Que es la modernidad poetica

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HIMNO A LA BELLEZA, DE BAUDELAIRE. COMENTARIO DE TEXTO.

Lo significativo de este canto a la Belleza es que Baudelaire rompe con una tradición poética milenaria al considerar que se puede encontrar tanto en lo sublime («perfumes», «besos») como en lo ínfimo («muertos», «Horror», «Homicidio»). Así, todo el texto está construido a base de antítesis (cielo/abismo, infernal/divina, favores/crimen, aurora/ocaso, envalentonan/acobardan…) que vienen a comunicar esa doble naturaleza de esta divinidad. La Belleza ha sustituido a Dios. No hay Providencia, ni Destino («Tus enaguas, cual perro, sigue hadado el Destino»). Ella gobierna el mundo de forma caprichosa («al azar») y a sus seguidores les concede la felicidad o la desgracia («confusamente vierte los favores y el crimen», «sembrando la dicha y los desastres»), sin una ley lógica que lo explique («de nada respondes»). El poeta advierte este carácter terrible de la Belleza, pero una atracción irresistible le hace ir hacia ella, aun sabiendo que va a la destrucción («La cegada polilla vuela hacia ti, candela»). Y es que es solo a través de ella, mediante la poesía, como es posible intuir la unidad armónica del Universo («un infinito al que amo y que nunca he conocido») y elevarse por encima de la prosaica existencia humana («vuelves (…) menos horrible el mundo»). Esto es lo que propone el autor: la Belleza (la poesía, el arte) es un modo de eternizar el instante (ya lo señalaba Keats en la Oda a un ánfora griega).

Todo el poema, desde el mismo título («Himno»), tiene un aire religioso que lo hace aparecer como una oración a una divinidad pagana, la Belleza. Baudelaire anticipa aquí lo que en la poesía modernista de fines del XIX y principios del XX se conocerá como el “mal del siglo”: se extiende por la sociedad el convencimiento de que la realidad es incognoscible, de que existen hechos que escapan de la percepción sensorial, de que la razón no lo puede todo y de que Dios y la religión se difuminan como en una nebulosa donde se confunden el cielo y el infierno, el mal y el bien («De Satán o de Dios, ¿qué importa»?). En su lugar, la presencia de Dios se percibe en la unidad y la armonía que gobiernan el Universo, de las que solo es posible percibir vagos reflejos a través de los símbolos, objetos materiales que establecen correspondencias con la pefección de la Creación a través de los sentidos (de ahí la importancia de la sinestesia: «hada de ojos de terciopelo»).

Para los simbolistas, el lenguaje común, racional y lógico, no es suficiente para acceder al misterio de la Creación (entendida como creación poética o como sinónimo de la armonía del universo). Por ello, tienen que recurrir a los símbolos para expresar todo aquello que está más allá de la razón, puesto que, como señala Valle-Inclán enLa lámpara maravillosa, existe un mundo trascendente e incognoscible al que solo se puede acceder a través de la sensibilidad y la intuición, a la manera de los poetas místicos españoles. En el poema los símbolos representan, por un lado, a la Belleza, y por otro, al poeta. Ella aparece como una mujer fatal – símbolo ya utilizado por Baudelaire en A una transeúnte – de gran erotismo, pues muestra las «enaguas» y está ricamente vestida con «joyas» y «dijes». Él, por su parte, es el amante que, aun sabiendo que su pasión lo llevará a la destrucción, no puede dejar de amar a «su hermosa», («el aire/ tiene de un moribundo que acaricia su tumba»). Es posible que aquí Baudelaire esté haciendo referencia a su propia vida bohemia, dedicado a la poesía (a la Belleza), pero también a las drogas, el alcohol y la prostitución. De ahi, también, ese «podrías al vino compararte», del verso 4.

