Contexto histórico y literario de los santos inocentes

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Denuncia social

Esta breve novela presenta una intención marcadamente social, aunque salpicada de descripciones llenas de lirismo y emoción. Los elementos líricos no constituyen, sin embargo, una burbuja que aísle los sentimientos y los ponga a salvo de las agresiones de la vida campesina. No. Por el contrario, la lealtad sin límites y la obediencia ciega de los trabajadores de la finca en que se desarrolla la historia contrastan con la arrogancia, la chulería y el egoísmo del señorito, un personaje a quien nada interesa más que la caza y su propia satisfacción. Por eso la novela llega a causar rabia y dolor. Por eso la reacción del lector es de intensa irritación frente a las arbitrariedades del cacique y de cariño incondicional hacia Azarías y su familia. Así, pues, la finalidad de Los santos inocentes es denunciar los abusos de los caciques frente a los humildes campesinos. Los señores son explotadores, los pobres sobreviven a duras penas, arrostrando su analfabetismo, sus miserables salarios, su permanente desamparo, sus viviendas inhabitables («si me hago cargo, señorito, pero ya ve, allí, en casa, dos piezas, con cuatro muchachos, ni rebullirnos…») y su inseguridad (recordemos que Azarías es despedido arbitrariamente, después de muchos años al servicio del señorito de la Jara).

Consecuentemente, el tema de la novela sería el desamparo social que sufren los campesinos ante las injusticias del mundo latifundista. Así, Los santos inocentes se nos presenta como una novela que inspira compasión hacia los humildes, seres que se sitúan jerárquicamente entre los animales y los señores de la finca. Aquellos son, por tanto, unos explotados (sobre todo Azarías y Paco el Bajo), mientras que los señores son los explotadores. Delibes «enfrenta dos mundos antagónicos, el del orden natural,


asociado con la vida rural, y el del caos y la necedad incomprensiva, asociado con la cultura urbana, de la que son portadores los personajes elevados». El señorito Iván y el viejo Azarías alcanzan en el relato la categoría de símbolos de la injusticia. Por un lado, en Iván se da la crueldad, el egoísmo y la inconsciencia en grado sumo, mientras que el primitivismo, la marginación y la debilidad se centran en Azarías.

Por lo apuntado anteriormente, se deduce que Los santos inocentes se puede encuadrar en el grupo de los relatos de tema social, pero con una manifiesta voluntad de estilo añadida, es decir, es una novela del Realismo social con intención estética. Por tanto, exhibe, además de un mensaje absolutamente social, un carácter conscientemente renovador.

Delibes nunca pretendíó con esta novela situarse en la posición de quienes defendían activismo partidista alguno ni de instar al levantamiento de grupos o clases sociales. El relato trata de una rebelión, es cierto, pero de la “rebelión del inocente”. Este inocente, Azarías, es una persona irresponsable; por consiguiente, se presenta ante el lector como no culpable (el sentido del título es bastante clarificador), a pesar de haber ajustado las cuentas (o a lo mejor por eso no es culpable) a quien ha transgredido las leyes naturales. La sentencia es inapelable, porque el señorito Iván fue advertido con tiempo suficiente, y no atendíó la voz angustiosa y desesperada de un infeliz: «¡no tire, señorito, es la milana! […] ¡señorito, por sus muertos, no tire!». La venganza es definitiva, porque el daño (¿a qué “crimen” se refiere Delibes con el título del libro sexto, al que comete Iván o al que comete Azarías?) es irreparable y el desdichado «sentado orilla una jara, en el rodapié, sosténía el pájaro agonizante entre sus chatas manos, la sangre caliente y espesa escurríéndole entre los dedos,


sintiendo, al fondo de aquel cuerpecillo roto, los postreros, espaciados, latidos de su corazón, e, inclinado sobre él, sollozaba mansamente, milana bonita, milana bonita».

Dice el propio autor: «No hay política en este libro. Sucede, simplemente, que este problema de vasallaje y entrega resignada de los humildes subleva tanto –por no decir más- a una conciencia cristiana como a un militante marxista». En definitiva, como dice Alvar, «Delibes nos cuenta, no una novela social (aunque lo sea), no la crueldad del hombre para con el hombre (aunque la haya), no un mundo maniqueo (aunque bien patente esté), lo que nos cuenta es un pedazo de vida de un hombre desgraciado. Y entonces la única manera de ser realista es introducirnos en ese mundo poblado por seres inocentes y hacérnoslo vivir desde su interior».

