La casa de acacias

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Día cero

En el mundo hay un hueco para cada persona. Cuando dos personas se enamoran, se vuelven una, el lugar que ocupan pasa a ser sólo uno, y en él cabe el universo. Por el contrario, cuando alguien falta su espacio se vuelve un agujero inmenso y aterrador para quien lo contempla. Lo llaman ausencia. A veces son ausencias elegidas y, otras veces, involuntarias. Pero nada da más miedo que ese vacío. Intentamos pasar de puntillas sobre él, disimularlo con otros cuerpos que no consiguen llenarlo, adornarlo con flores que terminan marchitándose. Sin embargo, lo más curioso de todo esto es que no nos damos cuenta de que el olvido es una trampa, un mecanismo de autodefensa, la salida más fácil, un mal homenaje. No debemos forzar el olvido de quien una vez nos cedíó su sitio, sino aprender a volver a ese lugar sin angustia e intentar regresar ilesos. Volver, si acaso, con una  pizca de tristeza que celebre aquella felicidad tan lejana. Aprender esto y ponerlo en práctica requiere tiempo, distancia y ganas. Yo sólo sé que donde estaba ella yo ya no cabía, por más que me aferrara a su mano e intentara esconderme entre su cabello. No había hueco para mí, y salir de aquel lugar fue una lucha contra mi propio cuerpo que, finalmente, me dio más fuerza de la que me había arrebatado. Hoy he vuelto al mismo sitio de siempre por primera vez. Pero nada es igual2-.


Día uno sin ti

TE ECHO TANTO DE MENOS QUE EN MI RELOJ AÚN ES AYER

Dora. Todo el mundo la llamaba «abuela» o «abuela Dora», pero yo prefería llamarla sólo por su nombre para no olvidar su esencia nunca.
Era una mujer muy inteligente y especial. Había sido maestra en la República, había luchado contra las normas de su época haciendo siempre lo que le había venido en gana, sin importar lo que pensaran. Conocíó a Gael, mi abuelo, en la escuela. Él era uno de sus alumnos y nada más conocerse se enamoraron perdidamente. Tras algunos encuentros a escondidas, ella dejó las clases para evitar represalias y continuaron su noviazgo en otro pueblo, donde consiguió trabajo en un colegio, se casaron y quedó embarazada. Dora perdíó a mi abuelo poco después de tener a mi padre y nunca volvíó a tener una relación seria con ningún hombre. Guardaba su foto con recelo y cuidado, como si fuera la única prueba de una vida no resuelta. Dora, que no pasaba del metro cincuenta, consiguió alcanzar los noventa años con una entereza envidiable. Solía peinarse el pelo canoso con horquillas de niña pequeña y coleccionaba piedras de todos los lugares en los que había estado. Un día dejó de viajar, y entonces fuimos nosotros quienes continuamos la colección. Después de un aparatoso accidente doméstico en la ducha de su casa, mi padre decidíó que era el momento de llevarla a una residencia. Mi abuela no protestó, temía ser una carga. Es curioso pensar cuánto dura una vida y qué poco lleva contarla. Supongo que cuantas más cosas hay que decir, menos personas quedan para escucharte. La voz de Dora era aguda aunque calmada. Mi abuela hablaba sin descanso, pero sin prisa, con los ojos siempre fijos en otro lugar al que nunca pudimos llegar. 


