Objetivo del Romanticismo

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El Romanticismo es un movimiento artístico que nace en Alemania e Inglaterra a finales del Siglo XVIII y se extiende por toda Europa hasta mediados del XIX. Son varios los rasgos que lo caracterizan. En primer lugar, una reacción ante el arte  de la Ilustración. El autor ROMántico busca impactar a su público, conmoverlo con pasiones extremas. Le atrae el desequilibrio, la sinrazón, la furia sentimental. Por otro lado, ya no será un instrumento de enseñanza del pueblo, sino el cauce de la propia subjetividad, de un “yo” doliente e incomprendido. A partir de aquí se valorarán factores como la originalidad, el genio creador, la sinceridad que siguen siendo hoy la pauta general de nuestra sensibilidad artística. Pero si algo caracteriza este movimiento es su espíritu rebelde, su ansia de libertad.  Los géneros predilectos del Romanticismo fueron la poesía lírica (baladas, rimas), la más indicada para la expresión de la subjetividad; la poesía narrativa (romances, leyendas), largas novelas en verso ambientadas en tiempos remotos favorables a la acción heroica, sobre todo la Edad Media; la novela histórica, con el mismo afán escapista de dudosa veracidad; y por encima de todos, el drama ROMántico. Este consistía en un conflicto irresoluble de un protagonista noble pero casi siempre proscrito, al que una fuerza irresistible conduce a una tragedia con dos vertientes, la amorosa y la política. Es necesario hablar de algunos motivos recurrentes que al menos externamente caracterizan también a este movimiento. Nos referimos a su gusto por las ruinas, los sepulcros, los castillos medievales o los calabozos. Una naturaleza hostil, llena de tormentas, tempestades, acantilados o bosques impenetrables suele ser utilizada como metáfora de los sentimientos del poeta (o pintor, o músico, etc.). Ambientes nocturnos, mujeres enigmáticas de belleza inalcanzable, duelos a espada… Pueblan sus páginas. Aunque se habla de un prerromanticismo en la obra de autores ilustrados como Juan Meléndez Valdés o José Cadalso, hay que esperar a la muerte de Fernando VII, en 1833, para que este movimiento triunfe en España. Lo hace de la mano de autores como Martínez de la Rosa (“La conjuración de Venecia”) o el Duque de Rivas (“Don Álvaro o la fuerza del sino”). Quien mejor encarna la figura del Romanticismo exaltado es José Espronceda, que además de llevar una activa vida política, es autor una interesante producción poética tanto lírica (“Canto a Teresa”) como narrativa (“El diablo mundo”, “El estudiante de Salamanca”). Una versión igualmente crítica sería José Larra, quien cultivó el drama (“Macías”) o la novela histórica (“El doncel de don Enrique el valiente”), pero que destacó sobre todo por sus artículos costumbristas (“Vuelva usted mañana”, “El castellano viejo”) donde de manera amena pero mordaz describe una sociedad atrasada y estéril. La última gran figura de este primer Romanticismo es José Zorrilla, autor fértil que cultivo con mucho éxito la poesía narrativa (“Elvira”) pero a quien hoy recordamos sobre todo por su drama “Don Juan Tenorio”, versión ROMántica del mito del don Juan, cínico implacable que se atreve a retar al propio Dios, pero que a diferencia del don Juan Barroco, es redimido del infierno por el amor verdadero. Por último, hay que mencionar a dos grandes autores, Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro, que algunos críticos prefieren encuadrar en el premodernismo, y que son sin duda las más altas cimas de calidad del movimiento. Bécquer, autor de delicadas y solventes leyendas (“El monte de las ánimas”), es reconocido hoy por sus “Rimas”, colección de poemas que describen algo parecido a un episodio amoroso, desde su fase más ilusionante hasta el rechazo y la desesperación. Son de altísima intensidad, sutileza y sinceridad, lo que le han hecho erigirse, aún hoy, como prototipo de la poesía lírica amorosa. Por su parte, Rosalía, autora de dos primeros libros en gallego (“Cantares galegos” y “Follas novas”) y de uno en castellano (“A orillas del Sar”), cultiva también con maestría la poesía intensa, doliente, de rimas suaves y formas originales, donde condensa sentimientos de nostalgia y uníón con la naturaleza. En resumen, aunque en versiones heterogéneas y calidad desigual, el Romanticismo en Europa y también en España transformó la forma de entender el arte en lo que entendemos que es hoy: el territorio de la libertad, de lo original, de la inspiración genial.

