El Novecentismo y las vanguardias
1. Introducción
Después del desastre de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las generaciones de jóvenes europeos defendieron la creación de un mundo nuevo, de un nuevo orden internacional y de nuevas expresiones artísticas. En España, ese afán por la modernización y la rebeldía se reflejó en dos movimientos literarios fundamentales: el novecentismo y las vanguardias.
2. El Novecentismo
Entre 1914 y el comienzo de la Guerra Civil alcanza su esplendor un grupo de intelectuales (no solo escritores) agrupados bajo la denominación de Novecentismo o Generación del 14, porque en ese año sucedieron hechos decisivos en su formación (entre otros, la Primera Guerra Mundial).
Son intelectuales liberales que pretenden la modernización de la sociedad y el acercamiento a Europa: José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala o Eugenio d’Ors. Fue este último quien acuñó, en catalán, el término noucentisme para designar su nueva estética reivindicativa del nuevo siglo y su rechazo de la del siglo XIX, tanto del Romanticismo como del Realismo.
Características del movimiento
- Intelectualismo, rechazo del sentimentalismo.
- Europeísmo, rechazo del casticismo; reflexión serena, alejada del dramatismo noventayochista, sobre la necesidad de modernizar España.
- Presencia en la vida cultural y política, basada en la convicción de que las minorías mejor preparadas deben orientar la marcha de la sociedad.
- Ideal universalista, cosmopolita, y preferencia por la cultura urbana.
- Esteticismo, distanciamiento entre el arte y la vida. Se defiende el arte puro.
- Preocupación formal: interés por la «obra bien hecha».
Con estos presupuestos, practican una literatura orientada a la serenidad clásica, con un lenguaje depurado y selectivo y un público minoritario. Se inclinan preferentemente por la prosa poética, la poesía y el ensayo.
Ensayo
En este último género destaca Ortega y Gasset, filósofo, autor de La deshumanización del arte (1925), donde expone las teorías estéticas que servirán de base a las vanguardias, y de España invertebrada (1921) y La rebelión de las masas (1930). Otros ensayistas destacados son Eugenio d’Ors, Manuel Azaña y Gregorio Marañón.
Novela
En el terreno de la novela, los novecentistas llevan a cabo una renovación basada en la fusión de lo narrativo y lo ensayístico, la originalidad en el tratamiento de las estructuras y el lenguaje y la preferencia por la vida urbana y moderna. Destacan la novela intelectual de Ramón Pérez de Ayala (Belarmino y Apolonio, 1921, que practica el perspectivismo) y la novela lírica, con una prosa artística llena de sugerencias y sensaciones, de Gabriel Miró (Nuestro padre San Daniel, 1921).
Poesía
En poesía, los posmodernistas inician el camino hacia una poesía pura, desprovista de anécdota y de sentimentalismo y centrada en la perfección formal. Además de León Felipe, la gran figura es Juan Ramón Jiménez (1881-1958), quien plantea su poesía como una búsqueda de belleza y de eternidad. Él mismo distingue en su obra tres grandes etapas:
- Etapa sensitiva (hasta 1915): pasa del postromanticismo becqueriano, intimista y simbolista (Arias tristes, 1903) a un modernismo más sensorial (La soledad sonora, 1911). Los temas son la naturaleza, la soledad, la muerte, siempre con un tono de melancolía.
- Etapa intelectual (1916-1936): su poesía reduce la adjetivación y las alusiones sensoriales, para volverse más breve y conceptual, en un intento de encontrar la esencia, el dios primordial que está en todo. Se abre con Diario de un poeta recién casado (1916) y se cierra con La estación total.
- Etapa suficiente (1936-1958): canta en tono gozoso la identificación de la palabra poética con la divinidad que, al modo panteísta, se encuentra en todo lo creado. Destaca Dios deseado y deseante (1948-1949).
Ramón Gómez de la Serna
Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) es el eslabón entre el novecentismo y los movimientos de vanguardia; introduce en España, con su traducción en 1909 del Manifiesto futurista de Marinetti, las ideas futuristas. Además de escribir peculiares novelas, ensayos y obras teatrales, destaca por sus «greguerías», piezas breves que él mismo definió como una mezcla de humor y metáfora. En ellas muestra perspectivas inéditas de la realidad, buscando la sorpresa y acercándose al absurdo.
