Sociedad ilustrada

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T. 2. LA POESÍA ESPAÑOLA EN EL PRIMER TERCIO DEL Siglo XX


I. EL Modernismo. GENERALIDADES Se denomina así al movimiento literario nacido en Hispanoamérica en el último cuarto del siglo XIX y difundido en España por Rubén Darío a raíz de la publicación de su libro Prosas profanas (1896). Aunque su periodo de auge fue breve -pues sus logros se pueden considerar agotados hacia 1915- su importancia fue decisiva para la evolución de la poesía española ya que supuso una renovación total de la misma. Fue, sobre todo, un movimiento poético, aunque pueden verse ejemplos en novela y teatro.
El Siglo XIX finalizó con el desastre el 98, es decir, la pérdida de Cuba y Filipinas, últimas colonias del antiguo Imperio español. La política y la ideología nacionales se ven sacudidas por este hecho y los intelectuales abogan por una reforma general. Se produce al mismo tiempo una gran crisis espiritual y artística. La filosofía, el arte y la literatura reniegan de la mentalidad burguesa, centrada en la actividad económica, y de sus modos de vida mercantilistas y pragmáticos. Se buscan entonces una nueva espiritualidad y un arte provocador, alejados de la vulgaridad y del sentido utilitario de la obra burguesa. En España, la poesía de la segunda mitad del Siglo XIX, exceptuando las obras de Bécquer y de Rosalía de Castro, era de escaso valor. Caracterizada por tratar temas banales con un tono ligero y una retórica desprovista de lirismo, estaba en consonancia con el espíritu burgués. En ese ambiente, la llegada del Modernismo supuso un cambio radical, pues el Modernismo supuso una reacción artística contra las formas decimonónicas. No tiene límites cronológicos precisos, ya que sus repercusiones se perciben durante casi todo el Siglo XX, y tampoco puede ser relacionado exclusivamente con una renovación poética, puesto que afecta a todos los aspectos de la vida y del arte, incluso al comportamiento social. Como rasgos generales podemos señalar los siguientes: – Como corriente poética se sitúa entre dos fechas de referencia: 1875 y 1916, es decir, es la corriente predominante en el cultivo de la poesía de principios del Siglo XX. – Su figura máxima es un poeta nicaragüense que se instala en España en 1892: Rubén Darío. Poetas españoles adscritos en algún momento al Modernismo son Antonio Machado, Manuel Machado y Juan Ramón Jiménez. – En un primer momento, los modernistas rechazan la tradición literaria española y toman como referencia de modernidad la literatura francesa del momento, que es su principal influencia. Sin embargo, más tarde comienzan a rescatar la tradición española medieval y a reconocer la renovación que supuso la figura de Bécquer en el Siglo XIX. Debe recordarse que entre Modernismo y 98 no se da una separación absoluta. Hay autores, especialmente en los primeros años, que comulgan de las carácterísticas más genuinas de ambos movimientos. Se habla de Modernismo, en una acepción general, como la versión hispánica de la crisis artística y espiritual europea de finales del Siglo XIX, dentro de la cual podemos hablar de orientaciones diversas: una que se inclina hacia una literatura de evasión y elitismo -el Modernismo en sentido estricto- y otra que se caracteriza por un temperamento más crítico y radical -La Generación del 98-. II. IDEOLOGÍA, ACTITUDES Y TEMAS. El Modernismo se sitúa en la crisis de fin de siglo que afecta a toda la cultura occidental. En España, esa crisis está marcada por una situación muy definida: el estancamiento social, la inercia de la política bipartidista y, por último, la descolonización y el desastre del 98. Para Galdós es necesaria una revolución: “Pero si no inventáis otra palabra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de la nacíón. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor. Contumaces en la rebeldía”. Los artistas canalizan el pesimismo con dos formas de rebeldía: – El compromiso de “transformar la sociedad” y “despertar las conciencias”, el enfrentamiento activo con el sistema (como harán también los autores de la Generación del 98). – El aislamiento aristocrático y las actitudes asociales (la bohemia, el dandismo…) para escapar de una realidad que les parece absolutamente vulgar y mediocre: “Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer”, dice Rubén Darío en los primeros años del Modernismo. La influencia francesa que reciben los modernistas es ideológica y estética. La literatura francesa del momento está inmersa en una “cultura pesimista” que pone en tela de juicio los valores sagrados del Siglo XIX: el progreso y la moral. Determinados artistas empiezan a proclamar su rechazo de una sociedad que no les gusta, y en este contexto surgen en Francia dos actitudes literarias: el Parnasianismo y el Decadentismo. El Parnasianismo defiende la máxima de “el Arte por el Arte”, y aspira a la perfección formal y a la belleza de la obra de arte como una vía de escape de la realidad. Decadentista o decadente es el artista que, descontento con el mundo, decide aislarse de la sociedad y romper con las normas y convenciones morales establecidas, adoptando actitudes provocativas para molestar a la moral burguesa. Este grupo de artistas (Baudelaire, Rimbaud, Verlaine…) son los llamados “poetas malditos” y se convierten en los renovadores de la poesía europea del Siglo XX mediante la corriente estética del Simbolismo.  