Principales representantes de la lírica romántica

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El Romanticismo surge a finales del siglo XVIII en Alemania, Inglaterra y Francia y se desarrolla en toda Europa durante las primeras décadas del siglo XIX. Supone una nueva actitud ante la vida, relacionada con los cambios políticos, sociales y económicos que se producen en Europa y que se manifiesta en la cultura y en las artes. La mentalidad romántica parte de una profunda crisis ideológica y estética que revela el conflicto del individuo con una realidad en la que se siente arrojado y perdido, la insatisfacción vital y el desengaño ante los valores burgueses predominantes y el rechazo del racionalismo que había guiado el pensamiento y el arte

en el siglo XVIII.
En Europa, tras la proclamación de los ideales burgueses a raíz de la revolución francesa (1789), se sucederán revoluciones de signo liberal (1830, 1848) que chocarán con movimientos contrarrevolucionarios, que pretenden restaurar el Antiguo Régimen. Como resultado, el liberalismo se diversifica en una vertiente moderada, que protege los intereses de la burguesía, y en otra más progresista, que defiende la aplicación de principios como la libertad individual y la soberanía popular. En el panorama político, también destaca el auge de los nacionalismos, que en parte surgen como reacción al imperialismo napoleónico.
La revolución industrial configura una nueva realidad social y económica marcada por las tensiones entre la burguesía, que ostenta el poder económico y político, y el incipiente proletariado.
En el ámbito filosófico, triunfa el idealismo representado por los alemanes Fichte, Schelling y Hegel, que se oponen al racionalismo del siglo xviii, exaltan el poder creador del espíritu y reivindican el mundo de la imaginación y de los sentimientos. En Alemania,
los hermanos August y Friedrich von Schlegel se encargarán de asentar los principios teóricos de la literatura romántica.
Las características de la literatura romántica son la defensa de la libertad, la originalidad, el individualismo y el subjetivismo frente al equilibrio clásico, las normas y el didactismo dominantes en el siglo XVIII. Los temas preferidos son el ansia de libertad, el destino trágico, el amor o la justicia social. Los ambientes reflejan los sentimientos de angustia de los autores (la noche, lugares agrestes, ruinas y tormentas) y la búsqueda de evasión (tiempos pasados y lugares exóticos; mundos sobrenaturales y misteriosos); también interesa el costumbrismo como reflejo de la esencia popular y nacional. Los géneros sufren importantes innovaciones y se desdibujan sus normas y límites. Y predomina un estilo retórico y grandilocuente, capaz de expresar emociones intensas.
En las primeras décadas del siglo XIX, España experimentará momentos de inestabilidad política que determinarán la tardía implantación del Romanticismo. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), se promulgó una constitución de signo liberal (Cádiz, 1812), pero cuando Fernando VII llegó al trono en 1814, la abolió e impuso el absolutismo. La restauración del poder absoluto vino acompañada por una época de dura represión, que ocasionó el exilio de muchos liberales. Tras la muerte del rey en 1833, se desencadenó una guerra civil entre los carlistas, partidarios del príncipe Carlos, y los isabelinos, partidarios de Isabel II, quien reinará a partir de 1843 apoyada por los liberales moderados.



