La Generación de los 50 o Promoción de los 60: La poesía de la experiencia
Ya en los años 50 comienzan a aparecer poetas jóvenes que se caracterizan por superar el riesgo de prosaísmo del realismo social. Aunque nacen un poco más tarde que los poetas sociales, comparten con ellos la visión crítica de la sociedad. No renuncian al compromiso, pero depuran el lenguaje y se preocupan por la forma. Entre ellos destacan Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Francisco Brines y Jaime Gil de Biedma.
Aunque estos autores han sido recogidos bajo el nombre de Promoción o Generación de los 50, esto es poco acertado: será en los años 60 cuando realmente destaquen con voz propia. A pesar de no seguir un programa poético común, comparten rasgos fundamentales:
- El hombre como eje central: Es una poesía de la experiencia personal, más intimista y menos colectiva.
- Cambio de tono: Se abandona el tono exacerbado; la poesía ya no se concibe solo como medio de denuncia, sino como un instrumento de conocimiento de la realidad. Se recurre a la ironía y el humor para criticar la situación.
- Escepticismo: Se muestra desconfianza ante las labores colectivas, priorizando el trabajo individual.
- Serenidad: Se abandona el tono patético y combativo; hay pasión, pero mostrada con serenidad.
Jaime Gil de Biedma
Aunque su vocación desde la adolescencia era la literatura, por agradar a su acomodada familia cursó y se licenció en Derecho. En los años de universidad conoció a compañeros de la generación poética de los años 50, como Carlos Barral o José Agustín Goytisolo, quienes influyeron decisivamente en su obra, al igual que Luis Cernuda, Antonio Machado, T. S. Eliot y W. H. Auden.
Se le considera la figura lírica más relevante de los 50 y quien mejor representa el cambio poético respecto a la etapa anterior. Desde la madurez, busca dejar constancia de su vida, mirando hacia atrás y recuperando momentos vitales destacados. Sus temas constantes son:
- El paso del tiempo: Mira al pasado con nostalgia, añorando el paraíso perdido de la niñez y advirtiendo el peligro que amenaza a su juventud.
- La amistad: Ligada al pasado perdido o ensalzada como remedio contra la soledad.
- El amor: Supone entrega y renuncia, a menudo ligado a una doble vida. Muchos poemas cantan al cuerpo masculino y al disfrute carnal.
Su obra Las personas del verbo (1975) recoge tres libros representativos de las etapas de su trayectoria.
Etapas poéticas
Prueba de su primera etapa es Compañeros de viaje (1959), aún bajo la órbita de la poesía social, pero donde se abren paso el lenguaje coloquial y los recuerdos personales. La palabra «compañeros» tiene un doble sentido: amigos o camaradas políticos. Es una obra que denuncia la represión del régimen y la miseria de una España sumida en el miedo, pero que ya anticipa el tono de la experiencia.
Su poesía se adentra paulatinamente en la poesía de la experiencia, llegando a su culmen con Moralidades (1966). Aquí, el tema de la amistad cede protagonismo a las reflexiones sobre el amor, el sexo y el resentimiento del autor hacia su propio sistema de vida. La obra es una clara denuncia a la hipocresía de la España opresora y a la doble vida derivada de su homosexualidad, como se observa en el poema Albada.
Poemas póstumos es un poemario escrito desde la madurez desencantada. La vejez se opone al vitalismo juvenil y el desengaño a las expectativas. El fin, que ve cercano, dicta poemas de tono triste y pesimista. Son recurrentes los temas del paso del tiempo y la muerte. De hecho, suya es la frase: «En mi poesía no hay más que dos temas: el paso del tiempo y yo».
Estilo y técnica
Estilísticamente, Gil de Biedma se decanta por el uso del verso libre (aunque a veces recupera estrofas como la octava real) y un estilo claro con coloquialismos. Proliferan los recursos retóricos como el encabalgamiento, el hipérbaton, la reiteración y la interrogación retórica. Introduce frecuentemente citas de autores admirados, defendiendo la intertextualidad: «La imitación es necesaria; es la única forma de escribir. Uno escribe en función de lo que ha leído». Es frecuente la aparición del tópico Tempus fugit y el uso del diálogo, incluso consigo mismo.