En cuanto a su aspecto formal, el texto pertenece al género lírico. Aunque se trata de una traducción, la versión al español ha conservado la métrica del texto francés, no así la rima. Los versos alejandrinos franceses son una estructura métrica de origen medieval que el Modernismo rescata en su deseo de renovación, y que se respeta en los versos de la traducción, en la mayoría de los cuales hay una cesura central que los divide en dos hemistiquios iguales («¿Vienes del hondo cielo // o del abismo sales?», 7+7). El uso del ritmo como vía para crear belleza poética, que intenta representar, a su vez, la Belleza de la Creación, es un pilar del movimiento simbolista y modernista, según recomienda el soneto Ama tu ritmo de Rubén Darío.

En los verbos, el predominio de la 2ª persona singular del  presente de indicativo es absoluto («Vienes», «sales», «contienes», «derramas», «sales», «bajas»…). Viene dado por la forma de oración a una divinidad que adopta el texto desde su comienzo. 

Los adjetivos son numerosos y bastantes de ellos aparecen antepuestos para acentuar el lirismo del poema («hondo cielo», «tormentosa noche», «negra sima», «cegada polilla…»). Destacamos también el hecho de que muchos de esos adjetivos y bastantes sustantivos tienen un significado negativo relacionado con el mal: «infernal», «tormentosa», «negra», «cegada», «enorme», «espantoso», «abismo», «crimen», «ocaso», «noche», «sima», «desastres», «muertos», «Horror», «Homicidio»… Se trata de un poema que pertenece a Las flores del mal, título que parece a propósito para este texto pues habla de la belleza (las flores) que se encuentra en la corrupción (el mal).

El recurso literario más abundante es la antítesis, dado que toda la composición trata de la doble naturaleza positiva y negativa de la Belleza («cielo/abismo», «infernal/divina», «favores/crimen», «aurora/ocaso», «envalentonan/acobardan…). Además de esta función semántica, la antítesis dota al texto de un ritmo binario que aparece reforzado, también, por numerosas estructuras bimembres («¿Vienes del hondo cielo o del abismo sales», ¿De negra sima sales o de los astros bajas?», «tus besos son un filtro y un ánfora tu boca»..). Otros recursos rítmicos son el quiasmo («menos horrible el mundo, los instantes más leves»), el encabalgamiento («el aire/ tiene de un moribundo») y la enumeración con asíndeton («tus ojos, tu risa, tu pie», «ritmo, perfume, luz»). Todo esto revela que para Baudelaire, como para el Simbolismo y, posteriormente, el Modernismo, la musicalidad en el poema es fundamental, pues se trata de un modo de conseguir belleza y, con ella, evadirse de la prosaica fealdad de la vida cotidiana («vuelves (…) menos horrible el mundo»), como ya señalaba Keats en la Oda a un ánfora griega.



A UNA TRANSEÚNTE, DE BAUDELAIRE. COMENTARIO DE TEXTO.

En la noche, Baudelaire camina solitario por la calle, una atractiva mujer pasa junto a él y ambos cruzan sus miradas. Después, ella desaparece y el poeta se lamenta de que ese instante fugaz jamás se volverá a repetir. 

Esta es la anécdota sobre la que se construye el poema. La «transeúnte» del título es una mujer fatal, de luto, una viuda. En ella se reúnen dos conceptos tan aparentemente antitéticos como el amor y la muerte («la dulzura que hechiza y el placer que da muerte»): en Las flores del mal, estas ideas opuestas revelan que Baudelaire concibe la pasión erótica como una destrucción, tal como él – con total coherencia –  lleva a cabo en su propia vida. El amor surge como una chispa («¡Un relámpago!») entre la transeúnte y el autor; la atracción erótica viene caracterizada como una fuerza arrolladora («el huracán»), tan embriagadora como el vino, que le lleva a la locura («Yo bebía, crispado como un loco») y a la muerte, en una clara alusión a Dionisos y al éxtasis al que se abandonaban sus seguidores. La intuición es la vía más segura para expresar lo inefable: Dionisos, dios de lo irracional, vence a Apolo, dios de la razón.

