Movimientos literarios españoles: Realismo, Modernismo, Novecentismo, Vanguardias y Generación del 27

Realismo y Naturalismo en España

El Realismo surge como una reacción al idealismo romántico, buscando retratar la realidad mediante la observación objetiva y un estilo sencillo. En España, la novela se convierte en el género dominante, evolucionando desde el costumbrismo inicial de autores como Fernán Caballero hacia dos corrientes: una conservadora, representada por José María de Pereda, y otra liberal-progresista, encabezada por Juan Valera y sus retratos femeninos.

La figura cumbre es Benito Pérez Galdós, quien reconstruyó la historia de España en sus Episodios nacionales y analizó la sociedad contemporánea en obras maestras como Fortunata y Jacinta. A su lado destaca Clarín, cuya novela La Regenta es el retrato definitivo de la hipocresía en la vida de provincias. Por otro lado, el Naturalismo (liderado en Francia por Zola) llega a España de forma más moderada gracias a Emilia Pardo Bazán, quien exploró los ambientes más degradados y el determinismo social.

En los demás géneros, la poesía abandonó la retórica excesiva con el realismo de Campoamor, aunque convivió con el posromanticismo de Bécquer y Rosalía de Castro. Finalmente, el teatro se diversificó para satisfacer a la burguesía con la alta comedia de Echegaray, al proletariado con el drama social de Dicenta, y al público popular a través del género chico, destacando el costumbrismo de los hermanos Álvarez Quintero y el casticismo de Arniches.

Modernismo y Generación del 98

A finales del siglo XIX surge el Modernismo, un movimiento internacional que reacciona contra el Realismo buscando la belleza sensorial, el lenguaje lujoso y el cosmopolitismo. Influenciado por el simbolismo francés y liderado por el nicaragüense Rubén Darío (Azul), se caracteriza por su exotismo y renovación métrica. En España, autores como Manuel Machado (Alma) y un joven Juan Ramón Jiménez adoptaron esta estética refinada y transgresora.

Paralelamente aparece la Generación del 98, considerada hoy la vertiente más reflexiva del modernismo español. Estos autores compartían una visión pesimista de España y una devoción por el paisaje castellano, utilizando una prosa fluida y lírica. Azorín fue clave en definir al grupo, mientras que Miguel de Unamuno centró su obra en el conflicto entre fe y razón (Niebla). Pío Baroja se consolidó como el gran narrador con obras como El árbol de la ciencia, y Valle-Inclán destacó por su evolución desde el esteticismo de sus Sonatas hacia una literatura mítica y brutal.

En cuanto al teatro previo a 1936, existía una clara división. Por un lado, triunfaba un teatro comercial y burgués, poco arriesgado, representado por la comedia de Jacinto Benavente, el teatro poético de Marquina y los géneros cómicos de Arniches o Muñoz Seca (La venganza de Don Mendo). Por otro lado, figuras como Unamuno y, especialmente, Valle-Inclán con su innovador esperpento (Luces de Bohemia), propusieron un teatro transgresor y de alta calidad que, aunque rechazado inicialmente por el gran público, buscaba la regeneración artística que más tarde continuaría el Grupo del 27.

Novecentismo: transición y ensayo

A principios del siglo XX, el Novecentismo o Generación del 14 surge como un movimiento de transición que busca la modernización intelectual de España, alejándose del sentimentalismo del 98 y del adorno modernista en favor de un arte más racional, pulcro y europeo.

El ensayo: el género central. El ensayo fue la herramienta principal para difundir sus ideales de rigor y objetividad. Su figura cumbre es José Ortega y Gasset, guía espiritual del grupo, quien en La deshumanización del arte teorizó sobre un arte nuevo, intelectual y alejado de las pasiones populares. Otros autores clave fueron Eugenio D’Ors, que acuñó el término «novecentismo», y Gregorio Marañón, quien aplicó el análisis clínico a la biografía histórica.

La novela intelectual. La narrativa novecentista abandonó el realismo tradicional para centrarse en la experimentación y el intelecto. Destacan dos autores:

  • Ramón Pérez de Ayala: evolucionó desde el realismo autobiográfico hacia la novela de temas universales, destacando su obra maestra Belarmino y Apolonio.
  • Gabriel Miró: maestro de la descripción y el lenguaje sensorial, cuya obra transita desde el erotismo decadente hacia la reflexión existencial en títulos como Nuestro padre San Daniel.

