al sexo, a la política, etc. Sus obras se prohibieron y pocas veces fueron autorizados sus montajes.
Francisco Nieva, cuya obra no llegó a los escenarios comerciales españoles hasta 1976. Ligado al movimiento postista y escenógrafo de prestigio, en sus obras rompe con todas las convenciones del teatro realista.
 A partir de los años 70 surge un fuerte movimiento denominado «teatro independiente», al margen de la infraestructura comercial que compensaba su modestia de recursos con dosis de imaginación y libertad. Hablamos, por ejemplo, de El grupo Tábano, Los Goliardos, Els Joglars, Comediants, etc, que en general cultivaron lo que se llamó «teatro colectivo», es decir, sus obras que no pertenecían a un autor sino que se gestaban con la participación de toda la compañía. Aunque el teatro vanguardista ha tenido éxito (Els Joglars, Tricicle), también han tenido acogida propuestas de calidad de corte realista: José Luis Alonso de Santos (Bajarse al moro, La estanquera de Vallecas) o Fernando Fernán Gómez (Las bicicletas son para el verano).

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