Los temas y actitudes vitales de la literatura modernista van evolucionando con los años. Podemos hablar de una primera etapa en la que el artista busca lo exótico, lo aristocrático, lo sensual y produce una literatura de los sentidos; y una segunda etapa de mayor intimismo y melancolía en la que incluso se da cabida a problemas existenciales. Por tanto, podemos hablar de temas diversos: 


a) La actitud neorromántica de descontento con el mundo, reflejada en las sensaciones de soledad, melancolía, incomprensión, y el gusto por lo nocturno, misterioso y ruinoso. B) La evasión o escapismo en el tiempo y en el espacio. Sobre todo existe un culto desmedido hacia lo aristocrático y un gusto por la recuperación de las civilizaciones de Grecia y Roma, o los países orientales y exóticos. C) El cosmopolitismo, como resultado de sentirse ciudadanos del mundo y de la necesidad de abrir el pensamiento hacia otros lugares. D) Los temas amorosos y eróticos tienen tratamientos diversos. Por un lado, se recuperan la actitud ROMántica del amor imposible y la idealización de la mujer; por otro, hallaremos el tema tratado desde una perspectiva más sensual y erótica.  e) Cuando se abandona el afrancesamiento, surgen los temas de la tradición hispánica y americana, pero rescatados gracias a la tendencia escapista hacia el pasado: así, encontramos poemas de exaltación de episodios heroicos precolombinos o de la España imperial. III. RENOVACIÓN FORMAL. La carácterística fundamental que define los textos modernistas es la preocupación por la forma. Los poetas modernistas explotan todas las posibilidades que el lenguaje les ofrece para conseguir la ansiada belleza. El Modernismo es, como el Parnasianismo, una corriente esteticista, de búsqueda de la belleza y la perfección formal. Ello se manifiesta en un despliegue total de los recursos expresivos del lenguaje y en la búsqueda de efectos musicales y sonoros. El lenguaje poético se caracteriza por lo siguiente: – El abundante empleo de figuras retóricas que tienen el símbolo como base: figuras, comparaciones, metáforas, personificaciones, sinestesias… – Cromatismo: abundancia de adjetivos y calificaciones “coloristas”, que buscan efectos plásticos y visuales. – La recurrencia de los efectos sonoros del lenguaje, no sólo de los que proceden de la métrica, sino también de las aliteraciones y de la búsqueda de la sonoridad de las palabras. La musicalidad del verso es el principal instrumento, una musicalidad que se acomoda a los temas tratados. Los ritmos muy marcados se reservan para los grandes asuntos y las melodías suaves acompañan a las emociones delicadas. – El poeta modernista se sirve de un léxico muy rico y escogido para crear esa sonoridad. Se utiliza, por tanto, un léxico lleno de cultismos, neologismos, arcaísmos, en fin, de palabras que alejan mucho al lenguaje poético del lenguaje cotidiano. – El sentido musical viene dado especialmente por la habilidad en el uso de la métrica. Las innovaciones métricas modernistas se apoyan en la experimentación con nuevos ritmos y metros. Se rescata el verso alejandrino por influencia francesa y otros casi inéditos en la poesía española, como el dodecasílabo o el eneasílabo. Lo más llamativo en la poesía modernista será la novedad de las disposiciones acentuales en los versos. Se consiguen ritmos nuevos con la abundancia de palabras esdrújulas y agudas en posición de rima. La obsesión por el ritmo llena también la poesía de figuras basadas en la repetición: anáforas, paralelismos, rimas internas… En cuanto a las estrofas, se busca la variedad, modificando las estructuras tradicionales o introduciendo estrofas innovadoras. IV. EL Modernismo: AUTORES. Dejando al margen el desarrollo del Modernismo en Hispanoamérica, donde tuvo mayor implantación y duración, aquí en España puede considerarse un precursor el malagueño Salvador Rueda. Las figuras de la poesía modernista en España son Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, dos poetas que después evolucionarían hacia líneas