A pesar de que no hay política en la novela, sí se hace una leve alusión a la situación de la España de la Guerra Civil. Esta alusión viene reflejada en el personaje Ireneo, hermano de Azarías y Régula, quien sólo aparece en los sueños de Azarías: «se murió, Franco lo mandó al cielo», leemos en el libro tercero

Personajes Azarias


Tal vez sea Azarías el personaje que justifica, junto con el de la Niña Chica, el hecho de que la novela tenga ese título tan hermoso y revelador de Los santos inocentes. Azarías es, en efecto, un inocente, un pobre infeliz cuyos movimientos y afectos inspiran la ternura de lector. Viene a ser el protagonista de la novela. No tiene malicia y su comportamiento es tan natural, que prácticamente viene a ser el símbolo de la uníón de lo instintivo con la naturaleza. Sus sentimientos son tan elementales como los de las aves que domestica. A través de la milana, Azarías forma parte de la bandada de los pájaros, se adentra en su reino, y, en cierto modo, se


se convierte en un bicho más. Según María Luisa Martínez, «es tal la fascinación que experimenta Azarías por la milana, que incluso hay un devenir del lenguaje.  Cuando la Señora Marquesa, madre del señorito Iván, descubre a Azarías en el cortijo y pregunta a Régula quién es él y qué hace, Azarías contesta que abona los geranios, que corre el cárabo de anochecida y que en esos momentos anda criando una milana.

Paco el bajo:

Tal vez sea este personaje el que con mayor urgencia reclama del lector una posición de denuncia ante los atropellos del cacique abusón. Paco, el Bajo, es el personaje más humillado y, al mismo tiempo, de los más admirados por el señorito Iván. Y ello, porque éste lo obliga a comportarse como si fuera un perro eficaz e imprescindible en las batidas de caza: es leal, obediente, agradecido, digno de alabanzas y consideraciones, pero perro al fin y al cabo. Es sumiso, pacífico y resignado. Todo lo acepta de buen grado y sin rechistar, posee inteligencia natural, ingenio y unas dotes inusuales para rastrear, olfateándolas, las piezas abatidas o la presencia de personas y animales. Tiene conciencia de que el progreso pasa por que sus hijos adquieran una formación intelectual y académica. Se trata de un personaje bondadoso y entrañable. Los dos accidentes sucesivos que sufre son el desencadenante de la tragedia final.

Señorito Iván:

Parece claro que no es precisamente positiva la opinión que de la clase dominante tiene Miguel Delibes, a juzgar por el papel que le hace desempeñar a este personaje. Caprichoso, arbitrario y egoísta, Iván representa el vértice de la escala jerárquica en el cortijo. Sus ideas son incontestables en el ambiente en que las emite.

Iván y Azarías cumplen la función de satisfacer una necesidad expresada en la novela: que haya una oposición entre la arbitrariedad y la bondad.

Iván y Azarías cumplen la función de satisfacer una necesidad expresada en la novela: que haya una oposición entre la arbitrariedad y la bondad.


Es verdad que la crueldad y el egoísmo del primero pueden parecer extremos hasta lo inverosímil; también que la bondad de los campesinos es tan insólita como improbable, pero lo fundamental para Delibes es reflejar que existe una oposición opresores/oprimidos. Esta oposición se resuelve ejecutando una sentencia urdida en la mente de un infeliz que tiene muy claro qué es eso de la justicia natural y qué eso de la venganza.

Don Pedro (perito): opresor oprimido, presa de celos y la impotencia señorita Míriam signo de consciancia social entre los acomodados Quirce símbolo de insumisión y el antisedentarismo de los humildes Regula determinación en el amor al prójimo y disposición para el servicio Niña Chica
Charito, la Niña Chica, es un ser absolutamente pasivo, con parálisis cerebral, que vive en un cuerpo sin alma y solo da muestras de vida con esos chillidos lastimeros que rompen el corazón de quien los escucha. Junto a Azarías representa a los inocentes del título. Él la trata con el mismo amor con que trata a sus milanas.

Rogelio

Se ocupa del tractor y de mantener entretenido a Azarias. Hayamos signos de sentimiento de afectos por los necesitados SeñoraMarquesa actitud maternialista, de aparente protección a los humildes, que en realidad respode al deseo de demostrarles su posición social.
Doña Purita ejemplo de frivolidad, sus devaneos, su actitud hacia Don Pedro, su marido, muestra una mujer con la intención de conquistar al señorito Iván.