3. Las vanguardias
Hay muchos rasgos comunes entre las vanguardias y el novecentismo. Ambos forman parte de un gran movimiento artístico de entreguerras que tiene como finalidad la reacción contra la literatura anterior. Se diferencian, cuantitativamente, en que la reacción de las vanguardias es más radical y más violenta.
El nombre «Vanguardias» fue acuñado durante la Primera Guerra Mundial (1914-1919) para designar las inquietudes artísticas de la «avanzadilla» cultural europea. La mayor parte de los vanguardismos alcanzaron su auge en el período comprendido entre las dos guerras mundiales, fundamentalmente a partir de 1914 y en las décadas de los años veinte y treinta. Fue uno de los momentos de mayor unidad entre los artistas europeos. No fue un movimiento uniforme, sino formado por un gran número de movimientos con sus peculiaridades e intenciones. El propósito común que anima a todos los movimientos vanguardistas es el de renovar radicalmente el arte y la literatura anterior, abriendo nuevos caminos y creando nuevas formas estéticas.
Características generales
- Carácter de ruptura y revolución artística contra el arte del pasado, en especial contra el realismo.
- Pretensión de originalidad y novedad absolutas; rechazo de normas y tradiciones.
- Búsqueda y experimentación constante de nuevas técnicas expresivas, a menudo por la vía de la excentricidad o la provocación.
- Alejamiento del gran público.
- Escasa duración: los distintos movimientos se suceden unos a otros en intervalos de pocos años.
- Conciencia de grupo, expresada a través de los respectivos manifiestos con los que se dan a conocer.
Los vanguardismos (o «ismos», por el sufijo comúnmente adoptado por todos ellos) más importantes fueron: futurismo, cubismo, expresionismo, dadaísmo y surrealismo (a los que hay que añadir, en el ámbito de la literatura española, el creacionismo y el ultraísmo).
Las vanguardias europeas del periodo de entreguerras llegaron a España con su afán de romper con las tradiciones. Tras una primera fase optimista y marcada por la deshumanización del arte, en la que triunfan el creacionismo y el ultraísmo (1918-1925), que son los vanguardismos de origen hispánico, se pasa por una rehumanización (vuelta a la expresión de contenidos humanos, en este caso oníricos y del subconsciente) marcada por el surrealismo (1925-1930). Después, las urgencias políticas de los años treinta harán que las vanguardias en España se vayan diluyendo.
Creacionismo
El creacionismo fue iniciado en París por el poeta chileno Vicente Huidobro, quien lo dio a conocer en España en 1918. El creacionismo no se propone reflejar ni imitar la realidad, sino crear realidades nuevas e independientes: «Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol» (Huidobro); «Crear lo que nunca veremos» (Gerardo Diego). El poema, por lo tanto, debe crear algo propio y autónomo que se explique y se comprenda por sí mismo, no por su relación o parecido con el mundo exterior. Del creacionismo, que influyó en poetas como Juan Larrea y Gerardo Diego, ha perdurado sobre todo el afán de creación de imágenes y metáforas.
Ultraísmo
El primer manifiesto ultraísta, que recoge abundantes elementos futuristas, cubistas y creacionistas, se publicó en 1919. En el propio nombre del movimiento (ultra) se sugiere su pretensión de ir más allá de la estética dominante. Del futurismo toma los temas y motivos de la vida moderna (las máquinas, los grandes inventos, los deportes, etc.); del creacionismo, la búsqueda de imágenes y metáforas nuevas; del cubismo, el interés por la disposición tipográfica y visual del poema. Otras propuestas del ultraísmo son la supresión de la anécdota y el sentimentalismo en la poesía (en coincidencia con la «deshumanización del arte» propugnada por Ortega y Gasset) y la tendencia al juego y a la evasión. Su principal impulsor y figura fue Guillermo de Torre, autor del libro Hélices (1923).
Aunque de muy corta duración, el ultraísmo ejerció influencia en los poetas de la Generación del 27.
Surrealismo
Más tarde se introdujo el surrealismo, con su idea de hacer aflorar, mediante imágenes irracionales, el mundo del subconsciente. El surrealismo en España fue menos radical que el francés y supuso una reacción frente a la poesía pura de Juan Ramón Jiménez. Influyó notablemente en poetas de la Generación del 27 como Federico García Lorca (Poeta en Nueva York), Rafael Alberti (Sobre los ángeles), Luis Cernuda (Donde habite el olvido) y, sobre todo, Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor).