Sin embargo, lo que no perdíó nunca fue la sonrisa, la suavidad de las manos y esa rebeldía en la mirada. A pesar de que nunca soltó la cuerda que le ataba a mi abuelo, Dora fue una mujer adelantada a su época, al contrario que muchos mayores que viven anclados en el pasado porque es donde se sienten a salvo. Aplicaba su experiencia al presente de los demás. Ya anciana, supo que le quedaban pocas aventuras más por vivir, así que disfrutaba aconsejando al resto, aunque pocos le hacían el caso que se merecía. Yo le consultaba todas mis decisiones, las importantes y las nimias; le contaba todo lo que me ocurría. Ella era mi ancla, un silencio cómplice, comprensión. La relación que tenía con mis padres por aquel entonces era quizá algo más alejada y menos empática; manténíamos entre los tres un muro invisible que aún se sosténía: nos separaba, pero éramos capaces de vernos a través de él. Por el contrario, Dora me apoyaba de una forma constructiva y cercana. No me decía que todo le pareciera bien, sino que intentaba que yo mismo tomara mis propias decisiones. El día que le dije que quería estudiar Bellas Artes, ser un artista y llevar mis obras por el mundo, decisión que mis padres no apoyaban del todo, me contestó: —Gaelito, mi niño, eres igual que tu abuela. Siempre vas a contracorriente. Mi amor, no dejes nunca que te hagan creer que esto es algo malo o que no merece la pena. Sólo los que van a contracorriente consiguen llegar a su destino; allí donde están todos no hay hueco para nadie más. Y tú te mereces el mejor lugar del mundo. Gael, escúchame bien esto que te digo, que más sabe la perra por vieja que por perra: hagas lo que hagas, busca el latido. Busca el latido. Esa frase que tanto me repetía mi abuela quedaría para siempre grabada en todas y cada una de mis decisiones.


Y lo hice. Tomé mi decisión y cursé la carrera. De pequeño, ya mostraba gran destreza con los lápices, y fue así como la habilidad —o eso que algunos llaman talento— se convirtió en pasión, y terminé, felizmente, en la universidad. No fue lo que esperaba, nunca lo es. En estos tiempos, la universidad es un paso obligado que, en ocasiones, no te lleva a ninguna parte. Durante mis estudios descubrí una disciplina menos común, la de la escultura: me quedaba maravillado durante horas viendo cómo los profesores tallaban figuras con la precisión de un cirujano. Me obsesionaba el detalle, la mímesis de los gestos, la capacidad de darle vida a un material inerte. Todo ello envuelto en el ambiente de silencio necesario a la hora de crear. Así, con ese latido que golpeaba con fuerza en mi pecho cada vez que preparaba las herramientas, comencé a esculpir mis propias obras y a hacer exposiciones en galerías del barrio. La primera muestra que exhibí fue sobre manos en distintas posiciones: manos entrelazadas, manos contrapuestas, algunas en posición de ofrenda y también otras en actitud defensiva. Le di el nombre de «Manialadas». Lo segundo mejor que me sucedíó durante aquellos años es que hice buenas migas con Sara, la jefa del departamento. Pocos meses después de terminar la carrera, vino a ver una de mis exposiciones y me ofrecíó un puesto como profesor en la academia de unos amigos, en la materia de escultura, especialidad de modelaje de cuerpos.Lo primero, sin duda, fue conocer a Andrés. Andresito era un tipo muy vital, de esos que contagian las ganas de seguir adelante. En la facultad, nos hicimos muy amigos y compartimos aprobados y suspensos entre charlas y cervezas. Algunos días no íbamos a clase y nos perdíamos dando vueltas por Madrid hablando de todo y nada. Era muy sociable, le encantaban los hombres y tenía relaciones con varios a la vez. Vivía su vida con total libertad.


Él se reía y decía que no era promiscuo, sólo indeciso. Por primera vez, conocí a alguien que compartía mi pasión por el arte, aunque lo enfocábamos de maneras distintas. El sueño de Andrés era ser un marchante y abrir una galería de arte en alguna capital europea. Yo quería ser escultor y mostrar mi trabajo llevándolo por todo el mundo. Fantaseábamos diciendo que terminaríamos trabajando juntos. Estábamos empezando a descubrir el mundo y no necesitábamos más. Mi amigo me comprendía y no me juzgaba. Apoyaba mis locuras. Estaba enamorado de todos los chicos de la facultad y, aunque pocos le hacían caso, cuando conseguía una cita —no sé si por pesado o por el encanto que tienen los incansables— lo celebrábamos como si nos hubiera tocado la lotería. Su risa era una constante en mi vida. Sin embargo, la muerte separó nuestros caminos. Sus padres fallecieron pocos meses después de terminar la carrera en un accidente de coche, y Andrés, que no tenía hermanos, tomó la decisión demarcharse a Londres. Era de ese tipo de personas que se adelantan a lo malo, que antes de que les alcance la pena ya están en otro sitio. Andrés no se quedaba a ver llover; simplemente, cambiaba de paisaje. Y eso fue lo que hizo. Ahora, dos años después de aquella desgracia, en los que cuidamos nuestra relación a través de mensajes telefónicos y llamadas, seguía siendo el mismo de siempre: un hombre alegre, en constante búsqueda, siempre un paso más allá de sus objetivos. Como él decía, es mucho mejor perseguir tus sueños que dejar que tus sueños te persigan a ti sin alcanzarte, porque uno nunca se cansa de aquello que le hace feliz. Desde luego, ser profesor no era el trabajo de mi vida. Yo quería crear a partir de la nada, darle un sentido a lo que se da por hecho, que mi arte inundara las ciudades y las vidas de la gente. Dejar huella, eso es lo que quería. Cumplir mi sueño.