Todo ha sido un instante, pero el deseo que ha surgido entre ambos ha sido tan intenso que el autor no se resigna a que no vuelva a ocurrir, a que sea el azar el que determine si se repetirá o no («acaso nunca»). El mundo no está regido por ninguna ley racional, ni hay un Hado que determine nuestro futuro. Todo es casualidad, puro azar. ¿De qué manera se pueden hacer eternos los acontecimientos que se suceden como relámpagos en nuestra vida, que desaparecen para no volver jamás? Mediante la poesía. Esto es lo que propone el autor: la Belleza (la poesía, el arte) es un modo de eternizar el instante (ya lo señalaba Keats en la Oda a un ánfora griega).

Baudelaire ambienta el poema en una ciudad nocturna y hostil («Aullaba en torno mío la calle»). Es la modernidad poética, en la que se elimina todo resto de  bucolismo, y la ciudad pasa a ser el escenario sobre el que se desarrolla la escena amorosa, e incluso el centro mismo de la poesía. Por los mismos años, también los impresionistas están haciendo lo mismo en la pintura.

En cuanto al comentario formal, el texto pertenece al género lírico. Aunque se trata de una traducción, la versión al español ha conservado la métrica del soneto del texto francés, no así la rima. Los versos alejandrinos franceses son una estructura métrica de origen medieval que el Modernismo rescata en su deseo de renovación, y que se respeta en los versos de la traducción, en la mayoría de los cuales hay una cesura central que los divide en dos hemistiquios iguales («de riguroso luto // y dolor soberano», 7+7). El uso del ritmo como vía para crear belleza poética, que intenta representar, a su vez, la Belleza de la Creación, es un pilar del movimiento simbolista y modernista, según recomienda el soneto Ama tu ritmo de Rubén Darío.

En los verbos, de acuerdo al carácter descriptivo-narrativo del poema hasta el verso 8, predomina el uso del pretérito perfecto simple de indicativo («pasó», «hizo») y del pretérito imperfecto de indicativo («aullaba», «bebía»). A partir del verso 9, se produce un cambio que viene dado por la utilización de otros tiempos, como el futuro imperfecto de indicativo («podré») y el presente de indicativo («sé», «sabes») y, sobre todo, por la aparición de la 1ª y la 2ª personas, como reflejo del yo del poeta y del tú de la transeúnte a la que interpela.

Los adjetivos son más numerosos en las dos primeras estrofas, más descriptivas. 

De los recursos literarios, destacamos la personificación inicial («Aullaba la noche»), el símil («como un loco»), la metáfora («cielo lívido donde el huracán germina») y recursos rítmicos, como el paralelismo («la dulzura que hechiza y el placer que da muerte», «no sé a dónde huyes, ni sabes a dónde voy»), el quiasmo («riguroso luto y dolor soberano») y el encabalgamiento («Fugitiva/ beldad»).

En los últimos seis versos, los de mayor contenido lírico, abundan las oraciones exclamativas e interrogativas, tan reveladoras de la influencia en el Modernismo del movimiento romántico.


CORRESPONDENCIAS, DE BAUDELAIRE. COMENTARIO DE TEXTO.

Este poema es un perfecto ejemplo del Simbolismo en el que milita Baudelaire. Para los simbolistas, el lenguaje común (las “palabras confusas”), racional y lógico, no es suficiente para acceder al misterio de la Creación, (entendida como creación poética o como sinónimo de la armonía del universo), “un templo de pilares vivientes”. Por ello, tienen que recurrir a los símbolos para expresar todo aquello que está más allá de la razón, puesto que, como señala Valle-Inclán en La lámpara maravillosa, existe un mundo trascendente e incognoscible al que solo se puede acceder a través de la sensibilidad y la intuición, a la manera de los poetas místicos españoles, de ahí la importancia de la sinestesia.

