Literatura española en la posguerra (1936–1950)
Narrativa
Tras la Guerra Civil (1936-1939) comienza la dictadura de Franco (1939-1975), una etapa marcada por la censura, la represión, la pobreza y el aislamiento cultural, que influyen directamente en la literatura. Al principio aparecen novelas que apoyan el régimen, pero, poco a poco, surgen obras que muestran la dura realidad de la posguerra, hasta desembocar en el realismo social en los años 50.
En los años 40, dominados por el hambre, el miedo y la censura, los escritores toman como modelo el realismo español del siglo XIX y crean novelas de tono oscuro, triste y existencial. Destacan dos obras fundamentales: La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela, que inicia el tremendismo con una narración violenta y dura, y Nada (1944), de Carmen Laforet, que refleja la miseria moral y material de la Barcelona de posguerra. También sobresalen Miguel Delibes, con La sombra del ciprés es alargada (temas de infancia y muerte), y Ana María Matute, con personajes tristes y desorientados.
En los años 50 la censura se suaviza y llegan nuevas influencias extranjeras, lo que da lugar al realismo social, centrado en los problemas colectivos de la sociedad española y escrito con un lenguaje sencillo. La obra que inicia esta tendencia es La colmena (1951), de Camilo José Cela, que presenta un personaje colectivo, una acción concentrada en dos días y una visión pesimista del Madrid de posguerra. Otras obras importantes son El camino (1950), de Miguel Delibes, que mezcla crítica social y lirismo al retratar la infancia rural, y La noria (1952), de Luis Romero, con una visión colectiva de Barcelona.
Corrientes dentro del realismo social
Dentro del realismo social se distinguen dos corrientes. El objetivismo, que muestra la realidad de forma neutral, con relatos sencillos y abundante diálogo, tiene como obra más representativa El Jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio, y también incluye a Carmen Martín Gaite (Entre visillos) y Gonzalo Torrente Ballester. El realismo crítico, en cambio, denuncia de forma clara las injusticias sociales, como se observa en títulos como Los bravos, Central eléctrica, Las afueras y Tormenta de verano.
Tras la guerra, muchos escritores se marchan al exilio, sobre todo a México, y escriben sobre el recuerdo de España. Destacan Ramón J. Sender, con Réquiem por un campesino español, y Francisco Ayala, con Muertes de perro. Entre los escritores extremeños mencionados destacan Juan José Poblador, Pedro de Lorenzo y el exiliado Arturo Barea, autor de La forja de un rebelde.
En conclusión, la narrativa española desde la Guerra Civil hasta los años 50 evoluciona desde novelas existenciales y tremendistas en los años 40 hasta el realismo social, que muestra y denuncia la realidad de la sociedad española en los años 50.
Poesía
La poesía española desde la Guerra Civil hasta los años 50 está profundamente marcada por las consecuencias del conflicto y por la instauración de la dictadura franquista (1939-1975). Fue una época de falta de libertades, censura, pobreza y aislamiento cultural, lo que condicionó el desarrollo literario. Además, el panorama poético quedó muy empobrecido por la muerte de autores como Federico García Lorca, Antonio Machado y Miguel Hernández, y por el exilio de muchos poetas, entre ellos Juan Ramón Jiménez y varios miembros de la Generación del 27.
Tras la guerra, la poesía continúa el proceso de rehumanización, centrando su interés en el ser humano y sus problemas. En primer lugar, destaca la poesía del exilio, escrita por autores de distintas generaciones que abordan temas como España, la guerra, la derrota y la nostalgia de la patria perdida, junto a preocupaciones universales como el amor, el tiempo, la muerte y la angustia existencial.
En la España de posguerra se desarrollan principalmente dos grandes tendencias poéticas. Por un lado, la poesía arraigada, también llamada neoclásica o garcilasista, vinculada a la Generación del 36 y considerada la poesía oficial del régimen. Presenta una visión del mundo ordenada, serena y optimista, con un fuerte sentimiento religioso y el uso de formas clásicas como el soneto. Sus temas más frecuentes son el amor, la religión y la patria. Destacan autores como Luis Rosales, con La casa encendida, y Leopoldo Panero, con Escrito a cada instante.
Frente a esta tendencia surge la poesía desarraigada, de carácter existencial y trágico, que muestra un mundo caótico y doloroso, donde el ser humano se siente solo y abandonado. El lenguaje es directo y sencillo, y aparecen frecuentes interpelaciones a Dios, marcadas por la duda y la desesperanza. Las obras más representativas son Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre. También destacan las primeras obras de Blas de Otero, como Ángel fieramente humano.
