El teatro renovador
En las primeras décadas del siglo XX se produjeron diversos intentos de renovación de un panorama teatral dominado, al final de la centuria anterior, por el drama realista y las obras de un romanticismo trasnochado, caracterizadas por un gran apasionamiento verbal y gestual. Pero son los gustos del público —que busca diversión exclusivamente— los que determinan en gran medida la orientación del teatro anterior a 1936. Por esta razón, suele hablarse de dos grandes tendencias:
- El teatro de éxito comercial: Destinado a satisfacer las exigencias del público; es, en general, un teatro costumbrista, cómico o melodramático que rehúye los planteamientos ideológicos y continúa con las formas dramáticas tradicionales.
- El teatro renovador: A contracorriente de los gustos de la época, renovador en las formas y en los temas, hubo de esperar muchos años para ser valorado en su justa medida.
El teatro renovador, que pretende aportar nuevas técnicas o nuevos enfoques ideológicos, está representado, sobre todo, por las figuras de Valle-Inclán y García Lorca, los dos grandes dramaturgos de este periodo. También hubo otros intentos innovadores.
A) Intentos de renovación teatral: autores significativos
- El teatro desnudo de Unamuno: Cultivó el teatro como un cauce más para presentar sus inquietudes espirituales y filosóficas. La acción externa, muy escasa y esquemática, se supedita siempre al conflicto interior de los personajes, que se ven reducidos al mínimo. Se utiliza un diálogo denso y se suprimen decorados, trajes e incluso cualquier retórica verbal. Destacaremos La esfinge, Fedra y El otro.
- El antirrealismo de Azorín: Incorporó el simbolismo, lo onírico y lo maravilloso, combatiendo la estética naturalista. Sus temas básicos son la felicidad, el tiempo y la muerte. Destacan Angelita, sobre su obsesión por el tiempo, y Lo invisible (1928), trilogía cuyas piezas comparten el sentimiento de angustia ante la muerte. Consideraba Azorín necesaria la transformación de la técnica y de la estructura del espectáculo teatral; insistió en la importancia del director de escena, así como de los diálogos (que debían plasmar el carácter de los personajes) y de la iluminación, que subrayaba los aspectos irreales de sus obras.
- En la segunda generación del siglo hay experiencias más audaces, con la figura del pionero del vanguardismo español: Ramón Gómez de la Serna. Escribió piezas totalmente distintas de lo que se podía ver en las tablas y que, en su mayoría, se quedaron sin representar. En 1929 estrenó Los medios seres, cuyos personajes aparecen con la mitad del cuerpo totalmente negra, como símbolo de la personalidad incompleta.
- Dentro de la Generación del 27 (no exclusivamente poética, como sabemos), mencionaremos a Rafael Alberti, con alguna obra de carácter surrealista como El hombre deshabitado. Alejandro Casona, que mezcla humor y lirismo en La sirena varada y continúa después su producción en el exilio: La dama del alba es su mejor obra. Destacan en él la habilidad constructiva y la equilibrada combinación de realidad y fantasía.
B) Federico García Lorca
En 1932, Lorca formó el Teatro Universitario «La Barraca», una compañía con la que deseaba renovar la escena mediante la actualización de los clásicos. Además de esta experiencia como director, Lorca compuso importantes obras teatrales. El tema central de sus obras se ha definido de varias formas: el mito del deseo imposible, el conflicto entre la realidad y el deseo, el enfrentamiento entre el principio de autoridad y el principio de libertad, la imposición de las convenciones sociales y la frustración.
Este conflicto nace del choque entre un individuo, normalmente una mujer, y las fuerzas externas que ahogan o impiden su realización personal, con el consiguiente desenlace de frustración. Creó el verdadero teatro poético; utiliza un código de símbolos semejantes a los de la poesía, numerosos elementos musicales y una cuidada coreografía que contribuyen a crear una atmósfera de gran intensidad lírica. Recibe influencias muy variadas, desde el teatro clásico español, pasando por el modernista y Valle-Inclán, hasta Shakespeare o el teatro de títeres.
Etapas y obras principales
Sus primeros dramas, El maleficio de la mariposa y Mariana Pineda, están emparentados con el lirismo del teatro modernista. En la primera, el protagonista (una cucaracha) ve su ideal en una mariposa de la que se enamora y a la que ha de renunciar; la segunda, basada en un hecho real, presenta a la heroína granadina que borda una bandera de la libertad por la que es ajusticiada (1831).
Es autor, además, de farsas para guiñol, como el Retablillo de don Cristóbal, y farsas para personas, como La zapatera prodigiosa, que representa la ilusión insatisfecha, y El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín.
Bajo la denominación de comedias imposibles se reúnen tres obras en las que se aprecia la influencia del surrealismo: El público, Así que pasen cinco años y Comedia sin título. En ellas anticipa posteriores hallazgos del teatro europeo. Son piezas de complejo simbolismo que no pudieron ser representadas hasta mucho después.
La plenitud de su quehacer dramático se halla en sus tragedias: Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba, que se desarrollan en un ambiente rural y representan el destino trágico y la frustración del deseo. También Doña Rosita la soltera tiene como protagonista a una mujer frustrada, aunque en este caso se trata de un drama sobre la espera inútil del amor.
La casa de Bernarda Alba (1936)
Es su obra más lograda. Bernarda Alba, mujer despótica y viuda de su segundo marido, impone un riguroso luto a sus cinco hijas, encerradas en la casa. La mayor, de 39 años y heredera del primer marido, va a casarse con Pepe el Romano, quien actúa de catalizador en esta situación límite. Todas las hermanas la envidian y lo desean, mientras este mantiene clandestinas visitas a la hermana pequeña, Adela, joven, hermosa y la más rebelde. La madre lo descubre y le dispara; aunque este logra huir, Adela, al creerlo muerto, se suicida.
Lorca, que se inspira en una madre e hijas vecinas suyas, lo considera un “drama de las mujeres de los pueblos de España” y afirma que tiene “intención de documento fotográfico”. Sin duda, se trata de la exageración de una costumbre real.
Tras fracasos iniciales y éxitos posteriores, el lugar de Lorca es ya el de un clásico, una de las cumbres del teatro español.