En la concepción poética de Baudelaire, Dios ha creado el mundo como una compleja e indivisible totalidad. Para él, la búsqueda de esa unidad es el fin esencial de la creación artística. Todas las cosas terrenales tienen su correspondencia en el cielo. La labor del poeta es interpretar esas correspondencias (“las miradas familiares” con que “los bosques de símbolos” contemplan al hombre), ya que él con su imaginación podrá descubrir lo que se esconde bajo el velo de la apariencia. Así, “sonidos, colores y perfumes”, son vagos reflejos o “largos ecos” en el mundo terrenal de la unidad y la perfección de la Creación.

Estas sensaciones auditivas, visuales y olfativas que reflejan la unidad de la Creación, las percibe el poeta en íntima relación las unas con las otras a través de la sinestesia (“perfumes tan frescos”, “dulces tal los oboes”…). En las dos últimas estrofas Baudelaire se centra en los perfumes relacionados con el erotismo (“corrompidos”) – el almizcle  –; lo exótico (“ricos”) – ámbar y benjuí –; y lo sagrado (“triunfantes”) – el incienso. Esta mezcla de lo erótico y lo sagrado escandalizó a la Francia de su tiempo y fue causa de su procesamiento. Es un rasgo más del malditismo de este poeta, que lo relaciona con Verlaine y Rimbaud.  

Terminamos señalando que, de la misma manera que en El Albatros Baudelaire se refiere a sí mismo en 3ª persona (“el Poeta”), aquí lo hace con un generalizador “el hombre”. Se trata de un intento de hacer más objetiva una experiencia personal, de manera que se presente como una verdad universal y no como una intuición.

En cuanto a su aspecto formal, el texto pertenece al género lírico. Este lirismo está reforzado por el ritmo del verso alejandrino del francés original, una estructura métrica de origen medieval que el Modernismo rescata en su deseo de renovación, y que se refleja en los versos de la traducción, en la mayoría de los cuales hay una cesura central que los divide en dos hemistiquios iguales. El uso del ritmo como vía para crear belleza poética, que intenta reflejar, a su vez, la Belleza de la Creación, es un pilar del movimiento simbolista y modernista, según recomienda el soneto Ama tu ritmo de Rubén Darío.

Casi todos los verbos del poema están en presente de indicativo (“es”, “dejan”, “atraviesa”…) para dotar al texto de mayor objetividad y darle un carácter más universal.

Destaca también la abundancia de adjetivos, algunos de ellos antepuestos (“largos ecos”, “tenebrosa y profunda unidad”).

Y en cuanto a los recursos literarios, encontramos un quiasmo (“vasta como la luz, como la noche vasta”), una metáfora (“La Creación es un templo”), una personificación (“cantan los transportes”) y un hipérbaton (“a veces salir dejan”). Pero los más importante son la sinestesia y el símil (“perfumes tan frescos”, “dulces tal los oboes”…“Como los largos ecos…”, “como el almizcle…”), pues ambos hacen referencia a la concepción poética que se encuentra tras el título, dado que las Correspondencias no son otra cosa que el vago reflejo de la unidad de la Creación que el hombre sólo puede percibir a través de la sensibilidad y la intuición, y que se refleja en el poema con estos dos recursos.

INVITACIÓN AL VIAJE, DE BAUDELAIRE. COMENTARIO DE TEXTO.

Baudelaire invita a su amante a huir lejos, a una exótica y lujosa ciudad de canales donde «todo (…) es orden y belleza». En este poema aparece ya una manifestación del modernista deseo de evasión de una sociedad burguesa rechazada por el artista, que intenta buscar la belleza en el lujo y el refinamiento de paisajes exóticos. Como los parnasianos, el poeta defiende el ideal del «arte por el arte«: frente al creciente utilitarismo de la sociedad industrial del siglo XIX, el arte y la belleza están por encima del bien y del mal y son el único consuelo de la vida. Pero la belleza no se encuentra en la realidad inmediata que rodea al autor, que les repele, sino que hay que buscarla en la evasión a otros mundo exóticos y lejanos. En España, el mejor ejemplo es Rubén Darío.