Tiempo

No existe una fecha explícita que indique el año en que transcurre la novela, pero hay una referencia al concilio Vaticano II (1962-65) y también sabemos que es el inicio de la mecanización y la migración masiva a las ciudades. Se alude al plan Badajoz y a los regadíos del Guadiana y el Zújar(Abendújar) del año 1952 así como al uso del tractor para labores agrícolas. Todos estos hechos sitúan la acción en torno a los primeros años de los sesenta.

Los primeros capítulos se relatan con una evidente


libertad en el uso del tiempo. Se trata de hechos lejanos aunque imprescindibles para justificar los sucesos finales. Su ritmo narrativo es muy pausado porque lo que resalta es una serie de anécdotas que se inscriben en un conjunto de hechos repetidos. Los dos accidentes de Paco, su sustitución por Azarías como secretario, la muerte de la segunda milana y el asesinato de Iván, sucesos que ocupan los libros quinto y sexto, se desarrollan en tres semanas aproximadamente. Es el tiempo que dura «la pasa de palomas», fechas en las que el señorito se instala por dos semanas en el cortijo. Esos son los hechos memorables del «último año» de la vida en el cortijo, pero el libro también pretende hacer un recorrido por la vida de los personajes. Y para ello muchas veces suele haber desorden cronológico o retrocesos temporales, pues lo importante es acomodar el tiempo a las vivencias y peripecias de los personajes. Es muy amplia la proporción de tiempo que se dedica a Azarías y más reducido, pero no menos relevante, es el tiempo dedicado a Paco, el Bajo. En otros personajes, el tiempo se concentra en hechos puntuales, como en la huida de la mujer de Pedro.

En verdad, desde el punto de vista de la organización de la novela, destaca el uso subjetivo del tiempo:


-La novela está estructura en tres partes: las dos primera presentan una configuración episódica (vida rutinaria de los personajes) y la tercera presenta una configuración dramática (relato de los sucesos más importantes en los dos últimos libros o capítulos, donde sí se relata de manera lineal y siguiendo el orden lógico-temporal de los acontecimientos).

-Se emplea la repetición y la variación de los sucesos

-Es una novela de personaje y el autor no escatima recursos narrativos para completar el perfil humano de sus criaturas. Por ello, si procede, no le importa romper conscientemente la linealidad del relato,


jugando con el tiempo al reiterar sucesos, hacer retrocesos temporales o contar anécdotas fugaces. Así ocurre en los cuatro primeros capítulos, pues importa más el dibujo del personaje que los hechos que protagoniza

Espacio

Si bien no se dice de modo exacto el lugar donde transcurre la novela, podemos determinar que no parece sobrepasar los límites de Castilla, regíón en la que sitúa la gran mayoría de sus narraciones. La razón estriba en el deseo de dibujar la realidad del latifundio, profundizando en su organización social (amos y siervos). En la novela se nombra varias veces el cortijo, espacio más carácterísticos de otras regiones españolas: Andalucía y Extremadura. Por ciertos topónimos, aunque algunos son inventados, y por la a detallada flora y fauna descritas profusamente en la novela, se ha dicho que el lugar de la novela coincide con la del campo extremeño, cercano a Portugal. En cualquier caso, la novela responde a un claro concepto de Realismo.

Los dos cortijos que aparecen en la novela, el de La Jara (en el que sirve Azarias durante muchos años de su vida) y el del Pilón (propiedad de la señora Marquesa, madre de Iván, y en el que se desarrolla gran parte de la acción), están minuciosamente descritos, mediante un léxico de gran precisión y profusión de detalles. El autor presta atención, selectivamente, a aquellos elementos que permiten . Expresar mejor la condición social de las personas o muestran los vínculos entre los hombres y la naturaleza. El cortijo de la madre del señorito Iván presenta dos zonas claramente


diferenciadas: un gran espacio natural y, dentro de él, una zona de viviendas. El primero se dedica a la agricultura, al pasto del ganado y, fundamentalmente, al gran escenario de la caza. La zona de viviendas es una zona cerrada, protegida por una tapia y un portón que debe abrir Régula; por esta razón hay que suponer que la vivienda de Paco se halla muy cercana a la entrada. Junto a la tapia hay unos arriates con geranios que abona Azarias. Cerca de la casa de Paco están los aseladeros (para las gallinas) y el tabuco para las milanas. También hay en el cortijo una corralada (espacio abierto) en la que se reúnen los sirvientes para celebras la llegada de la señora Marquesa y que está rodeada por las casas de pastores, gañanes, porqueros, guardas, apaleadores, etc.