distintas y alejadas de este movimiento. Otros representantes destacados son Manuel Machado, Eduardo Marquina y Francisco Villaespesa. RUBÉN DARÍO: Fue el creador e impulsor del Modernismo. Su primer libro fue Azul (1888), mezcla de verso y prosa. Con Prosas profanas (1896) creó el modelo de poesía que imitarían sus seguidores. Esta línea sigue presente en Cantos de vida y esperanza (1905) y El canto errante (1907), aunque en estos libros hay algunas composiciones que se separan de la tendencia frívolá y decorativa del movimiento, ironizando incluso sobre ella para ahondar en problemas humanos universales: poemas políticos, poemas con preocupaciones existenciales y poemas irónicos sobre la propia poesía modernista. Antonio Machado: Nacíó en Sevilla en 1875 en el seno de una familia culta y liberal. Estudia en Madrid, en la Institución Libre de Enseñanza, cuyo espíritu laico, progresista y tolerante marcó para siempre su carácter. En 1899 viaja a París; a su regreso, comienza a escribir en publicaciones de claro carácter modernista. En 1907 marcha a Soria como catedrático de francés y conoce a la joven Leonor Izquierdo, con quien se casa. En 1912 muere su esposa. La desolación del poeta es enorme. Intenta huir del recuerdo pidiendo destino en Segovia y en Baeza. En 1927 es elegido miembro de la Real Academia Española y en 1928 conoce a Pilar Valderrama, la Guiomar de sus poemas. En Madrid le sorprende la guerra y toma decidido partido por la causa republicana. Ante el avance de los nacionales y gravemente enfermo, marcha al exilio a finales de Enero de 1939 y poco después muere en Colliure (Francia). Los grandes temas de Antonio Machado son la intimidad, los recuerdos, el paisaje castellano, la preocupación por España, los desasosiegos por el paso del tiempo, etc. 


Juan RAMÓN JIMÉNEZ: Nacíó en Moguer (Huelva). Es un ejemplo de total dedicación a la literatura desde sus primeros escritos, que fueron muy tempranos y vinculados al Modernismo. En 1900 se trasladó a Madrid, donde conocíó a Rubén Darío y publicó sus primeros versos. Desde entonces hasta 1936 estuvo fuertemente vinculado a la Residencia de Estudiantes, donde conocíó a la mayoría de los poetas del 27, quienes en un principio vieron en él a un maestro. En 1956 recibíó el Premio Nobel de literatura. El poeta fallecíó dos años después en Puerto Rico. La dedicación exclusiva y apasionada de Juan Ramón a la poesía le convierte en un ejemplo de poeta encerrado en la “torre de marfil”, despegado de la vida pública y perfeccionista hasta extremos enfermizos. Corrige sin cesar sus poemas y revisa y transforma continuamente sus libros. La poesía de Juan Ramón es básicamente metapoética: uno de los temas más recurrentes es la propia creación poética, considerada como el modo de acceder a la belleza (“Sed de belleza”), al conocimiento del mundo (“Sed de Conocimiento”) y a la eternidad (“Sed de Eternidad”) (sus poemas expresan una preocupación angustiosa por lo fugaz, lo efímero y lo inestable). La trayectoria poética de Juan Ramón Jiménez está marcada por su total dedicación a la Poesía y a la búsqueda incesante de la Belleza. Su poesía fue variando desde su inicial vinculación con el Modernismo hasta la creación final de una obra muy personal y diferente. En ese camino, siguió un proceso de depuración que le sirvió para liquidar los restos modernistas e introducir una nueva concepción de la poesía, regida por la inteligencia y dirigida “a la minoría, siempre”. En esta trayectoria literaria podemos distinguir tres etapas: – La primera etapa, calificada por él mismo como etapa sensitiva, está inspirada por el Modernismo: metros breves, musicalidad, ambientación, jardines crepusculares, etc. Se dan cita en Arias tristes (1903), Jardines lejanos (1904) y Baldas de primavera (1907). Por entonces compone también su famoso libro de prosa poética Platero y yo (1914). – Los años posteriores le conducen a su etapa intelectual, representada por Diario de un poeta recién casado (1916). Desaparece el léxico modernista y aparece la tendencia de la “poesía pura”, reducida a lo esencial, sin artificios de ningún tipo, ni estilísticos ni métricos. Incorpora además motivos ajenos al poeta, como el mar, los hombres y las calles de Nueva York. El lenguaje se adentra para nombrar la esencia de las cosas. En Eternidades y en Belleza sigue perfeccionando este nuevo estilo. – La tercera etapa o etapa suficiente o verdadera es la desarrollada en el exilio. Su autoexigencia se acentúa, dando lugar a una poesía abstracta, difícil y hermética. Los libros de esta etapa son La estación total (1946) y Dios deseado y deseante (1949), además del extenso poema Espacio (1954), basado en la asociación libre de sensaciones y recuerdos. 


