La poesía española a partir de 1936
Miguel de Unamuno fue el gran poeta que marcó la transición entre la Generación del 27 y la poesía de la postguerra. Publicó su primera gran obra El rayo que no cesa, en 1936, en la que recoge la temática amorosa de la poesía pretrarquista y expresa su dolor a través de poderosos símbolos y metáforas, como el rayo o el toro. Durante la guerra mostró su compromiso social y político en obras como Viento del pueblo y El hombre acecha.
En sus últimos años de vida nos muestra una poesía más íntima y depurada, relegada en su poemario Cancionero y romancero de ausencias, que aborda temas de la paternidad, el amor y la ausencia. Este poeta perteneció a la Generación del 36, pero su corta trayectoria poética sintetiza a la perfección el camino que siguieron los poetas de la Generación del 27: desde el gongorismo hasta la poesía pura (Perito en lunas), pasando por el compromiso social, el clasicismo y la influencia surrealista, hasta llegar a un estilo íntimo y personal.
Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso
Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso fueron dos grandes autores del 27 que abrieron el camino a la lírica de posguerra. Dámaso Alonso publicó en 1944 Hijos de la ira (un canto al paraíso perdido que puede asociarse a la infancia y la juventud). Sus temas principales son la soledad, la angustia, el vacío y la falta de sentido de la existencia humana.
Con la huella que dejó (Hijos de la ira, H.D.L.I.) se publican obras que ofrecen una visión pesimista y angustiada de la existencia, dentro de lo que el propio Dámaso Alonso llamó poesía desarraigada, a la que pertenecen las primeras obras de Blas de Otero (Ángel fieramente humano), José Hierro (Alegría), Gabriel Celaya y Carlos Bousoño.
En cambio, la poesía arraigada muestra una evidencia armónica y reconciliada con el mundo en autores que están próximos al régimen franquista y publican en las revistas Escorial y Garcilaso: Luis Rosales, Felipe Vivancos y Leopoldo Panero. Estos autores comparten características como el intimismo, la búsqueda de la perfección formal y la métrica clásica, con una temática basada en Dios como figura protectora, el paisaje y el amor sereno y doméstico.
La década de 1950: poesía social y otras corrientes
En los años 50 la corriente destacada fue la poesía social, que concibe la lírica como un instrumento capaz de transformar la realidad. «La poesía es un arma cargada de futuro», decía Gabriel Celaya. La temática se basaba en la denuncia de injusticias sociales y la falta de libertad, la cual se vuelve más importante que los aspectos formales, con el objetivo de que llegue a todas las capas sociales mediante un estilo sencillo y directo. Los autores de la poesía desarraigada confluyen en esta poesía del compromiso social y político: Gabriel Celaya (Cantos iberos), Blas de Otero (Pido la paz y la palabra) y José Hierro.
Pero en esta década no todo es poesía social; algunos poetas, unidos por la revista Cántico, como Pablo García Baena, buscan el refinamiento formal bajo la influencia de Jorge Guillén. Por otra parte, las vanguardias históricas tienen sus adeptos en el movimiento del postismo (Carlos Edmundo de Ory) y en los poetas surrealistas (Juan Eduardo Cirlot).
Generación del Medio Siglo
A finales de los años 50 surge la Generación del Medio Siglo, formada por José Ángel Valente, Ángel González (Áspero mundo), José Agustín Goytisolo (Salmos al viento), Claudio Rodríguez (Don de la ebriedad) y Jaime Gil de Biedma (Las personas del verbo). La mayoría vienen de la poesía social y defienden que la poesía debe recuperar su naturaleza artística.
Algunos rasgos del grupo son:
- Autobiografismo.
- Amplitud temática (el amor, la amistad, el tiempo).
- Lenguaje conversacional e intimista.
- Distanciamiento irónico respecto de sus propias emociones, en ocasiones.
Los Novísimos y la reacción estética
A finales de los 60 surge una nueva promoción de poetas, recogidos en la antología Nueve novísimos poetas españoles (1970), de José María Castellet. También destacan Manuel Vázquez Montalbán, José María Álvarez, Ana María Moix, Guillermo Carner, Leopoldo María Panero y Pere Gimferrer, que abrió el camino con Arde el mar (1996).
En su poesía, los Novísimos rechazan el compromiso social y el prosaísmo de generaciones anteriores para abrazar actitudes y rasgos como:
- Esteticismo y decadentismo (venecianismo).
- Lenguaje rico y elaborado, mediante recursos barrocos o vanguardistas.
- Culturalismo, que llena sus versos de referencias literarias y artísticas y de la cultura de masas.
Esta promoción provoca un cambio social y cultural que desembocará en el período de democracia. Posteriormente se evolucionará hacia una «poesía de la experiencia» influida por Gil de Biedma y otros autores de los 50. Su autor más conocido es Luis García Montero.
