Formas métricas
La poesía barroca alterna las formas métricas heredadas del Renacimiento (ter-cetos, sonetos, octavas reales, liras, estancias o silvas) con elementos de la tradi ción popular y sus modalidades estróficas glosas, villancicos, letrillas y romances,
La glosa consta de una redondilla (abba) seguida de tantas estrofas (ge-neralmente, décimas) como versos tiene la cancioncilla inicial (cuatro), los cuales se van repitiendo al final de cada estrofa.
El villancico, escrito en versos octosílabos o hexasilabos, está formado por un estribillo (de dos a cuatro versos) y un pie o mudanza (estrofa de seis o siete versos). El verso final del pie (verso de vuelta) rima con el estribillo
La letrilla es una variante del villancico, del que se diferencia más por el con-tenido que por la forma métrica:
Suele tener un carácter satírico o burlesco.
El romance, a diferencia del medieval, es totalmente regular: la rima siempre es asonante y los versos (octosílabos, sin excepción) se agrupan, de cuatro en cuatro, en estrofillas denominadas cuartetas de romance.
Poesía popular: el romancero nuevo
Los poetas barrocos, como antes los renacentistas, mantienen vivo el interés por la lírica popular, hasta el punto de que las formas métricas más conocidas de esa vieja tradición (villancicos, seguidillas, glosas, romances) ocupan un lugar destacado en su obra. Pero, de entre todas las manifestaciones de la tradición oral, adquiere especial relevancia el cultivo del romance: desde mediados del Siglo XVI, algunos poetas (Cervantes, Góngora, Quevedo o Lope) se sirven de esta forma métrica medieval para componer poemas líricos de asuntos muy diversos (amorosos, pas-toriles, moriscos, de cautivo y burlescos). Surge así el romancero nuevo o artístico. A diferencia del viejo o tradicional, es de carácter culto: su versión definitiva la fija por escrito el propio autor y se transmite ajena a la tradición popular.
Tendencias estilísticas
El estilo más carácterístico de la época es el conceptismo. Esta tendencia, de gran tradición en la literatura española, tiende a una complicación conceptual que condensa el pensamiento con gran sutileza e ingenio; para ello, se recurre a los más variados juegos de palabras (dilogía, paronomasia, oxímorón, paradoja), distorsiones gramaticales e imágenes atrevidas.
Cuando el conceptismo se orienta hacia un recargamiento ornamental y sen-sorial recibe el nombre de culteranismo o gongorismo (llamado así por ser Luis de Góngora el artífice y máximo exponente de esta variedad conceptista). En las creaciones culteranas abunda el léxico colorista y suntuario, se apuran al máximo las posibilidades expresivas del verso, se incorporan numerosos cultismos (léxicos y sintácticos), la sintaxis se complica con la acumulación de hipérbatos, las obras se ennoblecen con frecuentes alusiones mitológicas y se rinde culto a la belleza con imágenes poéticas de gran vigor y plasticidad. Si Góngora es la figura representativa del estilo culterano, la del conceptismo puro es Quevedo.
Por otro lado, la tendencia clasicista mantiene los ideales de naturalidad, equili-brío y contención propios del Renacimiento y pervive en autores vinculados a la escuela poética andaluza (Rodrigo Caro, Fernández de Andrada, Francisco de Rioja) o aragonesa (los hermanos Argensola y Esteban Manuel de Villegas).
1 La tradición petrarquista
La poesía culta se mostró fiel a la herencia poética del petrarquismo italianizante, asentado sistemáticamente sobre cuatro motivos fundamentales: el amor, el tó-pico del carpe diem, la naturaleza y la mitología.
El amor se inspira en los presupuestos del petrarquismo, cuyos principios conceptuales reproduce reiteradamente. La divinización de la dama impul-sa al poeta a adoptar una actitud de humilde sumisión y a proclamar sus perfecciones físicas y espirituales. Ante sus súplicas, aquella responde con indiferencia, lo que provoca en el amante un profundo sufrimiento, por lo que intenta expresar mediante la paradoja o el oxímorón la naturaleza contradictoria del amor
2 Temas propiamente barrocos
Poesía ascético-moral
Ante la evidencia de la fugacidad de la vida y el poder destructor del tiempo, el poeta reacciona con una actitud ascética que se nutre de tres comentes doctrinales:
– Los principios teocéntricos de la tradición medieval (el mundo como valle de lágrimas, la renuncia a los bienes terrenos, la muerte como liberación).
– El estoicismo de Séneca, que postula un ideal de virtud sustentado en el do-minio de las pasiones y en la imperturbabilidad de ánimo ante las adversidades. – El epicureísmo horaciano, que exalta la dorada medianía (Áurea mediocritas)
de quien, alejado de las ambiciones mundanas, se conforma con el goce moderado de los pequeños placeres de la vida.
Para ilustrar esta conciencia de caducidad, se recurre a imágenes y a símbolos muy expresivos, como la rosa, las ruinas, la calavera o las estaciones del año.