En el interior del cortijo se hallan los tres edificios principales: la Casa Grande, vivienda de los propietarios; la Casa de Arriba, en la que viven el encargado, don Pedro, y su esposa, doña Purita; y una pequeña capilla en la que el obispo celebra la misa de la Primera Comunión. La casa junto a la verja, que recibe este nombre porque las veces de portería, casa en la que habita la familia de Paco, que está situada junto al portón principal del cortijo y que Régula debe abrir cada vez que llega un coche. En definitiva, el espacio tiene una gran importancia en la novela porque, aparte de ser un elemento que dota de cohesión a los distintos episodios, y de transmitir una fuerte impresión de realidad, revela la estructura jerárquica del latifundio. Por ejemplo, las viviendas de los señoritos y del encargado del cortijo con- trastan vivamente con la sencillez de la vivienda de Paco, el Bajo; 


Y más aún con la que tenia antes en la Raya, un chamizo blanco con emparrado y somero cobertizo»


Por último, hay que resaltar que el paisaje tiene una gran importancia porque expresa una doble actitud del hombre ante la naturaleza: los inocentes se hallan integrados en él, mientras que los señoritos lo degradas con sus abusos.

Técnicas narrativas diversos procedimientos que el narrador usa para crear el relato, no cabe duda de que la técnica incluye el estilo, conjunto de rasgos literarios que son propios, inherentes y distintivos de la obra de cada autor. Así, por una parte tenemos el uso del lenguaje, que no es más que una faceta dentro de esas carácterísticas que conforman el estilo y que estudiaremos en el capitulo dedicado al habla y, por otra, las denominadas técnicas narrativas entre las que distinguiremos entre el estudio del punto de vista o focalización, modo en que el narrador ofrece su relato al lector, y, por otra, los usos lingüísticos o literarios que ayudan a desvelar el estilo de Delibes, estilo que básicamente se asienta en la propiedad léxica, en el uso del habla coloquial, y en un acertado empleo del diálogo como técnica narrativa. En Los santos inocentes deben sumarse a estas propiedades de la narrativa de Delilbes:

— un empleo singular de los signos de puntuación, puesto que solo aparece un punto al final de cada libro;


— una preponderancia de un estilo particular de Delibes que mezcla el indirecto libre con el directo libre, Con ello Delibes pretende conseguir una identificación narrador/personaje —el uso de una narración que en muchos casos tiende hacia la oralidad es otra muestra de ello- que actúe de modo directo en la recepción del mensaje, pues, no hay que olvidarlo, la denuncia social, objeto ultimo de la novela, no se formaliza de modo directo, sino que es el propio lector quien la infiere del comportamiento vejatorio que los poderosos infligen a los servidores y, también, en el modo como estos reciben dicha actitud despreciativa.


En cuanto al narrador, hay que partir de la base de que el narrador es omnisciente y, por lo tanto, posee una posición privilegiada en el relato pues no solo es capaz de verificar y narrar los actos externos que realizan los personajes, sino que también se adentra en su intimidad: pensamientos, esperanzas, deseos… Además, este narrador omnisciente se adapta perfectamente a la idiosincrasia de los personajes, y por ello, conscientemente, les otorga voz en el relato, voz mediante la cual van a ser ellos mismos quienes formalicen la progresión de la historia.

Como es propio en el narrador omnisciente, el relato se formaliza en tercera persona, Io que podría dar lugar a la consideración de que en la novela predomina el objetivismo, especialmente si se tiene en cuenta que en ningún momento la voz del autor se superpone a la del narrador para dejar su impronta con una opinión partidista, lo que no deja de ser difícil ante un tema de tan fácil crítica. Este es uno de los mayores méritos de la novela, que Delibes despliega ante los ojos del lector una excelente crítica de la realidad social en la que llega a implicarnos hasta el punto de dar como bueno el asesinato de Iván con la sola mostración de los sucesos objetivos. Son las palabras y los hechos de los personajes los que transmiten el mensaje que pretende Delibes, es decir, no interesa la trama, sino que la novela se construye con la definición de los personajes, de quienes sabemos cómo actúan y qué dicen. De este modo, mediante la introspección en la realidad a través del personaje se da el paso que conduce de lo objetivo a lo subjetivo, es decir, qué siente, qué piensa el personaje y, en consecuencia, cómo se dispone el lector a afrontar el texto. Existe, pues, un falso objetivismo que obedece a la simultaneidad de dos instancias narrativas que nosotros denominaremos narrador subjetivo y narrador objetivo.

