Género dramático, ‘Canillita’ y ‘La isla desierta’: características, personajes y temas

Literatura – Parcial (25/11)


Temas

  1. Género dramático: características
  2. Canillita: conflicto dramático. Explicar cuál es y por qué ocurre.
  • Caracterizar personajes: Claudia, Don Braulio, Canillita, Pichín

3. La isla desierta:

  • Análisis del título
  • Comparación de ambas oficinas y efectos sobre empleados
  • Concepto: alienación y utopía
  • Importancia del personaje de Manuel

Género dramático

Definición

Obras que se encuentran dentro de este género: obras de teatro. Son textos escritos para ser representados por actores, en un escenario, ante un público.

Texto dramático y texto espectacular

Texto A o texto dramático. Texto B o texto espectacular.

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Dramaturgo

Dramaturgo: autor de un texto dramático.

Estructura externa de un texto dramático

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Las escenas marcan la entrada o salida de un personaje. Los actos marcan un cambio en el tiempo o en el espacio.

Estructura interna

  • Presentación de un conflicto
  • Desarrollo de la acción dramática
  • Clímax: punto de máxima tensión

Formas del discurso

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2. Canillita

El personaje principal es un niño vendedor de diarios (Canillita). La obra recrea la situación de un canillita (niño de alrededor de 15 años que trabaja para mantener a sus padres: Claudia y Pichín), debido a que su padre se encuentra desocupado y tampoco pretende trabajar.

Para comprar alimentos, Claudia vende un prendedor. Pichín, en desacuerdo con la situación, culpa a Canillita de haberlo robado, provocando que sea encarcelado.

Esa misma tarde Canillita sale de la cárcel gracias a Don Braulio. Canillita encuentra a Pichín discutiendo con Claudia e intenta apuñalarlo, pero su intento es inútil, ya que Don Braulio y Claudia lo detienen. Luego se sucede una discusión entre Don Braulio y Pichín. Pichín, enfurecido, se lanza contra Don Braulio, quien en defensa propia le asesta un cuchillazo, con el arma de Canillita.

Personajes

  • Canillita: diariero, personaje protagonista. Tiene poca plata y debe trabajar para mantener a su familia. Es travieso, descarado, «embustero», despierto, mentiroso, pero de buen corazón. Tiene muchos amigos (algunos también diarieros). No le gustan los policías ni que lo molesten. Tiene mala fama, pero es honrado.
  • Tiene gran afecto por Claudia y siente odio por Pichín, a quien considera una mala persona: no trabaja y hace sufrir a Claudia. Lo odia tanto que, al final de la obra, intenta matarlo.
  • Doña Claudia: quiere a Canillita porque es su hijo. Su relación con Pichín le rebaja la relación con sus hijos e incluso baja su autoestima.
  • Don Braulio: amigo de Claudia y vecino. Se presenta como alguien bondadoso y dispuesto a ayudar a los demás. Tiene sentimientos de amor por Claudia y trata de ayudar a su familia, proponiéndose como el hombre correcto para ella.
  • Pichín: reconocido como el «malo» de la obra. Es cobarde, vago y sin honor. Lo termina matando Don Braulio.
  • Personajes secundarios: Arturo, las vecinas, el vecino, el pesquisa, el masitero, los 3 muchachos, Batista, el Pulga, el mercero, el Tano, el Curioso y los vendedores de diarios.

3. La isla desierta

Una obra en donde se aunán perfectamente realidad y fantasía, cotidianidad y ensoñación, deseo y frustración. Al igual que ocurre con el conjunto de su dramaturgia, el desarrollo argumental se mueve siempre en un doble plano: el de la realidad miserable de los personajes y el de los sueños que éstos son capaces de construir y que no son más que la prolongación de sus frustraciones.

La realidad de la oficina

La obra transcurre en una oficina de aduanas localizada en la décima planta de un edificio funcional que está próximo al puerto de la ciudad (suponemos que Buenos Aires). El espacio escénico aparece caracterizado en la acotación como una «oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando el cielo infinito caldeado en azul» (pág. 547). En su interior encontramos a los empleados, «desdichados» de la burocracia administrativa, quienes pasan buena parte de sus vidas encorvados sobre montañas de papeles y albaranes en un trabajo inabarcable. El mundo gris y cuadriculado de la oficina contrasta con lo que sucede más allá de los ventanales: la llegada periódica de barcos de todos los tonelajes, cuya inminente presencia viene anunciada por el pitido de las sirenas.