No obstante, recibí el trabajo que me ofrecíó Sara con ganas, pues necesitaba el dinero y, además, una de las lecciones de mi abuela había sido que enseñando es como más se aprende. Estuve trabajando allí durante dos años. La clase se impartía en un taller que se encontraba en una callejuela en un barrio del centro. Cuando llegué el primer día, descubrí un espacio lleno de polvo que olía a madera. Era pequeño y estaba desordenado; al parecer, el profesor que había dado clase el año anterior había dejado allí todo el material, herramientas y piezas sin completar. El suelo crujía con cada paso y las paredes, llenas de cuadros, estaban construidas con ladrillos anaranjados. Unas cuantas figuras a medio terminar, algunos lienzos y un par de mesas de gran longitud ocupaban la mitad de la sala. Había dos ventanales que daban a la calle e iluminaban el estudio con una luz dorada que transmitía, en medio de tanto desorden, una calma agradable. Por detrás de las mesas se vislumbraba la parte final del taller: amplia, despejada, con unos cuantos taburetes altos y un biombo para los cambios de vestuario del modelo. Sobre la pared descansaban, colgadas de un perchero, numerosas batas blancas y una escalera que daba acceso a un altillo. El primer año fue de aprendizaje: pasar de ser alumno a ser profesor no es tan sencillo. De ese modo, y con los consejos de mi abuela referentes a la enseñanza en la mente, puse en práctica toda la teoría estudiada y traté de enseñársela a mis alumnos sin dejar de lado la ilusión y la pasión, que creo que son las principales motivaciones de este trabajo. Es importante que los estudiantes no pierdan de vista esos detalles cuando están trabajando en algo que les entusiasma. El segundo año cambiaría mi vida. Con algo más de experiencia, sobre todo en lo que se refiere al trato con jóvenes, afronté el curso con ganas y el deseo de conseguir buenos resultados entre todos.


Veníamos de trabajar los rostros y las expresiones, así que para el segundo curso se me ocurríó la idea de esculpir una figura humana. Dejé mi material sobre una de las mesas y poco después entraron los alumnos. No superaban la media docena y, tras saludarnos, fueron tomando asiento sin dejar de charlar entre ellos. Lo cierto es que la cercanía de edad —ellos estaban en los veintipocos y yo me aproximaba a los treinta—, había ayudado a romper ese bloque de hielo que separa más que acerca al profesor del alumno. El primer día se creó una buena sintonía entre todos y les expliqué brevemente los contenidos de la asignatura en el nuevo curso, así como el objetivo de esculpir una figura humana. Les pregunté uno por uno por qué se habían apuntado a esa clase, sus motivaciones con la escultura y las Bellas Artes y, después de contarles las mías, los despedí hasta nuestra siguiente sesíón, y me quedé preparando el material. Minutos después, ya solo en el taller, ordenando las herramientas en la parte de atrás, desde la que no se veía la puerta, oí un ruido y me asomé. Allí se encontraba una chica menuda, algo aturdida pero con una mirada llena de fuerza, con el pelo largo y despeinado. Rozaría los veinticinco años. Me quedé observándola un minuto o un siglo, no lo sé, hasta que de repente ella se acercó con decisión. Sentí un rubor subiendo por mis mejillas. Ella manténía una expresión seria y el gesto disgustado. Tenía los ojos del color del mar a punto de romper —Hola, soy Marta. Vengo a hacer de modelo para la clase de escultura, pero me ha costado la vida encontrar este sitio y creo que llego tarde. Joder. Llego tarde, ¿no? —Hablaba rápido y miraba hacia todos los rincones del taller, nerviosa