Hay, efectivamente, un narrador que, partiendo de una omnisciencia, se matiza en un doble narrador, uno objetivo que es quien propiamente cuenta la historia, quien informa, quien ayuda a comprender los hechos; y otro, subjetivo, que Io hace en tono valorativo y juzga y pone su voz, siempre de modo implícito, al servicio de la denuncia. El narrador subjetivo, frente


al objetivo, se adentra en el mundo interno de los personajes, aunque no tanto con la intención de opinar, sino de contar esa parte de la historia que escapa a la simple enunciación de actos.

Estructura

Los santos inocentes es una novela que consta de seis largos párrafos que constituyen cada uno una secuencia o capítulo, a los que el autor llama “libros”. La razón de esta denominación responde a que cada uno de ellos presenta independencia argumental. Cada unidad textual funciona como una narración autónoma, que no necesita de las otras cinco para cobrar sentido pleno, pero que, sin embargo, adquiere una más cumplida significación como parte integrante de la totalidad.

La obra responde al esquema tradicional de la novela: planteamiento, nudo y desenlace. Desde el punto de vista del desarrollo lineal de los hechos, la estructura externa de la obra es la siguiente:

En los tres primeros libros o capítulosAzarías», «Paco, el Bajo», «La milana») son presentados los personajes humildes (y también “humillados”), sobre todo los dos principales, Azarías y Paco el Bajo, desde una doble perspectiva:

a) Social, a través de la cual resalta la miseria en que transcurre la vida de los oprimidos en el injusto contexto social del latifundio y marcada por una especie de determinismo biológico (subnormalidad) o histórico (pobreza) que les induce a la sumisión.

b) Existencial, que resalta la hombría de bien que, sin embargo, preside el comportamiento de los oprimidos, los cuales se


afanan en la búsqueda de calor humano (Azarías), o en intentar la redención para sus hijos (Paco y su mujer, Régula, quieren que su hija reciba una educación, único modo de escapar de su vida mísera en el cortijo). Sus ilusiones fracasan en un cuadro marcado por la frustración.

El libro tercero dota de coherencia a las historias contadas en los dos primeros libros a través de un engarce múltiple: entre personajes (Azarías se integra en la familia de Paco, el Bajo), temático (el amor al prójimo entre los humildes), espacial (convivencia en un mismo cortijo), etc.

– El cuarto libroEl secretario») es el de la presentación en escena del señorito Iván, que se sitúa en las antípodas de los personajes humildes. Iván, que sería el antagonista de la novela, es la representación de la tiranía, de la arrogancia y del paternalismo egoísta y campechano.

-Los dos últimos libros(«El accidente» y«El crimen») vuelven a tratar asuntos ya contados. Toma especial relevancia el enfrentamiento entre la pasión irracional por la caza de Iván y el amor infinito que Azarías siente por la vida de su milana que desemboca en la tragedia con que concluye el capítulo final.

Respecto a la estructura interna, el propio Delibes señala los tres elementos imprescindibles en todo relato: un hombre, un paisaje, una pasión. En este sentido, el autor pretende poner de relieve:

– El perfil humano de los personajes, y especialmente del Azarías, eje sobre el que gira el relato. Pero el autor muestra


también su maestría al dibujar los caracteres de Paco, el Bajo, y del señorito Iván a los que también cabe considerar como personajes de primer plano.

El marco en el que sitúa los hechos. El cortijo es el universo espacial en el que ubica la historia. Es un paisaje rico en matices que revela una estructura social semifeudal y arcaica, y también una vinculación estrecha entre el ámbito y las vidas de los hombres que lo pueblan. El paisaje es distinto para cada personaje, según sea amo o siervo. El cortijo pone de relieve una situación injusta en la que “los inocentes” se llevan la peor parte. Para ello, el autor se detiene en los elementos que lo conforman y en la relación de los personajes con aquél.