Por otro lado, el poema también es una buena muestra del simbolismo en el que milita Baudelaire. Para los simbolistas, el lenguaje común, racional y lógico, no es suficiente para acceder al misterio de la Creación (entendida como creación poética o como sinónimo de la armonía del universo). Pero como el oficio del poeta es expresar con palabras lo que es inefable, tienen que recurrir a los símbolos para expresar todo aquello que está más allá de la razón, puesto que, como señala Valle-Inclán en La lámpara maravillosa, existe un mundo trascendente e incognoscible al que solo se puede acceder a través de la sensibilidad y la intuición, a la manera de los poetas místicos españoles. En el texto, los objetos bellos («muebles», «flores», «techos» y «espejos») son símbolos que establecen correspondencias con la belleza armónica del universo, sólo cognoscible para el artista a través de las percepciones sensoriales de esos símbolos. De ahí la importancia de la sinestesia («su dulce lengua», «una cálida luz»). 

Es característico de Baudelaire, además, que la pasión erótica aparezca en sus poemas íntimamente relacionada con la corrupción y la muerte. Aquí lo observamos en el contraste entre el carácter puro y virginal («Mi niña, mi hermana») como está presentada la amante del poeta, y la prostituta mulata alcoholizada a la que estuvo ligado en los últimos años de su vida (a la que alude mediante una referencia al exotismo: «amar y morir/ en un país como tú») y a la que puede que se esté dirigiendo en el texto.

En cuanto al aspecto formal, lo más destacable es el ritmo marcado por la sucesión de dos versos exasílabos seguidos de uno octosílabo del texto francés original, que la traducción al castellano ha mantenido, aunque no las rimas. También contribuye a la musicalidad del poema la repetición del estribillo «Todo allí es orden y belleza,/ lujo, calma y deleite.» El uso del ritmo como vía para crear belleza poética, que intenta representar, a su vez, la Belleza de la Creación, es un pilar del movimiento simbolista y modernista, según recomienda el soneto Ama tu ritmo de Rubén Darío.

El uso de los tiempos verbales oscila entre el presente de las estrofas primera y última, y el condicional de la segunda. Ocurre que en la estrofa inicial, el poeta está incitando a su amante a viajar con él, por eso el uso del imperativo («piensa en la dulzura»); mientras que en la final, el presente de imperativo se usa para la descripción de la exótica ciudad a la que está invitando a viajar, como si estuviera ya ante los ojos de su amante («Mira en los canales»). El condicional de la estrofa intermedia es un tiempo futuro, el de la imaginación de lo que se encontrarán en su destino («adornarían», «hablaría»).

Destaca el uso de los adjetivos antepuestos para dotar de mayor lirismo a la composición («mojados soles», «misteriosos ojitos», «vago aroma», «hondos espejos»…).

Y entre los recursos literarios, señalamos los rítmicos, sobre todo, dado que refuerzan la musicalidad del poema, como el encabalgamiento («la dulzura/ de ir a vivir juntos»), el quiasmo («los techos preciados/ los hondos espejos»), el hipérbaton («de mi alma son el encanto») y las enumeraciones del estribillo y de la segunda estrofa. Además, las sinestesias («su dulce lengua natal», «en una cálida luz») y los símbolos («los mojados soles (…) cual tus misteriosos/ ojitos traidores») encuadran este texto dentro de la corriente poética del simbolismo

EL ALBATROS, DE BAUDELAIRE. COMENTARIO DE TEXTO


El ave que da título a este poema – el albatros – se caracteriza por la gracilidad y la elegancia de su vuelo, debido a la enorme envergadura de sus alas. Pero cuando (como ocurre en el texto) es atrapado por los marineros de un barco, y puesto en cubierta, pierde toda la gracia que tiene en el aire y se convierte en una figura ridícula, objeto de burlas y risas. El poeta, finaliza Baudelaire en la última estrofa, es como el albatros: sublime al crear, por elevarse por encima de los hombres, gracias a su pluma, y tan despreciable como ellos cuando abandona su arte y se mezcla con el vulgo.