—Sí, pero no pasa nada, tranquila. Hoy era la primera clase y sólo quería explicarte un poco de qué va y que los chavales y tú os conocierais para coger confianza. Empezamos en serio el jueves, así que tendrás tiempo para aprenderte el camino. —Reí—. Por cierto, me llamo Gael y soy el profesor. —Uf. —Suspiró, ya más relajada—. Menos mal. Qué bien. Pensaba que serías un estirado. Los profesores… Ya sabes. Nos vemos pasado mañana entonces, no llegaré tarde. Ah, y encantada. Yo me llamo Marta, ¿te lo he dicho ya? Ojalá pudiera ahora regresar a aquel momento y darme la vuelta, marcharme corriendo de aquel taller con suelos de madera y paredes de ladrillos anaranjados. Decirle a mi jefa que había cambiado de opinión e incluso de ciudad, que acababa de notar los primeros temblores de lo que sería el terremoto de mi vida y debía huir para salvarme. Ojalá pudiera ahora, también, regresar a aquel momento y quedarme a vivir allí para siempre, esculpir lo que vi y llevarlo a todos los museos del país, romper los relojes, hacer estallar la ciudad y llenar de flores el taller. Dora decía que los recuerdos no son más que sueños en el pasado, pruebas de otras vidas que no nos atrevimos a vivir. He vuelto tantas veces a aquel instante que temo que no sea cierto… Pero este sueño late con una fuerza tan grande en mi mente que es imposible ignorarlo. Era 1934 y yo acababa de cumplir veinte años. Había vuelto a la ciudad y me sentía terriblemente sola. Acostumbrada a La Hiruela, donde vivía con mi madre, las calles se convirtieron de pronto en laberintos. Pasé de vivir en una casa cálida y protegida por el empedrado típico del lugar a una habitación minúscula, donde cabía una cama y poco más. Hacía frío, mucho frío. Aquello era gélido y yo me sentía muy sola. Pero un amigo me había recomendado para un trabajo y no podía rechazarlo.


La enseñanza para mí es un poder, un enorme poder, ¿sabes? Tienes en tus manos un montón de cabezas inocentes, listas para aprender, dispuestas a ello. En gran medida, de ti depende que, en unos años, esas personitas tomen decisiones acertadas o, al menos, intenten hacerlo, ¿lo entiendes? ¡Claro que sí! Los maestros somos la llave. Cuando uno crece y se hace mayor, se da cuenta de la cantidad de puertas cerradas que nos rodean, que nos tientan, que nos retan. Nadie nos dice esto cuando somos pequeños porque no quieren que estemos en otro sitio que no sea un parque. Y tiene sentido, Gael. Todos acabamos volviendo a los parques, ya sea como enamorados dispuestos a bebernos toda el agua de las fuentes o siendo ancianos como yo, que buscamos una brecha en la rutina. Había estado en la capital antes, estudiando en la Escuela Normal de Maestras de Madrid. Mi madre había insistido en mi instrucción, posiblemente por la muerte temprana de mi padre, y también por el carácter revolucionario que nos dejó en herencia. Quería que me convirtiera en una mujer importante, que cambiara, si no el mundo, sí a aquellos que pudieran llegar a gobernarlo. Tuve suerte y no me obligó, como se hacía con las muchachas en aquel entonces, a buscar un marido, y tampoco me impidió ejercer mi profesión. La República dejaba trabajar a las mujeres bajo el amparo de nuevos aires revolucionarios; sin embargo, la primera condición que aparecía en nuestros contratos era la de no casarnos: hacerlo implicaba renunciar a nuestro ejercicio profesional porque nos debíamos a nuestros maridos. Ya ves, Gael, la hipocresía política no es algo de ahora, sino que forma parte de nuestros gobiernos desde hace demasiados años. Todavía nos queda mucho trabajo para conseguir la igualdad. En Madrid conocí a compañeras con mis mismas inquietudes. Mujeres despiertas, inteligentes, valiosas, con las ideas claras y con una fuerza de espíritu envidiable