El contraste entre el mundo interior y exterior viene expresado por las acotaciones. Estos segmentos dramáticos, más allá de cualquier información técnica propia del texto espectacular, contribuyen a crear un espacio psicológico en el lector:

«Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera, como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los empleados. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del JEFE, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón de un décimo piso» (pág. 547).

(…)

«Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque. Automáticamente todos los EMPLEADOS enderezan las espaldas y se quedan mirando la ventana» (pág. 547).

A través del enorme ventanal de la oficina los empleados reciben la sensación gratificante de la luz del sol, convertida en un símbolo positivo frente a la oscuridad de la vida cotidiana. Pero no es sólo la luz natural un elemento distorsionador en el mundo de la oficina: también lo es el sonido de los buques que anuncian su llegada a puerto, procedentes de tierras lejanas que son concebidas por los oficinistas como geografías imposibles e inalcanzables. Los empleados trabajan hora tras hora soportando la tentación que supone el llamamiento de los buques. Sus pitidos recuerdan al canto de las sirenas y, como los personajes de la epopeya clásica, los oficinistas tendrán que resistir a los reclamos de la libertad. Todos esos mundos posibles que están más allá del gran ventanal de la oficina ejercen sobre los empleados una fuerza irresistible, un magnetismo que los arranca de la vulgaridad de sus vidas y hacen de la ensoñación un bastión frente a la mediocridad y la rutina.

A pesar de la riqueza de matices de las acotaciones, los personajes no están caracterizados de forma individual, sino colectiva, a través de la categoría laboral. Salvo el caso del mulato Cipriano, los oficinistas, hombres y mujeres, no tienen rostro, ni rasgos físicos, ni siquiera una manera particular de vestir. Su caracterización viene dada por la profesión que desempeñan: son empleados de aduanas con sueldos tan bajos como la propia autoestima. El atuendo con que se presentan ante el espectador (y lector) debe ser gris y pobre, acorde con las expectativas de sus vidas. Son, además, personajes arquetípicos, cuyo carácter general viene dado por la ausencia deliberada de nombres propios. Así, encontramos a El Jefe, los empleados 1.º y 2.º, las empleadas 1.ª, 2.ª y 3.ª y el Director. Los únicos personajes que tienen nombre y algún rasgo singular son Manuel y María, oficinistas de toda la vida que van a cometer el error de soñar con una isla desierta, dando así nombre a la obra. Son ellos quienes más se equivocan en el cumplimiento del trabajo como consecuencia de los reclamos que están más allá del ventanal.

Interior-exterior y pasado-presente

La oposición interior-exterior de la oficina viene a sumarse a otra dicotomía importante: la eficiencia del pasado frente a la inoperancia del presente. Las tentaciones que habitan afuera del edificio son malas para el buen funcionamiento de la oficina. La luz del sol, el aire fresco, el sonido de los buques son elementos nocivos que distraen la atención y dislocan la eficacia administrativa. Frente al desorden con que se inicia la obra, el pasado representa el orden y la disciplina, lejos de los reclamos de cualquier forma de fantasía. En el subsuelo del edificio no hay silbidos de barcos, ni aire puro, ni luz natural, sino silencio, aire viciado y luz artificial; por ello, nada puede distraer la atención de los oficinistas. Para el Empleado 1.º: «Uno estaba allí tan tranquilo como en el fondo de una tumba» (pág. 550) y Manuel afirma que allí se sentían «como una lombriz solitaria en un intestino de cemento» (pág. 554). Ascender al décimo piso del bloque de oficinas no es sólo una forma de subir físicamente, sino sobre todo espiritualmente. La visión que tienen del puerto, de las calles y de los buques los acerca a una realidad que ha estado fuertemente reprimida y que acaba presentándose como un deseo, como una ensoñación.

Personaje: Manuel

Manuel es el primero en razonar sobre su situación. Reflexiona sobre sus sueños de juventud y confiesa haber llevado por años los chismes al jefe.