Este poema es un perfecto ejemplo del Simbolismo en el que milita Baudelaire. Para los simbolistas, el lenguaje común, racional y lógico, no es suficiente para acceder al misterio de la Creación (entendida como creación poética o como sinónimo de la armonía del universo). Por ello, tienen que recurrir a los símbolos para expresar todo aquello que está más allá de la razón, puesto que, como señala Valle-Inclán en La lámpara maravillosa, existe un mundo trascendente e incognoscible al que solo se puede acceder a través de la sensibilidad y la intuición, a la manera de los poetas místicos españoles.

En El albatros encontramos varios de estos símbolos. El más importante es el de este ave, por supuesto. Calificados como “vastos pájaros de los mares”, “reyes del azul”  o “señor de las nubes”, los albatros son símbolos de la transformación que sufre el poeta cuando crea y se convierte en un ser superior. Pero, en tierra (“desdichados y avergonzados”, “torpe” y “cobarde”, “risible” y “feo”), el pájaro se convierte en el poeta despreciado por los hombres, como un ángel caído, “exiliado en el suelo”. De esa forma se debía sentir Baudelaire entre sus semejantes: poeta maldito, su complejo de inferioridad y de culpa le estaba arrastrando hacia la autodestrucción.

De la misma manera, también las alas (“grandes alas blancas” del albatros, y “alas de gigante” del poeta) son símbolos de la sublimación por medio de la belleza, así como “los remos” lo son de la corrupción que causa la vulgaridad de lo terrenal y cotidiano.

No es posible pasar por alto la deuda de este poema con la Balada del viejo marinero, de  Coleridge. Y es que el Simbolismo, como el Modernismo, es un retorno al Romanticismo.

En cuanto a su aspecto formal, destaca en este texto lírico su carácter narrativo y descriptivo a la vez. Las tres primeras estrofas son el relato de una anécdota, con numerosos verbos en presente (“cogen”, “siguen”, “desliza”, “colocan”, “dejan”…) y en infinitivo (“divertirse”, “arrastrar”). Baudelaire pretende, con estos usos verbales, dotar de objetividad a su poema, al hacer más cercano al lector su sentimiento de marginación social. Pero también abunda en estas estrofas la descripción, con gran abundancia de adjetivos, algunos de ellos antepuestos para acentuar el lirismo de la composición (“vastos pájaros”, “indolentes compañeros”, “amargos abismos”…). El adjetivo en «reyes del azul» nos remite al movimiento modernista. Es característica en este poema, además, la inclusión de incisos explicativos (“vastos  pájaros de los mares”, «indolentes compañeros de ruta»).

Su carácter lírico está reforzado por el ritmo del verso alejandrino del francés original, una estructura métrica de origen medieval que el Modernismo rescata en su deseo de renovación, y que se refleja en los versos de la traducción, en la mayoría de los cuales hay una cesura central que los divide en dos hemistiquios iguales (vv. 1,7, 8, 9, 10, 11, 13, 14, 15, 16). El uso del ritmo como vía para crear belleza poética, que intenta reflejar, a su vez, la Belleza de la Creación, es un pilar del movimiento simbolista y modernista, según recomienda el soneto Ama tu ritmo de Rubén Darío.

Entre los recursos literarios, destacamos la aliteración (“uno con una pipa le golpea en el pico”), el hipérbaton (“caminar no le dejan sus alas de gigante”), el símil (“como remos colgando”) y, sobre todo, las numerosas exclamaciones, tan reveladoras de la influencia en el  Modernismo del movimiento romántico.

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