El siglo XVIII en España: Ilustración, Neoclasicismo y el teatro de Moratín en La Petimetra

El siglo XVIII en España se define por una profunda transformación estructural tras la crisis de la dinastía de los Austrias. La muerte sin descendencia de Carlos II en 1700 desencadenó la Guerra de Sucesión (1701-1714), conflicto civil e internacional que enfrentó a los partidarios de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y apoyado por Francia, con los del archiduque Carlos de Austria. El triunfo borbónico, consolidado tras el Tratado de Utrecht y la caída de Barcelona en 1714, no solo supuso un cambio dinástico, sino la instauración de un nuevo modelo de Estado inspirado en la monarquía francesa.

La reforma del Estado borbónico

La prioridad inicial de Felipe V fue la política exterior, especialmente la recuperación de los territorios italianos perdidos en Utrecht. No obstante, el cambio más decisivo fue interno. Mediante los Decretos de Nueva Planta (1707-1716), se suprimieron los fueros e instituciones de la Corona de Aragón por su apoyo al bando austracista, instaurando un régimen de uniformidad jurídica y centralización política, aunque Navarra y el País Vasco conservaron sus fueros. Paralelamente, se reformó la administración central con la creación de las Secretarías de Despacho en 1714 y se reorganizó la administración territorial mediante capitanías generales y provincias.

El reformismo se intensificó con Fernando VI y alcanzó su plenitud con Carlos III (1759-1788), paradigma del Despotismo Ilustrado. Su reinado aplicó medidas modernizadoras: liberalización del comercio de granos, creación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, expulsión de los jesuitas y libertad de comercio con América. Se fundó el Banco de San Carlos y se impulsaron las Sociedades Económicas de Amigos del País, núcleos de difusión de las ideas ilustradas.

La nueva dinastía impulsó también la educación y la ciencia con la fundación de grandes academias como la Real Academia Española (1713) y la Real Academia de la Historia (1738).

La Ilustración española y sus figuras

Culturalmente, la Ilustración penetró en España de forma gradual y selectiva, lastrada por la escolástica universitaria y el control inquisitorial. La figura clave de esta primera Ilustración fue Benito Jerónimo Feijóo (1676-1764) que, con su Teatro crítico universal, fue clave para difundir el pensamiento empírico y crítico en España. Feijóo se propuso “desengañar” al público de errores comunes, combatiendo supersticiones y prejuicios, y para ello empleó un lenguaje sencillo y accesible dirigido a un público amplio.

El Neoclasicismo se consolidó como movimiento estético dominante a partir de los años treinta, pero no triunfó hasta los sesenta. Ignacio de Luzán, con su Poética (1737), sistematizó las normas del “buen gusto” frente a los excesos del Barroco, en un esfuerzo por dotar a España de una perspectiva literaria comparable a la francesa. La tercera figura central es José Cadalso (1741-1782), cuya obra abarca la sátira, el ensayo y la literatura epistolar. En Los Eruditos a la violeta (1772) protesta contra la erudición superficial y el afán de aparentar sabiduría sin fundamento real.

Las tertulias y la sociabilidad ilustrada

Este impulso ilustrado encontró su cauce de sociabilidad en las tertulias, reuniones periódicas de intelectuales donde se discutían las nuevas ideas y se gestionaban las reformas literarias. Entre las más célebres destacaban la Fonda de San Sebastián (Madrid) y la tertulia de Pablo de Olavide (Sevilla).

Arte y pintura en la Ilustración

En el terreno artístico destacan obras emblemáticas como la Puerta de Alcalá de Sabatini y la Fuente de Cibeles de Ventura Rodríguez. En pintura, Mengs encarnó el ideal neoclásico, mientras que Goya, en su etapa final, evoluciona desde el retrato cortesano hacia una pintura profundamente personal y crítica.

El teatro neoclásico: principios y reglas

El teatro fue el género más valorado por los ilustrados, porque lo consideraban una “escuela de costumbres” capaz de educar moralmente al público. Se construyó sobre unos presupuestos racionalistas que exigían someter a la literatura a normas precisas, en oposición al teatro barroco de Lope y Calderón, acusado de inverosímil, inmoral y de romper las reglas aristotélicas.