El personaje se autoreconoce como «viejo» y «achacoso» y no encuentra el sentido de haber ocupado cuarenta años ese estilo de vida.

Propuesta: la isla desierta

Características:

  1. Con muchos árboles cargados de frutas
  2. Árboles de pan
  3. Sol desde la mañana a la noche
  4. Hombres y mujeres desnudos que mantienen relaciones
  5. Se alimentan de ensaladas de magnolias
  6. Playas de coral

Utopía: «no lugar»; lugar ideal que no tiene existencia real. Es un proyecto muy difícil o imposible de realizar.

Los espacios de La isla desierta

En la obra podemos identificar espacios reales e imaginarios. Dentro de los espacios reales, podemos distinguir el de la oficina del décimo piso, que corresponde al presente de la acción, y el del subsuelo que corresponde a un tiempo pasado. El tiempo que media entre ambos está marcado por la Empleada 1.ª: «Hace siete años», dice, lo que despierta la sorpresa de otro de los empleados: «¿Ya han pasado siete años?». La sorpresa evidencia una pérdida de conciencia del paso del tiempo y, por lo tanto, un cierto grado de alienación.

El subsuelo

A nivel cronológico, es el primer espacio. Es presentado a través de ventajas y desventajas. El aspecto positivo aparece relacionado con la eficiencia, ausencia de errores (ya que allí no nos equivocábamos nunca) y como mejor alternativa al décimo piso: allí estábamos mejor. También se destaca la tranquilidad a partir de dos comparaciones: «Uno estaba allí tan tranquilo como en el fondo de una tumba», «… tan tranquilos como en el fondo del mar». Ambos términos comparantes (fondo de una tumba, fondo del mar) sugieren idea de profundidad y, en definitiva, distancia con la realidad. La referencia a la tumba impone la presencia de la muerte, de una muerte en vida, que apunta a una total alienación. A pesar del deterioro físico que provocó ese fondo (en ese subsuelo uno pierde la vista, otro contrajo su reumatismo), siguen priorizando la tranquilidad que les daba ese espacio: «Sí, pero estábamos tan tranquilos como en el fondo del mar». Vivían allí ajenos al mundo exterior tanto que si se apagaba el sol no se enteraban. Parecían estar anestesiados, ya que «allí la vida no se siente. Uno es como una lombriz solitaria en un intestino de cemento». La imagen golpea por el comparante (lombriz solitaria) que destaca la insignificancia y soledad de los empleados y por la valoración del lugar (intestino de cemento) carente de vida.

La oficina del décimo piso

Es descrita en la acotación escenográfica al inicio del texto dramático. Esta acotación constituye más que un marco para la acción, ya que está cargada de signos. Da información de espacio y lugar. Primero nos ubica en la oficina: un ámbito laboral por lo que se puede anticipar que el vínculo entre los personajes se define por el trabajo y no por lo familiar o afectivo. Hay una preocupación por marcar aspectos que tienen que ver con la forma: rectangular, simétrico, la disposición del mobiliario. Esto muestra la importancia del orden. Se suma como dato el color a través del superlativo: «blanquísima», que genera sensación de pulcritud, limpieza y deshumanización. Antes de ubicar a los personajes, se señalan objetos clave: los escritorios, quizá evidenciando la importancia de la función que los reúne. Son funcionarios de una oficina. El lugar que les da se ve a través de la comparación que se refiere a los escritorios y, por extensión, a los empleados: dispuestos en hilera como reclutas. El aire militar se empieza a respirar. Se completa con otra apreciación (emboscado) y hasta con un corte de pelo (como la pelambre de un cepillo). Muestra la postura física (inclinados); luego dirá «encorvados», mostrando una actitud de sometimiento y obediencia. El vínculo laboral se percibe en la nominación de los personajes: empleados y jefe. La intención de marcar la relación jerárquica se vuelve evidente. Destaca el lugar estratégico del jefe (centro y fondo) que le permite vigilar sin ser observado, intención que se completa con la actitud de estar emboscado tras unas gafas negras. Ubica la acción temporalmente: el dato temporal apunta más a mostrar la impronta de la luz que a una información meramente horaria. Reafirma la idea de intensidad, ya que la luminosidad es «extrema». La luz, símbolo tradicional de conciencia y conocimiento, tiene aquí un valor negativo, ya que pesa como una carga sobre los empleados. Personaje y lugar se identifican: domina la desdicha y la desolación. Finalmente, a la luz se suma la altura (décimo piso), que prefigura la distancia con el mundo real.