El triunfo del Romanticismo en España se produjo entre 1833 y 1850, cuando ya había comenzado su declive en Europa. A finales del siglo XVIII ya se habían producido algunas muestras prerrománticas y, en las primeras décadas del siglo XIX, la nueva estética europea había sido difundida por el teórico Juan Nicolás Böhl de Faber y por la revista El Europeo y había sido acogida en círculos de intelectuales y artistas. Pero el hito histórico que facilitará su auge definitivo será la muerte de Fernando VII, que propició el regreso de los exiliados y la amnistía posterior. A mediados de siglo, el Romanticismo va perdiendo fuerza y será sustituido por otro movimiento, el Realismo. Así, se suelen distinguir tres fases en el Romanticismo español: la etapa prerromántica, la etapa romántica y la etapa posromántica.
En el Romanticismo español se cultivaron distintos géneros y formas: la poesía, la prosa y el teatro. Se pueden destacar algunas características fundamentales de la poesía romántica: valoración de la inspiración sobre la elaboración rigurosa; los temas preferidos son el amor, la soledad, la libertad y la justicia social; importancia de la descripción de elementos naturales y de elementos artísticos e históricos, que se conciben como proyección de la intimidad del poeta, por lo que abundan paisajes agitados, agrestes o lúgubres, los cementerios, las ruinas….; en el lenguaje poético se acuñan símbolos que reflejan los conceptos románticos (el amor imposible, el misterio, la inspiración…) o los estados de ánimo (la melancolía,
la angustia, la desilusión…); el léxico adquiere connotaciones emotivas y abundan términos de los campos semánticos relacionados con sentimientos de dolor e insatisfacción, con la muerte y lo misterioso; la exaltación retórica se concreta en el abuso de adjetivos, interrogaciones, exclamaciones, apóstrofes…; y la métrica se caracteriza por una gran variedad (silva,
octava real, cuarteto, redondilla, quintilla…) y por la revitalización de metros populares (romance).
La poesía de esta etapa presenta dos vertientes fundamentales: la poesía lírica y la poesía narrativa, que con frecuencia se combinan en una misma composición. La poesía lírica, representada por José de Espronceda (1808-1842) y, ya en la etapa posromántica, por Gustavo Adolfo Bécquer (1805-1841) y Rosalía de Castro (1837-1885), se caracteriza por la exaltación del «yo» que conlleva el desbordamiento de las emociones más íntimas y la exhibición de los estados de ánimo del poeta. Dentro de la poesía narrativa, sobresalen autores como el propio Espronceda, Ángel Saavedra, duque de Rivas (1791-1865) y José Zorrilla (1817-1893).
Dentro de esta poesía predominantemente narrativa se pueden distinguir poemas históricos (El moro expósito, del duque de Rivas), simbólicos y filosóficos (El estudiante de Salamanca y El diablo mundo, de José de Espronceda), romances (el duque de Rivas) y leyendas en verso (José Zorrilla).
En la prosa, destacan la novela histórica (El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco), los relatos fantásticos y de misterio (Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer) los cuadros de costumbres (Escenas matritenses, de Ramón Mesonero Romanos, y Escenas andaluzas, de Serafín Estébanez Calderón) y, sobre todo, los artículos periodísticos de Mariano José de Larra (1809-1837), en los que el autor retrata de forma precisa la sociedad, la política y el arte de su época y las critica con ánimo de transformarlas (artículos de costumbres, artículos políticos y artículos literarios).
En el teatro, género que adquirió gran popularidad, todos los elementos se ponen al servicio de una finalidad emocional, ya que se busca conmover e impresionar al espectador. Los temas predilectos son la lucha del individuo por la libertad, el amor trágico y la fuerza del destino. Los personajes se guían por las pasiones y suelen estar marcados por el misterio. En las acotaciones se describen los ambientes, que son predominantemente lúgubres y retirados, y se precisan espectaculares efectos escénicos. La libertad creadora se manifiesta en la ruptura de las unidades clásicas de lugar, tiempo y acción; en la mezcla de lo trágico con lo cómico, lo dramático con lo lírico o la prosa con el verso, y en la estructura externa del drama, que se suele dividir en cinco actos. Los principales dramaturgos románticos fueron Ángel Saavedra, duque de Rivas (Don Álvaro o la fuerza del sino), y José Zorrilla (Don Juan Tenorio). Junto a ellos cabe destacar a Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), que escribió La conjuración de Venecia; a Antonio García Gutiérrez (1813-1884), autor de El trovador, y a Juan Eugenio Hartzenbuch (1806-1880), creador de Los amantes de Teruel.

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