Realidad y Simbolismo en La Casa de Bernarda Alba

Realidad y Poesía en La Casa de Bernarda Alba

Parece ser que La casa de Bernarda Alba estaría inspirada en algunos hechos reales. La familia Alba existió en la realidad, y el autor pudo observarla e inspirarse en ella allá por el año 1935.

Una casa cuyos enseres apuntan a un espacio típicamente andaluz: cortinas de yute rematadas con madroños y volantes, sillas de anea, gruesos muros, puertas con arcos, etc. Y, además, una casa caracterizada por la blancura de la misma, que simbólicamente se irá atenuando a medida que avance la obra (habitación blanca, en el segundo acto; paredes blancas ligeramente azuladas, en el tercero) hacia un tono azulado.

Junto al color blanco, el negro del luto, igualmente real e igualmente simbólico: vestidos negros, abanicos negros, etc. Es decir, un contraste entre el blanco y el negro que se acentúa especialmente en el acto III, cuando Martirio y Bernarda salen a escena en enaguas y con un mantón negro, y cuando, a la oscuridad de la noche, se le enfrenta el color blanco del caballo garañón.

La estructura social y el patriarcado

Por otra parte, en la obra se refleja a la perfección la sociedad patriarcal (matriarcal, en este caso) de aquellos años, que solía provocar infelicidad y sufrimiento, amén de escasa rebeldía. También se presenta con claridad cuál era el papel de la mujer y del hombre: “Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”.

Los matrimonios se solían acordar al margen de la opinión y la voluntad de los hijos, y se basaban mucho más en cuestiones económicas y sociales que amorosas o personales, como es el caso de la relación existente entre Pepe el Romano y Angustias. Él va por su dinero, por sus marjales y sus arboledas.

Una vez casada, a la mujer le correspondía cuidar la casa, como ámbito propio de la familia y no preguntar al marido por nada; hablarle y mirarlo cuando él lo hiciera, para así no tener disgustos: “No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos”.

Componentes realistas de la obra

Federico, el autor, aporta una serie de aspectos que reafirman ese componente realista de la misma:

  • Reflejo fiel de la compartimentada sociedad de la época, con sus diversos grupos sociales y con todos sus vicios y defectos.
  • Presencia de numerosos elementos costumbristas, que hacen referencia a modos de vestir, creencias, supersticiones y prácticas religiosas, etc. Y, de forma muy especial, la preocupación por el famoso y tópico “qué dirán”.
  • Uso de un lenguaje coloquial y directo.

Componentes poéticos y simbólicos

De otro lado, existen otros elementos que refuerzan ese componente poético y simbólico:

  • Presencia de numerosas metáforas, comparaciones, hipérboles y paralelismos morfosintácticos y semánticos.
  • Uso de símbolos clave:

Simbología principal

  • El agua: Se vincula con la sed de las muchachas; o sea, con su deseo sexual. El agua de los ríos es agua que da vida, que fecunda y que se asocia con el encuentro amoroso. En cambio, el agua de los pozos es símbolo de agua estancada, envenenada, de muerte.
  • Los colores: El contraste entre blanco y negro. Blanco como símbolo de vida, de amor y de libertad; negro como símbolo de represión y muerte. El verde se asocia con la esperanza y la vitalidad, opuesto a la triste monotonía del luto.
  • El trigo: Se relaciona con la fecundidad y con lo masculino. La paja del trigo se vincula al sexo.
  • El caballo garañón: Representa la fuerza natural, el instinto y la pasión desenfrenada. Se asocia a la figura de Pepe el Romano.
  • Las flores: Símbolo del amor, la pasión y el deseo sexual.
  • La oveja: La que lleva María Josefa al final de la obra puede aludir al sacrificio que va a hacer Adela, entregando su propia vida al servicio de la libertad.

Fuentes literarias

Algunos estudiosos hablan de posibles fuentes literarias manejadas por García Lorca:

  • El concepto del honor tan férreo que tiene Bernarda Alba enlazaría con toda la tradición literaria del teatro de nuestro Siglo de Oro, y muy especialmente el de Calderón de la Barca.
  • La forma de comportarse de los criados respecto de los señores, algo que había tenido una notable presencia en La Celestina.

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