Junto a estas corrientes aparecen otras tendencias, como el postismo, de raíz vanguardista, y el grupo Cántico, caracterizado por una poesía intimista y de gran cuidado formal, con autores como Pablo García Baena. En los años 50 se impone la poesía social, influida por la poesía desarraigada y el realismo. La literatura se orienta hacia la denuncia de las injusticias sociales y la solidaridad colectiva, con temas como España, la falta de libertad, el trabajo y el deseo de un mundo mejor. Se emplea un lenguaje claro y coloquial, dando prioridad al contenido sobre la forma. Las obras más representativas son Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, y Cantos íberos, de Gabriel Celaya, que convierten la poesía en un instrumento de compromiso social.
Teatro
La Guerra Civil española (1936-1939) y la posterior dictadura franquista marcaron profundamente la evolución del teatro español. Durante la contienda se desarrolló un teatro de propaganda política, pero tras 1939 el panorama teatral quedó empobrecido por el exilio de autores como Max Aub y Rafael Alberti y por la muerte de grandes dramaturgos como Valle-Inclán, Federico García Lorca o Miguel Hernández. A ello se sumaron la censura, el aislamiento cultural y el control ideológico del Estado y la Iglesia.
En los años 40, el teatro español estuvo dominado por un teatro de evasión, cuyo objetivo principal era entretener al público y eludir la dura realidad de la posguerra. Este teatro oficial se desarrolló en dos grandes tendencias: la comedia burguesa y el teatro humorístico.
La comedia burguesa presenta conflictos superficiales de la clase media acomodada, relacionados con el matrimonio, los celos o las infidelidades. Aunque a veces incluye una leve crítica, las obras suelen acabar en final feliz y transmiten valores tradicionales. Destacan autores como José María Pemán y Juan Ignacio Luca de Tena.
Especial relevancia tiene el teatro humorístico, caracterizado por un humor intelectual, basado en juegos de lenguaje, situaciones absurdas y una visión crítica y escéptica de la realidad, aunque disfrazada de comicidad. Sus principales representantes son Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura.
Enrique Jardiel Poncela cultiva un humor disparatado e inverosímil, con situaciones absurdas y diálogos ingeniosos, como en Eloísa está debajo de un almendro o Los ladrones somos gente honrada.
Miguel Mihura destaca por un humor basado en la ruptura de la lógica y la crítica a las convenciones sociales, como se observa en Tres sombreros de copa, donde se enfrenta el mundo libre e imaginativo con la rigidez social, transmitiendo un fondo de pesimismo y desencanto.
A finales de los años 40 y, sobre todo, en los años 50, surge el teatro realista social, que supone una ruptura con el teatro evasivo anterior. Su objetivo es mostrar y denunciar la realidad social de la posguerra, dando voz a los problemas del ser humano y de las clases más humildes. El punto de partida lo marca el estreno de Historia de una escalera (1949), de Antonio Buero Vallejo.
El teatro realista se caracteriza por personajes y situaciones reconocibles, una profundización psicológica y el planteamiento de conflictos sociales y morales. Sus máximos representantes son Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre.
Buero Vallejo defiende la dignidad humana y valores como la libertad, la justicia y la verdad, combinando realismo y simbolismo. En Historia de una escalera muestra la frustración y el paso del tiempo a través de varias generaciones.
Alfonso Sastre desarrolla un teatro más radical y de denuncia, centrado en la opresión y la injusticia, como en Escuadra hacia la muerte, obra de fuerte carácter antimilitar y social.
En conclusión, el teatro español desde la Guerra Civil hasta los años 50 evoluciona desde un teatro de evasión y control ideológico hacia un teatro comprometido y crítico, que convierte el escenario en un instrumento de denuncia social.
Resumen de autores y obras representativas
- Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte, La colmena
- Carmen Laforet: Nada
- Miguel Delibes: La sombra del ciprés es alargada, El camino
- Ana María Matute: obras con personajes tristes y desorientados
- Rafael Sánchez Ferlosio: El Jarama
- Ramón J. Sender: Réquiem por un campesino español
- Francisco Ayala: Muertes de perro
- Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Blas de Otero, Gabriel Celaya (poesía relevante)
- Enrique Jardiel Poncela, Miguel Mihura, Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre (teatro)
Este recorrido muestra cómo la literatura española entre 1936 y 1950 se adaptó y reaccionó ante la represión, la emigración y la necesidad de expresar, con distintos lenguajes y formas, la realidad social y humana de la posguerra.