  • Didactismo: los neoclásicos exigían que la enseñanza ocupase el primer plano de la obra literaria, de modo que el teatro inspirara amor a la virtud y castigo al vicio.
  • Verosimilitud: entendida como imitación de la realidad según las opiniones comunes; todo lo representado debía ser creíble y conforme a la naturaleza.
  • Decoro: los personajes debían actuar y hablar conforme a su condición social, edad y sexo, separando lo trágico y lo cómico.
  • Tres unidades (acción, lugar y tiempo): impedían las tramas secundarias, los cambios de escenario y las acciones que se prolongasen más allá de un día.

Todo ello debía expresarse con claridad, sobriedad y naturalidad, rechazando la oscuridad estilística del Barroco.

Esta imposición no fue sencilla, pues el público seguía prefiriendo el teatro barroco pero, en 1765, los autos sacramentales fueron prohibidos, síntoma de la resistencia a la nueva estética.

Nicolás Fernández de Moratín y La Petimetra

En este contexto se sitúa Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780), uno de los principales impulsores de esta reforma. Su comedia La Petimetra (1762) fue su primera obra teatral y fue concebida explícitamente como un “teatro de tesis”: un ejercicio práctico para demostrar que era posible escribir una comedia siguiendo los preceptos neoclásicos. En la disertación, Moratín declara que su intento no es el de enseñar, sino el de dar ejemplo, e incluso estaba dispuesto a que le corrigieran (práctica habitual en el teatro llamada refundición). La obra, sin embargo, no se representó nunca: los tradicionalistas impidieron su montaje, y el propio Moratín, a modo de queja, publicó sus Desengaños al teatro español (1762-1763) para criticar la resistencia del público y de los actores.

Argumento de La Petimetra

El argumento de La Petimetra gira en torno a Doña Jerónima, una “petimetra” (mujer obsesionada por la moda y la apariencia) que vive con su tío Don Rodrigo, y a quien pretenden dos galanes: Damián, un interesado que busca la dote que cree que Jerónima posee, y Félix, un noble honesto que se enamora de ella. Sin embargo, la verdadera virtud y la dote pertenecen a María, la prima de Jerónima, personaje prudente y sensato. La trama incluye enredos propios de la comedia y el desenlace es aleccionador: Félix y María, los personajes virtuosos, se comprometen, mientras que Damián y Jerónima (el interés y la vanidad) quedan humillados. Se cumple así el principio neoclásico de que el vicio debe ser ridiculizado y la virtud premiada. La obra ataca un tipo social concreto, la petimetra, y un comportamiento, el del cazafortunas que pretende ascender socialmente mediante un matrimonio ventajoso, defendiendo en cambio los matrimonios entre personas de la misma clase social.

Aplicación de los preceptos neoclásicos

En la práctica, la obra respeta las tres unidades aristotélicas: la acción es única y sin tramas secundarias, el lugar es siempre la casa de Don Rodrigo (tío de Jerónima y María) y el tiempo se comprime en menos de 24 horas. También cumple el didactismo, buscando corregir el vicio de la superficialidad y el interés económico en el matrimonio, ofreciendo un modelo de conducta ejemplar. Y, por último, la verosimilitud y el decoro: aunque se permiten algunos gags cómicos para no disgustar del todo al público, los personajes actúan conforme a su condición social y la obra evita los anacronismos y la fantasía desbordada que Moratín criticaba en Calderón.

Conclusión

En definitiva, La Petimetra es una obra híbrida: conserva elementos del teatro popular, pero los subordina, demostrando el esfuerzo de Moratín por renovar la escena española desde la razón y la moralidad. Se calificó como “la primera obra del teatro neoclásico” y como “la primera comedia original que se había escrito en España sujeta al rigor del arte”. Demostró que la reforma teatral era posible, aunque el público de su tiempo no estuviera aún preparado para aceptarla.