Evolución de la Lírica Medieval Peninsular: De las Jarchas a Jorge Manrique

La lírica popular medieval peninsular

La lírica popular medieval europea se engloba bajo la denominación genérica de Canción de mujer, la cual surge entre los siglos XI y XIII a partir de un sustrato folclórico común y que presenta, en su mayoría, los siguientes rasgos comunes: se trata de poemas líricos anónimos cantados por el pueblo y transmitidos oralmente, cuyo yo poético, generalmente femenino, se lamenta ante la pérdida y/o ausencia del amado. A continuación, se detallan las manifestaciones peninsulares de esta lírica popular:

Las jarchas

Datadas en el siglo XI, las jarchas constituyen la primera manifestación literaria en lengua romance. Son breves composiciones líricas de tres o cuatro versos compuestos en mozárabe, las cuales se incluían al final de las moaxajas (composiciones mayores de carácter culto en árabe o hebreo). Su temática constituye un lamento femenino dirigido a una madre o una hermana y motivado por la ausencia del ser amado (habib).

Las cantigas de amigo

Constituyen uno de los subgéneros más característicos de la lírica gallego-portuguesa. Comparten con las jarchas la temática ya mencionada (ahora el término habib será sustituido por el de amigo), presentando algunas peculiaridades como la presencia de la naturaleza, la cual servirá de confidente al yo lírico (son muy típicas las imágenes de las olas) y la estructura estrófica, siendo estas composiciones algo más extensas. Se trata de una sucesión de estrofas rematadas por un estribillo y construidas mediante dos procedimientos retóricos: el paralelismo y el leixa-pren o encadenamiento (repetición al principio de una estrofa del final de una anterior).

Los villancicos

Los villancicos castellanos fueron fijados por escrito e incluidos en los grandes Cancioneros de los siglos XV y XVI. Aunque existen composiciones vinculadas al solaz y al trabajo en el campo (romerías, canciones de boda, de siega, de camino, etc.), sus temas están, casi siempre, relacionados con el amor (la muerte por amor, la pena por la separación, la niña enamorada que no quiere ser monja, la caza del amor). Se centran en motivos tales como la descripción de la mujer (sus cabellos, muchas veces símbolo de virginidad) y localizaciones en ámbitos naturales, cargados a menudo, en ambos casos, de connotaciones eróticas.

Formalmente, suelen ser composiciones breves, de arte menor (con predominio del octosílabo, verso castellano por excelencia) y rima asonante. Dada su raíz oral, son muy ricas en recursos fónicos (aliteraciones) y paralelísticos. En cuanto a su forma estrófica, el villancico es la composición más característica, conformado por un estribillo o cabeza de dos, tres o cuatro versos y una estrofa dividida en dos partes: la mudanza (normalmente de cuatro versos) y la vuelta, que recupera total o parcialmente el estribillo. Si el poema presenta varias estrofas, el estribillo se repite al final de cada una. Estilísticamente, la expresión de los villancicos es sencilla, reflejando una actitud emocional ingenua; hay una ausencia casi total de metáforas, refiriéndose a las imágenes visuales que denotan impresiones directas de una realidad exterior cargada de un simbolismo ancestral.

Grandes autores de la lírica culta del siglo XV

Marqués de Santillana (1398-1458)

Íñigo López de Mendoza, de ilustre familia castellana de origen vasco, fue un celebrado militar, político destacado y poeta notable (si bien para él la poesía era una actividad secundaria con relación a la política). Fue, sin duda alguna, el más ferviente admirador que tuvo el italiano Dante Alighieri en España, y también aprendió cuanto pudo del Humanismo de Petrarca y de Boccaccio, los más grandes autores europeos de su época.

Es recordado por sus serranillas, poemas de arte menor que tratan del encuentro entre un caballero y una campesina, inspiradas en una tradición popular castellana. También lo recordamos por ser el primer autor que empleó el soneto en castellano, poema estrófico este de origen italiano y muy poco conocido aún en Castilla en el siglo XV: los 42 sonetos fechos al itálico modo. Su temática es muy variada: amorosos, histórico-políticos y de reflexión moral y religiosa.

Su obra maestra es la Comedieta de Ponça, donde describe la batalla naval sucedida en 1435 en el puerto de Ponza (Italia) entre aragoneses y genoveses que acabó con victoria de los segundos. Está escrita en coplas reales (estrofas de 10 versos octosílabos). Escribió además poemas alegóricos y doctrinales (dezires), lírica cancioneril, y recopiló una de las primeras colecciones de refranes en castellano: los Refranes que dicen las viejas tras el fuego.

Juan de Mena (1411-1456)

Mena trabajó la poesía cancioneril, más ligera y menos trascendente (es la más accesible de leer dentro de su obra). Pero su obra maestra es, sin duda, El Laberinto de Fortuna, o Las trescientas, poema dedicado al rey Juan II. Consta de 297 coplas de arte mayor (de ahí su apodo de Las trescientas). El Laberinto es un poema alegórico que se inspira en la Divina Comedia (en concreto su tercer canto, el Paraíso) de Dante Alighieri. Su verdadero valor está en los episodios históricos muy bien descritos, donde se muestra su patriotismo reflexivo y su visión de la unidad nacional encarnada en el rey Juan II.

Jorge Manrique (aprox. 1440-1479)

Jorge Manrique cultivó la lírica cancioneril y sus convenciones en unos cuarenta poemas. No obstante, su obra capital son las Coplas a la muerte de su padre, don Rodrigo Manrique, cargo destacado y bravo militar que murió en el campo de batalla en Ocaña en 1476. Esta obra, cumbre de la literatura, constituye un planto de carácter filosófico-moral acerca de la muerte desde el punto de vista de un ferviente católico y de un hombre con una elevada posición social.

La estructura de la obra desciende de lo general a lo particular (estructura deductiva), observándose en ella tres partes claramente diferenciadas:

  • Coplas I-XV (la muerte): contienen un conjunto de reflexiones sobre el paso del tiempo y la muerte, elementos estos que triunfan sobre la belleza, la riqueza, el placer o el poder. Mediante diversos tópicos literarios (memento mori, tempus fugit, contemptus mundi, vita flumen, vita somnium y la rueda de la fortuna), formas imperativas y el plural sociativo, se exhorta al lector para que tome conciencia de su condición de mortal y de la vanidad del mundo terrenal.
  • Coplas XVI-XXIV (los muertos): mediante el tópico del ubi sunt, el poeta evoca a una serie de ilustres personajes castellanos con el fin de acercarse al lector y conmoverlo, incidiendo en la idea de que la inexorable muerte arrasa con todo.
  • Coplas XXV-XL (el muerto): se centra en la figura del padre. Esta parte se subdivide a su vez en dos: de la XXV-XXXII (elogio del difunto: valentía, heroísmo, lealtad y resiliencia) y de la XXXIII a la XL (diálogo tranquilizador y sosegado entre D. Rodrigo y la Muerte en el que se aborda la doctrina de las tres vidas: la terrenal, la de la fama y la eterna). Por último, el poeta deja constancia de la aceptación de la muerte del padre con la dignidad y ejemplaridad que correspondía a un hombre de su categoría.

Manrique escogió la forma métrica de la sextilla de pie quebrado o copla manriqueña constituida por versos octosílabos y tetrasílabos con rima consonante (8a-8b-4c 8a-8b-4c). No obstante, la medida del verso presenta algunos errores puntuales.

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