Juan Ramón Jiménez y la poesía

Juan Ramón Jiménez, aunque vinculado cronológicamente a esta generación, trazó un camino propio hacia la «belleza absoluta». Su obra se divide en tres etapas fundamentales:

  • Etapa sensitiva: influenciada por el Modernismo y Bécquer, centrada en la melancolía y el simbolismo (Arias tristes). A esta época pertenece también su famosa prosa poética Platero y yo.
  • Etapa intelectual: con su viaje a EE. UU. nace la «poesía pura», despojada de adornos. El mar se convierte en el tema central en Diario de un poeta recién casado.
  • Etapa suficiente: escrita en el exilio, donde alcanza una dimensión mística y una obsesión por la eternidad y el «dios» que habita en la belleza (Animal de fondo).

Vanguardias: los «ismos» y su impacto

El convulso inicio del siglo XX, marcado por crisis y guerras, propició la aparición de las vanguardias (o «ismos»): movimientos efímeros que rompieron con el pasado mediante manifiestos y un lenguaje radicalmente original.

Los ismos europeos

Las vanguardias nacieron en París y se extendieron por Europa con propuestas diversas:

  • Futurismo: exaltación de la tecnología, las máquinas y la velocidad.
  • Dadaísmo: reacción contra la guerra que apuesta por lo absurdo, lo infantil y lo ilógico.
  • Expresionismo: defensa del individuo frente a una sociedad deshumanizada.
  • Cubismo: introducción de los caligramas (poemas visuales).
  • Surrealismo: el movimiento más influyente, centrado en la liberación del subconsciente y los sueños.

La vanguardia en España

La renovación llegó de la mano de Ramón Gómez de la Serna, quien difundió estos aires nuevos y creó la greguería (humor + metáfora). Bajo su impulso y el de Vicente Huidobro, se asentaron dos corrientes clave:

  • Creacionismo: el poeta no imita la naturaleza, sino que crea realidades nuevas.
  • Ultraísmo: rechaza el sentimentalismo, usa el verso libre y ensalza la modernidad.

El esperpento: caso único español donde Valle-Inclán deformó la realidad de forma grotesca para criticar la sociedad, destacando su obra maestra Luces de Bohemia.

La vanguardia en Hispanoamérica

La experimentación estética también floreció al otro lado del Atlántico con figuras fundamentales:

  • Vicente Huidobro: chileno y padre del creacionismo (El espejo de agua).
  • Jorge Luis Borges: vinculado al ultraísmo, creó una poesía intelectual llena de símbolos y paradojas en Fervor de Buenos Aires.
  • Surrealismo y humanismo: autores como César Vallejo (Trilce) y Pablo Neruda (Residencia en la Tierra) fusionaron la experimentación vanguardista con una profunda carga humana, influyendo en generaciones posteriores como la de Octavio Paz.

La Generación del 27: síntesis y esplendor lírico

La Generación del 27 representa el momento de mayor esplendor de la lírica española moderna, configurándose como un grupo de amigos y artistas —vinculados a la Residencia de Estudiantes— que lograron una síntesis perfecta entre la tradición literaria (desde Góngora hasta Bécquer) y la ruptura de las vanguardias. Este grupo, que incluye también a las mujeres artistas de Las Sinsombrero como Rosa Chacel o María Teresa León, evolucionó desde una primera etapa de «poesía pura» e intelectual influenciada por Juan Ramón Jiménez, hacia una segunda fase de «rehumanización» donde el surrealismo permitió expresar sentimientos más profundos y sociales. Tras la Guerra Civil, el grupo se dispersó, marcando su etapa final por el dolor del exilio y la angustia existencial.

Dentro del grupo destacan perfiles muy definidos. Jorge Guillén y Pedro Salinas representaron la vertiente más intelectual; el primero con su optimismo vital en Cántico y el segundo con su esencial exploración del amor en Razón de amor. Por su parte, Gerardo Diego alternó la vanguardia con lo tradicional, mientras que Rafael Alberti transitó desde el neopopularismo de Marinero en tierra hacia el atormentado surrealismo de Sobre los ángeles. La voz de la nostalgia y el conflicto entre «la realidad y el deseo» fue propiedad de Luis Cernuda, mientras que Vicente Aleixandre (Premio Nobel) y Dámaso Alonso aportaron una visión del ser humano a través del surrealismo y, en la posguerra, de una poesía desarraigada como la de Hijos de la ira.

Finalmente, el genio de Federico García Lorca unificó de forma magistral la poesía y el teatro. En su lírica, fundió lo popular y lo moderno con obras como Romancero gitano y la denuncia social de Poeta en Nueva York. En su producción teatral, Lorca alcanzó la cumbre con sus tragedias rurales, donde personajes femeninos simbolizan la lucha entre la libertad del deseo y la represión de las normas sociales, desembocando siempre en un destino trágico. Obras como Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba consolidaron su legado como uno de los dramaturgos más importantes de la literatura universal.

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