TEMA 3. EL TEATRO ESAÑOL EN EL PRIMER TERCIO DEL Siglo XX

I. PANORAMA GENERAL. A principios de siglo en España se perciben más que nunca los condicionamientos económicos y sociales de la representación teatral, dependiente de la empresa privada. Ello significa que la mayoría de los autores han de crear sus obras pensando siempre en los gustos del público burgués, el público que acudía preferentemente a las salas y que se resiste a los cambios. A este público burgués no le interesaban los problemas sociales o ideológicos y sin espectadores no había dinero para montar obras. De ahí que los empresarios buscaran el sostenimiento del espectáculo teatral haciendo concesiones a lo que el público pedía. Los autores que no cumplieran sus requisitos quedaban marginados de cara a la representación. Es decir, quienes pretendían experimentar o innovar tenían que contar con el posible fracaso de taquilla o en escribir casi exclusivamente para lectores. La consecuencia es la pobreza del teatro español, entendido como espectáculo, durante este período. Es un teatro inmovilista, que da la espalda a los movimientos renovadores del teatro europeo y mundial. La mayor parte de la creación que servía para alimentar este teatro presenta grandes limitaciones y ha envejecido rápidamente. Algunos autores menos conformistas trataron de romper esta tendencia, rebelándose contra el teatro comercial. Pero sus logros se localizan más en lo literario que en lo escénico. En este panorama, se distinguen dos grandes tendencias dramáticas a principios de siglo: – El teatro continuador de las formas decimonónicas. – Los intentos de renovación. A) Continuación de las formas decimonónicas. Este es el teatro que triunfa, puesto que ha conseguido entre la burguésía un público fijo, al que los autores saben qué tienen que ofrecer. Entre sus distintas modalidades están las siguientes: – La “alta comedia” o “comedia de salón”, que inició José de Echegaray. Consiste en un retrato de las clases altas con sus convencionalismos, hipocresías y enredos amorosos que se solucionan felizmente. La mínima crítica social que aparece en estas piezas teatrales es blanda y amable, y no supera los límites de lo “tolerable”. Este género no desaparecerá, ya que en plena posguerra tendrá continuadores. – El teatro en verso, que supone la continuación de los dramas ROMánticos con las innovaciones métricas y estilísticas modernistas. Los temas son siempre históricos, exaltan los valores del pasado glorioso y nobiliario. Es un teatro de evasión que tiene mucho éxito de público. Lo cultivan Francisco Villaespesa y Eduardo Marquina, adscritos al Modernismo, con títulos como Las hijas del Cid, La leona de Castilla o En Flandes se ha puesto el sol (1910). También los hermanos Machado cultivaron el teatro en verso con Juan de Mañara y La Lola se va a los puertos (1929). Incluso Valle- Inclán y Lorca incorporan el verso a sus creaciones dramáticas, pero con otra intenb) Intentos de renovación Además de las innovaciones de Valle-Inclán, Lorca y Benavente, existen otros intentos de buscar nuevos caminos para la escena. Son los siguientes: 1- Autores del 98, como Unamuno y Azorín, intentaron experiencias dramáticas más novedosas, pero muy alejadas del gusto del público: el teatro de Unamuno (Fedra, El otro) es un cauce para presentar los conflictos que aparecen en toda su obra: la personalidad, la trascendencia, Dios… Son dramas ideológicos y densos. Azorín cultiva una especie de “drama simbólico” (Angelita, Lo invisible) en el que desarrolla los temas del tiempo y la muerte. Otra figura interesante del 98 es Jacinto Grau, que llegó a triunfar en París con dramas que reinterpretan mitos literarios: Pigmalión, Don Juan. 2- Ramón Gómez de la Serna va mucho más lejos en las innovaciones. Empapado de las vanguardias, escribe piezas que rompen con la convencionalidad de la representación. Destaca el drama Los medios seres, cuyos personajes simbolizan la personalidad incompleta del ser humano. 