El grupo de poetas conocido como Generación del 27 protagoniza uno de los momentos más valiosos de nuestra historia literaria, conocido como Edad de Plata. Como siempre, el concepto de “generación” hay que tratarlo con cautela, ya que cada uno de sus miembros posee gran singularidad, sin embargo hay que reconocer algunos hechos y rasgos que los vincularon. Son poetas de parecida edad, nacidos todos entre 1890 y 1900, que compartieron no solo amistad, sino en muchos casos domicilio en la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid. Se dejaron cautivar por el impulso renovador de las Vanguardias, principalmente el Futurismo y el Creacionismo, y que luego descubrieron en el Surrealismo un liberador cauce de expresión ya nada frívoló. En 1927, el homenaje al tercer centenario de la muerte de Góngora sirvió como momento fundacional y les dio el nombre con el que pasarían a la Historia de la Literatura.
Pedro Salinas, el mayor de todos, profesor de literatura en la universidad de Sevilla y luego de Madrid, publica dentro de la órbita del Vanguardismo lúdico y deshumanizado, próximo al Futurismo, con temas urbanos, libros como “Seguro azar” o “Fábula y Signo”. Sin embargo, sus mejores obras serán las de los años 30, “Razón de amor” y “La voz a ti debida”, de temática amorosa, intensos y muy biográficos. Verso breve, tendencia al verso libre, austeridad de recursos y precisión en la voz son sus herramientas. Autor importante fue el vallisoletano Jorge Guillén, quien en su primera etapa va agrupando sus sucesivos libros bajo el nombre de “Cántico”. Próximo a la estética de la poesía pura, sin adornos ni anécdotas narrativas, con un verso breve y asonantado, celebra con júbilo la existencia humana en esa frase que le hizo célebre: “El mundo está bien hecho”, y que también le procuró alguna crítica. A partir de los años 50, el tono se hace menos optimista en las obras reunidas bajo un nuevo título: “Clamor”. Gerardo Diego fue un autor extremo. Se aplicó con ímpetu a la efervescencia vanguardista, en su caso el Creacionismo más arriesgado y abstracto, en obras como “Imagen” o “Manual de espumas”, pero también produjo los poemas más perfectamente clásicos, como en “Soria” o “Alondra de verdad”. Polifacético y virtuoso, fue el gran antologador de la Generación, contribuyendo en gran medida a su difusión. Federico García Lorca es, de lejos, quien más renombre internacional ha obtenido. Su personal estilo, que con sensibilidad única mezcla elementos populares de Andalucía con una original modernidad, ha sido cantado, imitado y admirado largamente. Fue aclamado en su tierra tras obras como “Poema del cante jondo” o el “Romancero gitano”, pero debe su lugar en la historia, además de a su teatro, a “Poeta en Nueva York”, que dentro de la estética surrealista canta la tragedia del hombre sensible dentro del monstruo de la gran ciudad.Otro andaluz universal será Rafael Alberti. Dotado de una musicalidad incomparable, surge como poeta con “Marinero en tierra”, obra de luminosa nostalgia de su Cádiz natal. Su trayectoria, como su vida, será larga y fructífera, comprometido con la República. Quizá habría que destacar de ella “Sobre los Ángeles”, poemario trágico y surrealizante, con el que trata de expulsar los fantasmas de una honda crisis personal. Vicente Aleixandre fue quien cultivó con más ortodoxia el Surrealismo en obras como “Espadas como labios” o “La destrucción o el amor”, de temática amorosa. Tras la guerra adopta un tono menos hermético en “Sombra del paraíso”, preocupado por temas más existenciales y por los problemas que sacudían al mundo. Representante de lo que se llamó “exilio interior” durante la dictadura franquista, recibíó en 1977 el premio Nobel, que él siempre entendíó como premio a su generación. Andaluz también pero de tono más oscuro fue el que hoy es uno de los poetas más reivindicados del 27: Luis Cernuda. Próximo en un principio al Surrealismo en obras como “Los placeres prohibidos”, y siempre sincero y doliente en sus mejores libros “Donde habite el olvido”, “Desolación de la quimera”, supo expresar en ellos su disconformidad con el mundo y sus anhelos sensuales. Por último, hay que mencionar a Dámaso Alonso, figura teórica importante del grupo pero que como poeta no aparecíó apenas hasta 1944, cuando publicó “Hijos de la ira”, poemario existencialista y desesperado de enorme influencia en la posguerra. En definitiva, se trata de un grupo de poetas de enorme talento (solo hemos podido detenernos en los más importantes, aunque hay otros interesantes como Manuel Altolaguirre, Juan Larrea o Emilio Prados), que vivieron con igual pasión el deslumbramiento por las novedades vanguardistas como el culto por la poesía clásica. Entre todos ellos llevaron a la poesía española a una de sus más altas cimas.

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