Yo era la más joven. Juntas nos contagiamos las ganas. Es un recuerdo al que recurrí muchos años después, cuando todo flaqueaba. No volví a verlas. Cuando regresé a la capital, no quedaba allí ninguna. Todas se habían ido a otros lugares a trabajar, pero su valentía me acompañó en aquellos primeros días de soledad. En fin, Gaelito. Cuando llegué al colegio me encontré con alumnos de distintas edades que, sin embargo, estaban agrupados en las mismas clases. En aquellos tiempos en los que luchar era algo más que una pasión, tuvimos que pelear muy fuerte por la educación, por conseguir que aquellos muchachos crecieran con la verdad. Para mí, la enseñanza durante la República fue algo maravilloso. Se luchaba por la cultura, por que los niños aprendieran, ¿entiendes? Pero no sólo eso: queríamos enseñarles a ser más libres y a defender una sociedad también más libre, justa y solidaria. Este país era un erial en cuanto a la educación de las clases más humildes. Lo que yo viví fue que el gobierno republicano quiso cambiar muchas cosas, y una de las primeras fue ésa. Los maestros éramos gente preparada y no nos dedicábamos a recitar la lección de memoria, sino que les ofrecíamos a los niños las herramientas para que la comprendieran por sí solos. Educamos de una manera igualitaria, y lo echaron todo por tierra. Pero ésa es otra historia. Me asignaron la tutela de una clase en la que había muy pocos alumnos. La edad mínima para trabajar era de diez años y el absentismo, por desgracia, elevado. Una locura, aunque tendrías que haber visto el brillo en la mirada de aquellos chicos. Estaban locos por aprender, por saber, por ir más allá de lo que tenemos delante de los ojos. Fue una época tan difícil, tan difícil, pero tan enriquecedora… Y jamás me arrepentiré de aquello, jamás, ¿me oyes?


Lo llamaban cariñosamente Gael, un diminutivo de Gabriel, el nombre de su abuelo, que se había quedado en Cuba cuando, hacía un año, sus padres emigraron a España debido a la turbulencia política de su país, inmerso en huelgas y movimientos en contra del gobierno que habían provocado la huida del presidente. Temerosos, quisieron educar a su hijo lejos de todo aquello, sin saber que en el destino escogido se avecinaba también algo espantoso. Gael era apenas un muchacho cuando le conocí, aunque su apariencia era mucho más madura. Se le marcaban los músculos debajo de la ropa y su espalda, ancha, era más propia de un joven que de un adolescente. Estaba bien alimentado. Ese físico recio se perdería durante la guerra. Tenía unos ojos tan grandes como las heridas que el frío causaba en mis manos, aunque su mirada era mucho más acogedora. Era el muchacho más listo de la clase, sin duda, aunque también el más rebelde. Fue la primera persona de aquel lugar que me miró como si me conociera y me hizo sentir, de algún modo, que de nuevo había hueco para mí en esa ciudad. Su voz, impregnada de la calidez de la tierra en que nacíó, me acariciaba cada vez que la oía sin que yo pudiera evitar sentirme así, rozada por una caricia invisible. Se prendó de mí nada más verme, eso me confesó con el tiempo. Tu abuelo era así, obstinado y entusiasta. Se movía por pasiones y emociones, y nadie era capaz de detenerlo. Mucho menos de derrotarlo. Justamente eso fue lo que me enamoró de él: la manera en que él se enamoró de mí. Después de mucho tiempo, he aprendido a vivir sin él, aunque nunca podré olvidarlo. Mis recuerdos son tan nítidos que a veces temo haberlos inventado. 