3- Al margen de Lorca, los autores del 27 destacan por el intento de revitalizar el “teatro poético”, es decir, de llenar de lirismo el lenguaje dramático. Los autores del 27 intentaron crear un nuevo público mediante el acercamiento del teatro al pueblo. Compañías teatrales como La Barraca, de Lorca y las Misiones Pedagógicas republicanas pretendieron, con sus giras, una educación teatral del público distinta de la dominante. Los autores más importantes son Alejandro Casona y Max Aub. La mayoría de estos autores cultivarán en la guerra y la posguerra un teatro de signo político y simbólico: El dictador (Salinas), Noche de guerra en el museo del Prado (Alberti), Morir por cerrar los ojos (Max Aub). Por otra parte, también dan entrada a las vanguardias en el teatro. Por ejemplo, Alberti, en El hombre deshabitado, incorpora elementos del Surrealismo. Ción y en otros contextos. – El teatro cómico es muy popular. Se canaliza a través de los sainetes de Carlos Arniches y los hermanos Álvarez Quintero. El sainete presenta escenas costumbristas cuya comicidad procede de los tipos humanos y ambientes retratados: la Andalucía tópica, folklórica, y el Madrid castizo con sus chulos, boticarios, serenos, verbenas, y otros ingredientes de lo que Antonio Machado llamó “la España de charanga y pandereta”. En el teatro cómico también destaca la creación del “astracán” por parte de Pedro Muñoz Seca: un género paródico de los dramas ROMánticos cuyo título de más fama es La venganza de don Mendo.  II. AUTORES. No hay que olvidar que muchos autores mencionados, innovadores o no, siguen componiendo obras y estrenando en los años 40 y 50. Antes del 36 tres autores destacan por hacer llegar al público sus nuevas propuestas: Jacinto Benavente, Ramón María del ValleInclán y Federico García Lorca 


JACINTO BENAVENTE (1866-1954) es la figura más representativa de las posibilidades y limitaciones del momento. Tuvo un comienzo atrevido en 1894 con El nido ajeno, un drama muy crítico sobre la situación de la mujer casada en la sociedad burguesa. El público más culto lo acoge favorablemente por el lenguaje de los personajes, radicalmente opuesto a la retórica y grandilocuencia de Echegaray. Sin embargo, la obra duró muy poco en cartel, y Benavente se vio ante el dilema de plegarse a los gustos del público o verse rechazado. La comida de las fieras (1898) constituye su primer gran éxito. Desde entonces, Benavente se limitó a garantizarse la aceptación de los espectadores y repitió sus fórmulas teatrales sin descanso. De ahí que su tono crítico empiece a ser más blando en las obras siguientes: La noche del sábado (1903), Rosas de otoño (1905) y otras que se mantienen en la línea de la “comedia de salón”. En general, sus tramas presentan problemas poco conflictivos: Benavente ponía en escena leves defectos de las relaciones personales o sociales, con un diálogo elegante, natural e ingenioso. Sin embargo, otras obras son menos etiquetables: Los intereses creados (1907) es una farsa que encierra una visión muy cínica de los personajes burgueses, a los que retrata mediante el ambiente y personajes de la Commedia dell´arte italiana. También intentó el drama rural con La Malquerida en 1913, que presenta una pasión incestuosa. En la segunda década del siglo, la fama de Benavente está consolidada. En 1902 recibe el premio Nobel de Literatura, pero por entonces la crítica más joven le es hostil, al acusarle de conservador. El éxito de público le acompañará incluso en la posguerra, y dará lugar a que autores más jóvenes retomen sus planteamientos. VALLE-INCLÁN (1866-1936) ha sido siempre adscrito por la crítica literaria a la Generación del 98, sin embargo ocupa en la literatura del Siglo XX una posición bastante singular. Con una coherencia nunca vista entre vida y obra, fue siempre un antiburgués, inconformista y lleno de pasión por la literatura. Del “aristocratismo” modernista juvenil pasó a posiciones progresistas y