– El enfrentamiento de pasiones. Delibes enfrenta dos concepciones del mundo: la de los señoritos, basada en el desprecio por la naturaleza y por los hombres, y la de los humildes, fundada en la integración en el medio en que viven y en la nobleza de sus actitudes. Pero el elemento vertebral de la historia es, como antes hemos apuntado, el dramático enfrentamiento entre pasiones (pasión por la caza / pasión por la milana) que concluye en el crimen final.

Habla Popular

El relato es como un gran mosaico de recursos en el que destacan la gracia y la sabiduría desplegadas en la articulación de los diálogos, la enorme riqueza léxica, la soberbia transcripción del habla popular, el despliegue de oportunos vulgarismos perfectamente adecuados al contexto, el uso de una sintaxis llamativa, el original uso de la puntuación, el uso espléndido del estilo indirecto libre, la identificación del lenguaje del narrador con la de los personajes, la supresión de los verbos “dicendi”, etc.

El lenguaje es, generalmente, popular y de sencilla comprensión para el lector, pues está lleno de expresiones propias del registro oral. Ese registro se da tanto en el narrador como en muchos personajes, pues existe en aquel un deseo de identificarse con éstos, hasta en el habla. Las expresiones populares van salpicadas de vulgarismos, llenos de gracia y portadores de expresividad.

El habla de los personajes es seca, contundente, escueta, de trazo oracional breve y sugerente

Es, por tanto, típica de personajes a los que falta fluidez expresiva y precisión sintáctica. De todas formas, lo que en otros casos pudiera parecer un desajuste, en Los santos inocentes funciona como un elemento de entrañable elegancia, en unos casos, y de hondo lirismo en otros.

Hay ocasiones en las que aparecen los campesinos con su habla vacilante, tímida y llena de espontaneidad. Cuando esto ocurre, uno no puede sino aceptar con una sonrisa el acierto de una sintaxis desajustada, pero llena de verosimilitud y humanidad. Dice Paco, el Bajo, al señorito de la Jara, cuando va a interceder por Azarías: «razón, bien mirado, no le falta, señorito, pero hágase cuenta, mi cuñado echó los dientes aquí, que para San Eutiquio sesenta y un años, que se dice pronto, de chiquilín, como quien dice…».

Se observa un amplio repertorio de vocablos procedentes del mundo rural. El significado de tales vocablos es perfectamente conocido y usado tanto por el narrador como por los personajes. Sin embargo, lo que podemos afirmar que el léxico de los campesinos presenta acepciones desconocidas para un ciudadano de ciudad de cultura media.


el uso espléndido del estilo indirecto libre, la identificación del lenguaje del narrador con la de los personajes, la supresión de los verbos “dicendi”, etc.

El lenguaje es, generalmente, popular y de sencilla comprensión para el lector, pues está lleno de expresiones propias del registro oral. Ese registro se da tanto en el narrador como en muchos personajes, pues existe en aquel un deseo de identificarse con éstos, hasta en el habla. Las expresiones populares van salpicadas de vulgarismos, llenos de gracia y portadores de expresividad.

El habla de los personajes es seca, contundente, escueta, de trazo oracional breve y sugerente

Es, por tanto, típica de personajes a los que falta fluidez expresiva y precisión sintáctica. De todas formas, lo que en otros casos pudiera parecer un desajuste, en Los santos inocentes funciona como un elemento de entrañable elegancia, en unos casos, y de hondo lirismo en otros.            Hay ocasiones en las que aparecen los campesinos con su habla vacilante, tímida y llena de espontaneidad. Cuando esto ocurre, uno no puede sino aceptar con una sonrisa el acierto de una sintaxis desajustada, pero llena de verosimilitud y humanidad. Dice Paco, el Bajo, al señorito de la Jara, cuando va a interceder por Azarías: «razón, bien mirado, no le falta, señorito, pero hágase cuenta, mi cuñado echó los dientes aquí, que para San Eutiquio sesenta y un años, que se dice pronto, de chiquilín, como quien dice…».

Se observa un amplio repertorio de vocablos procedentes del mundo rural. El significado de tales vocablos es perfectamente conocido y usado tanto por el narrador como por los personajes. Sin embargo, lo que podemos afirmar que el léxico de los campesinos presenta acepciones desconocidas para un ciudadano de ciudad de cultura media.


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