Sin embargo, una termina aprendiendo a no luchar contra esos momentos del pasado, sino a hacerles frente, plantarles cara y atreverse a vivirlos, a recuperarlos, a dejar que sucedan, que se queden un rato, que nos sacudan por dentro… Una deja que vuelvan el tiempo que haga falta, para que así se puedan marchar del todo. Lo cierto es que cada recuerdo, aunque ya no exista, es un nuevo instante a su lado, y eso no tiene precio, cariño. Tu abuelo me dio vida. No le olvidaré, Gaelito, claro que no. Por algo le pedí a tu padre que te diera su nombre.


día dos sin ti

NO SALGO DE LA CAMA. AÚN ESTÁS CONMIGO, TAN GUAPA, AUNQUE SEA EN MIS PESADILLAS


Habían pasado ya dos semanas desde que comenzara mi segundo año en el taller y el ritmo de las clases era bueno. Los estudiantes eran bastante aplicados, la mayoría de ellos manténía la constancia y la paciencia que requieren los trabajos artesanales. El objetivo del curso era esculpir una figura humana haciendo hincapié en los detalles: las marcas de expresión, una mueca particular, la profundidad de la mirada. Yo estaba muy motivado, como nunca. Llevaba tiempo buscando ese latido del que siempre me hablaba Dora y por fin lo había encontrado. La experiencia me había convertido en un buen profesor y, al enseñar, mi destreza también había mejorado. Amaba la escultura porque sentía que a través de ella podía crear algo nuevo, algo antes inexistente. Esa libertad casi divina me daba poder, aunque también una cierta responsabilidad. Si bien es cierto que en el arte no hay acierto ni error, sino que todo es prueba, el artista debe ser fiel a lo que crea, pues sus creaciones le definen. Es necesaria, por tanto, la empatía; es preciso buscar la conexión con el que admira, con el que decide pararse a contemplar tu obra, sin saber bien por qué. En una escultura, una pintura o cualquier obra de arte que se exponga, se debe conseguir ese lazo invisible que atrapa la mirada del que pasa por delante. Igual que un libro no existe sin unos ojos que lo lean o una canción no sobrevive sin alguien que la escuche, una obra no cumple su función si no atrapa al espectador. Quizá ese propósito sea el más complicado de llevar a cabo. Ese propósito era el que yo buscaba insistentemente. Marta llenaba de luz aquel taller. 


Hay personas que son como un destello e inundan los lugares que ocupan y los corazones de los individuos que las miran. Marta era una de esas personas. Para los tipos como yo, que ven pasar el tiempo despacio y observan todo con detalle pero pocas veces se atreven a agarrar la existencia con ambas manos y zarandearla para que caigan las oportunidades, las personas como ella, inmediatas y eléctricas, fugaces en su paso por nuestras vidas, imparables como los trenes que uno ve pasar, son un espectácu lo. Observarla era como escuchar mi canción favorita en directo. Dora solía decir que es breve el tiempo que lleva acostumbrarse a las sombras, pero que, sin embargo, uno nunca se hace del todo a la claridad, como si sólo nos sintiéramos a salvo en nuestros propios recovecos, allí donde nadie es capaz de llegar. Marta prendía fuego en todos mis rincones. Su mirada, sus gestos, su piel vulnerable y a la vez indómita expuesta a la creatividad de mis alumnos conseguía que implosionara. Un día, olvidó su móvil y tuvo que regresar ya de noche al estudio, donde yo siempre me quedaba después de finalizar la clase para terminar mis figuras. Necesitaba soledad y algo de música para trabajar, la calma de un lugar caótico para hallar la concentración, y aquel sitio era perfecto. Sería impensable no contar que Marta era lo contrario a todo aquello que yo necesitaba. Irrumpíó en el taller como el primer día, haciendo ruido, con el gesto torcido y la respiración entrecortada, murmurando algo para sí misma. —Estoy fatal, Gael. He perdido el móvil y me he dado cuenta ya en el autobús de camino a casa, he obligado al conductor a parar a regáñadientes en mitad de la carretera y unas señoras han empezado a quejarse. —De pronto rompíó a reír. Un destello—. Si las hubieras visto… Echaban espuma por la boca, te lo juro.