revolucionarias, lo que le costó un feroz enfrentamiento con la dictadura de Primo de Rivera. El abismo entre el teatro que triunfaba y la producción dramática de Valle-Inclán es muy profundo. A pesar de que sus obras permanecieron fuera de los escenarios de su tiempo, relegadas a ser teatro para leer, hoy se le considera como un autor que supo ver más allá de su tiempo por los siguientes motivos: la originalidad audaz de sus obras, sus planteamientos radicales y sin concesiones, la riqueza y expresividad de su lenguaje y lo distinto de sus temas y de su estética. Aunque Valle ha sido adscrito a la Generación del 98, su evolución ideológica y estética es mucho radical en lo que respecta a la crítica de la sociedad, de la cultura y de la política. Su trayectoria teatral evoluciona desde un inicial Modernismo decadente a la creación de un género personal: el esperpento. En esta trayectoria podemos distinguir las siguientes etapas: – La producción dramática de Valle se inicia, además de con sus primeros tanteos modernistas, con el ciclo de las Comedias bárbaras (Ágüila de blasón, Romance de lobos y Cara de plata), compuestas entre 1907 y 1922. Aquí plantea ya el concepto de “teatro social”. Estas obras tienen como protagonista al pueblo, y se desenvuelven en el ambiente rural gallego. En él se mueven personajes extraños, violentos, tarados, con grandes pasiones. Preside la obra la figura del cacique tirano, que simboliza a la aristocracia en descomposición. En su momento estas obras se consideraron irrepresentables. – Entre 1909 y 1920 escribe una serie de farsas y dramas (La cabeza del dragón, Cuento de Abril, Voces de gesta, La Marquesa Rosalinda). En estas piezas ya se observa una mezcla entre el tono modernista, el heroísmo ROMántico y un lenguaje bronco, desgarrado y ácido que anticipa los esperpentos. – El esperpento. La fecha capital en la obra de Valle es 1920. Ese mismo año publica obras dramáticas decisivas: Farsa italiana de la enamorada del rey, Farsa y licencia de la Reina Castiza, Divinas palabras y Luces de bohemia. La primera mezcla la fábula sentimental y la caricatura punzante, con personajes que parecen marionetas grotescas; la segunda es una deformación despiadada de la corte de Isabel II; Divinas palabras recuerda el mundo sórdido de las Comedias Bárbaras; y Luces de bohemia es la primera que recibe el nombre de “esperpento”. En 1920 Valle encuentra la fórmula en la que cuajan las líneas anteriores; es el esperpento, basado en la deformación de personajes y valores con la que denuncia la sociedad española contemporánea. El esperpento es una deformación de una realidad ya deformada que nos revela el verdadero rostro de la sociedad española. Los personajes son seres grotescos en un mundo grotesco, semejantes a marionetas ridículas y de pesadilla. Los rasgos formales del esperpento son: .- Uso de contrastes: lo doloroso/lo grotesco, lo cómico/ lo trágico. .- Riqueza del lenguaje, cuidadosamente elaborado y muy personal, en el que hay una estilización de registros diferentes (hablas populares, regionales…) .- Las acotaciones tienen un gran valor en sí mismas y adquieren valor literario por su calidad descriptiva. .- Numerosos personajes y cambios constantes de espacio y tiempo entre las escenas. Luces de Bohemia es la obra maestra del teatro valleinclanesco. Basada en la vida del escritor bohemio Alejandro Sawa, cuenta la última noche el poeta Max Estrella. Este, acompañado de su lazarillo Don Latino de Hispalis, recorre diversos lugares de Madrid (librerías, cafés, tabernas, calles, despachos de Ministerios…) y en todos encuentra motivos para la desolación. La obra se estructura en 15 escenas por las que discurren más de 50 personajes que representan a grupos sociales diversos y que se cruzan en la peregrinación nocturna de los dos protagonistas. Se combinan escenas trágicas con escenas grotescas unidas por un mismo motivo: la desolación que conduce a la muerte como única alternativa. 


