La poesía española desde 1939 hasta 1975
La Guerra Civil condenó al exilio a un buen número de poetas; sin embargo, esto no impidió que la obra de Juan Ramón Jiménez y de los integrantes de la Generación del 27 influyera en otros poetas más jóvenes. Entre ellos destacan:
- León Felipe: cuya poesía adopta un tono vehemente, de arenga.
- Juan Gil-Albert: el tono reflexivo e intimista marca su antología poética Fuentes de constancia.
- Carmen Conde: con una poesía confesional e íntima.
- Ramón Gaya: que tiene una obra poética muy breve pero de altísima calidad.
- Miguel Hernández: considerado el epígono del 27, empieza su labor como poeta en los años treinta y asume las tendencias estéticas que dominaban a los poetas del 27: neogongorismo, surrealismo, neopopularismo y poesía de compromiso social.
La trayectoria de Miguel Hernández
Su primer poemario, Perito en lunas, se sitúa en la línea neogongorina y se caracteriza por su hermetismo y el empleo de metáforas audaces. En El rayo que no cesa, la expresión amorosa se funde con una angustia metafísica y existencial. El poeta consigue un estilo personal en el que destacan los elementos simbólicos: el toro, el vientre de la mujer, los cuchillos, las navajas y los puñales. En algunos de sus poemas se observa la influencia de Pablo Neruda y de Vicente Aleixandre.
Su tercer y cuarto poemario, Viento del pueblo y El hombre acecha, tienen un tono combativo íntimamente ligado a la experiencia de la guerra y gran compromiso social. A ellos pertenecen poemas representativos del autor: El niño yuntero, Sentado sobre los muertos, Aceituneros y Jornaleros. Su última obra, Cancionero y romancero de ausencias, es un diario íntimo de los últimos años de su vida. En sus versos vierte el dolor y la angustia por la muerte de su hijo y la separación de sus seres queridos mientras se encuentra en la cárcel. El libro incluye su conocido poema Nanas de la cebolla.
La poesía arraigada de los años cuarenta
La poesía arraigada de los años cuarenta sigue, en líneas generales, la tendencia rehumanizadora que se había iniciado en 1927. Poetas como Luis Rosales (Navidad, Abril, La casa encendida), Felipe Vivanco (Continuación de la vida, Cantos de primavera), Dionisio Ridruejo (Sonetos a la piedra, Primer libro de amor), José M.ª Valverde (Versos del domingo, Poesías reunidas) y Leopoldo Panero (Escrito a cada instante, Canto personal) optan por la recuperación de una estética clasicista, marcada por el empleo del soneto y por el cultivo de temas amorosos, familiares y patrióticos.
Se trata de una poesía arraigada de carácter escapista, en la que se omiten referencias a la guerra y se ofrece una visión optimista y de esperanza; se desea la armonía, el orden y la claridad, se rechazan las vanguardias y se refleja una religiosidad devota sin conflicto ni angustia.
Poesía desarraigada y otras tendencias
En 1944, con la publicación de Hijos de la ira de Dámaso Alonso, se inicia una nueva etapa: la poesía desarraigada, de carácter existencial, con un tono amargo y angustiado, y una expresión abrupta, desnuda y desgarrada. Otras tendencias minoritarias de estos años son:
- El Postismo: heredero de las vanguardias europeas, con Edmundo de Ory y Gloria Fuertes, quienes utilizan un lenguaje poco convencional lleno de metáforas y hallazgos expresivos sorprendentes.
- El Grupo Cántico: que reúne a poetas andaluces como Ricardo Molina y Pablo García Baena, herederos de la línea estética de los grandes poetas del 27.
La poesía social (1950-1965)
Entre los años 1950 y 1965 aparece una poesía desarraigada social, con obras como Cantos Íberos de Gabriel Celaya y Pido la paz y la palabra de Blas de Otero, que en 1955 marcan el apogeo de esta tendencia. Esta corriente se había empezado a manifestar unos años antes en obras como Las cartas boca arriba de Gabriel Celaya y Quinta del 42 de José Hierro, uno de los principales poetas de la posguerra.
Esta corriente poética aparece vinculada a las circunstancias sociopolíticas, convirtiéndose en un medio de denuncia; se hace eco de las injusticias y de la falta de libertad, mostrándose solidaria con los desfavorecidos. Estos autores entienden la poesía como un instrumento de transformación social. En el plano formal, los poetas se expresan con un estilo llano, próximo al habla coloquial.
La Generación de los 50 y los Novísimos
En pleno apogeo de la poesía social, empiezan a publicarse obras de un grupo de autores jóvenes conocidos como la Generación de los 50. Estos comparten rasgos temáticos y expresivos: consideran que la poesía es una forma de conocimiento mediante la cual el poeta indaga sobre su propia experiencia vital y sobre el mundo. Pertenecen a este grupo, entre otros: Juan Goytisolo (El retorno), Jaime Gil de Biedma (Compañeros de viaje) y Ángel González (Áspero mundo).
En 1965 se inicia una nueva tendencia que recupera la concepción lírica de los vanguardistas: una poesía de creación estética con finalidad en sí misma. Se caracteriza por el rechazo del intimismo, el uso de la transposición heroica o ficticia, y la incorporación de universos míticos y simbólicos (cine, cómic, música pop). Se les conoce como “poetas venecianos” por su admiración hacia Venecia. Recuperan técnicas vanguardistas como el collage y la escritura automática. El principal exponente es Pere Gimferrer con Arde el mar. José M.ª Castellet publica la antología Nueve novísimos españoles, que incluye a Leopoldo Panero, Manuel Vázquez Montalbán, Vicente Molina, Ana M.ª Moix y Félix de Azúa.
La poesía actual (desde 1975)
A partir de 1975 conviven distintas y variadas tendencias. Entre otros autores destacan: Blanca Andreu (De una niña de provincias que se vino a vivir), Ana Rossetti (Los devaneos de Erato), Basilio Rodríguez (Ultimísimo), Amalia Iglesias (Un lugar para el fuego), L. García Montero (El jardín extranjero, Completamente viernes), Luis A. de Villena (0 menos 30), Fco. Castaño (El libro de las maldades) y Juan Borja (El fuego y la ceniza).