En este ambiente marcado por el orden, desfilará el culto a la eficiencia y obediencia. En la primera escena, lo describen como espacio vital y realizan una valoración desde lo vivencial: «vivimos en estas cuatro paredes como en un calabozo». La sensación de encierro sale a flote cuando, a través de la ventana, comienza a filtrarse la vida: la posibilidad de la aventura encarnada en los buques. Tanto es así que los buques son considerados culpables de los errores y distracciones («… son perjudiciales para la contabilidad»). La ventana sirve como espejo de sus vidas frustradas: «Cuarenta años de oficina. La juventud perdida», dice Manuel. La juventud parece asociarse a los sueños: «…me llamaban las aventuras… los bosques. Me hubiera gustado ser guardabosque. O cuidar un faro.» Ambos sueños implican contacto con la naturaleza, apertura al mundo por oposición al encierro en el que vive el personaje. La subida al décimo piso, el contacto con la luz y con el exterior a través de la ventana promueven la confesión de Manuel de que durante veinte años fue delator: «…le llevo los chismes al jefe.» Manuel declara que en el subsuelo las cosas no se sienten. El mulato aparece como disparador, liberador de los deseos frustrados y de la fantasía. Pone frente a los ojos de los empleados un nuevo espacio imaginario: el de la utopía. No es necesario centrarse en la veracidad de sus relatos, sino en lo que despiertan.

La utopía, etimológicamente «lugar que no existe», siempre existió como posibilidad simbólica del lugar con que todos los hombres de todos los tiempos y culturas soñaron. Tomás Moro, en la obra que lleva ese nombre, describe un lugar paradisíaco donde reina la tolerancia y la bondad natural del hombre.

Cipriano va cautivando, a pesar del escepticismo de algunos empleados, a todos con su relato fantástico de viajes extraordinarios. Da testimonio de sus viajes con su propio cuerpo: los tatuajes (una mujer en cueros, una rosa sobre el ombligo, una guarda de monos pelando bananas). La geografía del planeta se dibuja en su cuerpo: Madagascar, Australia, Malasia… La utopía que va desplegando el mulato es directamente proporcional a las frustraciones y mediocridades.

En lo económico, en ese espacio «soñado» hay abundancia de alimentos. La naturaleza los brinda gratuitamente (ensaladas de magnolias, sopa de violetas, árboles cargados de fruta, agua de coco para calmar la sed). En lo social, destaca la ausencia de autoritarismo y de normas: «…Allá no hay jueces, ni cobradores de impuestos, ni divorcios, ni guardianes de plaza.» Todo se regula en forma natural (cada hombre toma a la mujer que le gusta y cada mujer al hombre que le agrada). Todos viven desnudos entre las flores, con collares de rosas colgantes en el cuello y los tobillos adornados de flores. La libertad y el desprejuicio reinan. Hasta el trabajo es vivido en forma placentera: al otro día la gente trabaja con más ánimo en los arrozales.

El mulato asegura la existencia de islas desiertas y las describe en una cadena enumerativa polisindética: «Grandes islas. Y con árboles de pan. Y con plátanos. Y con pájaros de colores. Y con sol desde la mañana a la noche.» Ya nadie pone en duda la veracidad del relato porque todos han sucumbido a la magia, al encanto del mulato. Todo se vuelve fantástico: «Y los arroyuelos cantan entre las breñas. La música, el baile y la sensualidad dominan la descripción de este espacio. Y también hay hermosas mujeres desnudas. Desnudas de los pies a la cabeza. Con collares de flores. Que se alimentan de ensaladas de magnolias. Y hermosos hombres desnudos. Que bailan bajo los árboles, como ahora nosotros bailamos aquí.» Poco a poco, los empleados van reproduciendo en su penosa realidad ese espacio soñado. El mulato, con esa voz persuasiva, ha ido «embrujando» a los demás empleados y no solo los ha transportado a un lugar imaginario, sino que los ha convertido en nuevos integrantes de una tribu a la que jamás pertenecerán.

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