2 ¡Qué locas! El tipo se ha jugado la vida parando, desde luego. No creo que sobreviva a la furia de esas brujas setentonas. En fin —volvíó a torcer el gesto—, voy a buscarlo, ¡espero que esté aquí! —Espera, que te ayudo. Me acerqué con ella al rincón donde acostumbraba a dejar sus cosas, que estaba, cómo no, hecho un desastre. En esa parte, más estrecha, la luz era tenue. Marta rebuscaba concentrada y yo intentaba hacer lo mismo, sin dejar de mirarla. Había algo en el ambiente de aquel taller en esos momentos que me ponía nervioso, cierta soledad interrumpida, no lo sé, no estoy seguro. No lo encontrábamos, así que le propuse llamarla desde mi móvil para ver si la vibración de su teléfono nos conducía al escondite. Perseguimos entre risas el soniquete por todo el estudio hasta que finalmente lo localizamos, ya tirados en el suelo, husmeando como dos sabuesos, detrás de la escalera que conducía al altillo. De repente, Marta comenzó a gritar, a chillar de una manera histérica, aullaba como un lobo con luna llena. Me agarró la mano y la apretó con fuerza, estaba fría, congelada, y continuó desgañitándose durante diez o quince segundos. Yo estaba perplejo, pero se volvíó hacia mí, apremiándome con la mirada, y me uní a sus gritos. Entonces paró. —¿A que sienta bien? —me preguntó, muerta de risa—. Lo hago cuando me agobio. Es que me pongo nerviosa fácilmente. Hasta las situaciones más ridículas me encogen el estómago. Es la primera vez que lo hago con alguien. Con lo tranquilo que tú eres siempre, Gael… No sé si te han dicho esto alguna vez, pero gracias por gritar conmigo. Entonces, Marta se acercó lentamente y me besó. Fue un beso de esos que no sabes si son el preámbulo de una cascada de saliva ajena por tu cuerpo o se quedarán en una caricia en la mejilla. 


En ese momento, bajo aquella luz suave, fui capaz de apreciar todos los azules que se mezclaban en sus ojos. Eran azules exactos y precisos. Uno de ellos era como el cielo de un pueblo de interior el 15 de Junio. Otro se parecía a las aguas de la orilla de la playa de Bolonia el 19 de Enero. Un tercero era igual que la pared de la casa de Frida y Diego al sol de la mañana el 29 de Marzo. Otro me récordó a la cubierta de un cuaderno de bocetos que acabé el 4 de Marzo. Y un último lo creí igual que el que miró Bécquer el 3 de Diciembre. Marta y su estallido de azules me besaron. Otro destello. Aquél se convirtió en un beso interminable que no acabó hasta mucho después. Marta sólo me miraba; yo callaba y la observaba. La acaricié con las manos llenas de arcilla seca, le quité la ropa mientras perseguía con los dedos la silueta que trabajaba cada tarde, traté de aprenderme de memoria aquella figura, imprimir en mis huellas su tacto. Llegué a su rostro tratando de encontrar la mueca que hiciera diferentes sus rasgos. Con cierto asombro, descubrí un detalle que había pasado desapercibido en las sesiones de modelaje. Marta llevaba tatuada una rama de olivo en la nuca. Era pequeña y quedaba escondida con facilidad entre los mechones que no llegaba a recogerse en el moño. Parecía un boceto, como hecho a medias, pero era bonito. Me parecíó curioso. Algo propio del destino. Aquello era un símbolo. No quise preguntarle por qué lo llevaba. Récordé entonces un gesto recurrente de Marta que no podía evitar hacer mientras posaba y en el que yo me había fijado: sin darse cuenta, se acariciaba la parte de atrás del cuello. Entonces me di cuenta de que lo que tocaba era aquel dibujo de tinta. Parecía que hacerlo la tranquilizaba, puede que la conectara con algún recuerdo armonioso que le hacía recuperar el equilibrio. No me equivocaba. 


Como si careciera de vista, quise aprender el lenguaje de su cuerpo con mi cuerpo, leer su historia, buscar un hueco para dejar la mía. Fue la primera vez que conocí la calma de Marta, la primera vez que la vi rendida y sin escudo, tranquila, en silencio, como un animal dormido. Allí, sobre aquella mesa larga de madera, abrazados con la piel, dejamos respirar al mundo mientras nosotros nos quedábamos sin aliento. Hicimos el amor en todos los rincones del taller. Marta los iluminaba y yo me bebía sus llamas. Al terminar, con el color del delirio todavía latiendo en las mejillas, recuperamos la respiración. Los dos temblábamos.

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