En Luces de Bohemia se hace una crítica de la España del momento por medio de los espejos deformantes que aplica Valle a la realidad y en los que quedan reflejados asuntos como la corrupción política, el conformismo burgués, la miseria y la ignorancia del pueblo, la represión ideológica y policial, y la pobreza artística de algunos autores y movimientos literarios de la época. A partir de 1921 escribe tres esperpentos más: Los cuernos de don Friolera (1921), Las galas del difunto (1926) y La hija del capitán (1927), recogidos bajo el título común Martes de carnaval. En ellos se mueven figuras marginales o fantoches grotescos, que revelan una visión ácida y disconforme con la realidad. El autor se complace en degradar ambientes y personajes, en agredir a la realidad con una carcajada que no perdona a personas, instituciones o mitos, pero que oculta un desengaño muy profundo. Federico GARCÍA Lorca (1898-1936). Tiene una producción teatral que asombra por su unidad temática. Los críticos la han resumido con fórmulas como “el mito del deseo imposible”, “el conflicto entre la realidad y el deseo” o “el enfrentamiento entre el individuo y la autoridad”, fórmulas que servirían para resumir todo el conjunto de su obra literaria, ya que el elemento central del universo lorquiano es la frustración. El individuo tiene como armas el deseo, el amor y la libertad, pero es derrotado por la autoridad, es decir, por el orden, el sometimiento a la tradición y a las convenciones sociales y colectivas. En sus obras predominan las protagonistas femeninas, sobre las que se cierne, en mayor medida que sobre los hombres, la amenaza de la frustración. Lorca lleva a escena destinos trágicos, pasiones condenadas a la soledad o a la muerte, amores marcados por la esterilidad. Se trata de la tragedia de toda persona condenada a la vida estéril, incompleta, a la frustración vital. Y lo que frustra a los personajes de Lorca se sitúa en un doble plano: el metafísico (las fuerzas enemigas son aquí la muerte y el tiempo) y el plano social (las convenciones, los prejuicios). Con frecuencia ambos planos se entrecruzan. Son muy diversos, sin embargo, los cauces formales por los que lleva a las tablas este universo temático, ya que se nutríó de muy diversas tradiciones: el drama rural, los clásicos (a los que difundíó al frente del Teatro Universitario La Barraca durante la República), el teatro de títeres, el teatro de vanguardia… De ahí la variedad de géneros que cultivó. En cuanto a su trayectoria teatral, la evolución del teatro de Lorca tiene tres momentos de extensión desigual: los tanteos o experiencias de los años 20, el Vanguardismo de los años 30 y la etapa de plenitud de los últimos años de su vida. 1ª etapa: En 1920 Lorca estrena El maleficio de la mariposa, una obra simbolista presentada como fábula, en la que una cucaracha se enamora de una bella mariposa. Estamos ya de lleno en el drama medular de la creación lorquiana: la pasión imposible y frustrada. La obra fue un fracaso que aguantó tres días en cartel. Compone luego varias piezas breves inspiradas en el guiñol, entre las que destaca Títeres de cachiporra (1923); y su primer éxito llega con una obra muy diferente: Mariana Pineda, estrenada en 1927 con decorados de Dalí. Es un drama en verso al modo ROMántico sobre la heroína que murió ajusticiada en Granada por haber bordado una bandera liberal. Lorca la plantea como un drama de amor trágico, pero la obra tiene para el público una significación política en plena dictadura de Primo de Rivera. El tema del amor insatisfecho sigue en una “farsa violenta”: La zapatera prodigiosa, donde mezcla prosa y verso y da entrada a lo popular. Nuevos casos de “amor desigual” se ven en Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín y El retablillo de don Cristóbal. 2ª etapa: Tras su estancia en Nueva York, tanto la obra poética como el teatro de Lorca dan un giro radical. Fruto de esta crisis son las dos obras que él llamó “misterios” o “comedias imposibles”, escritas bajo el influjo surrealista. En ellas desata Lorca su imaginación y el lenguaje. La primera es El público (1929), desconocida hasta hace poco, una especie de “auto sacramental” sin Dios, cuyos personajes representan las obsesiones del autor: la conciencia de ser diferente, la represión, la reivindicación de que cualquier tipo de amor es lícito…Todo ello expresado en clave simbólica. La segunda, Así que pasen cinco años (1931), presenta a un joven partido entre dos amores, animado por un ansia de paternidad imposible. Desarrolla en parte los sueños del protagonista e ilustra el tema de la frustración íntima. 3ª etapa: La etapa de plenitud comprende dos tragedias, dos dramas y una comedia inacabada, aparte de otros proyectos que ya nunca realizaría. En casi todas estas obras la mujer tiene un puesto central, representando su situación social otra vez al ser marginada y perseguida. Todas se presentan en ambientes andaluces cuya moral asfixiante precipita el destino trágico de las protagonistas  (Bodas de sangre, Yerma , La casa de Bernarda Alba )

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