La prosa del siglo XVIII

La prosa del siglo XVIII



La prosa narrativa:

las obras tienen un carácter doctrinal y pretenden difundir las ideas ilustradas o contribuir a reformar la sociedad del momento. La mayoría escrita en prosa.
El concepto de Literatura del XVIII favorecía que incluyera todo escrito que atañía a cualquier rama del saber. Son frecuentes los libros referidos a múltiples disciplinas, muchas de ellas típicas de la nueva cultura ilustrada: la Historiografía, la Literatura anticuaria (Arqueología, Epigrafía, Numismática, Toponimia…), la Economía, la Política, el Derecho, la Religión, los textos científicos (Matemáticas, Medicina, Botánica, Química…), los escritos artísticos, los tratados musicales, la teoría e historia literarias, la Filología, etc.

Muy importante la labor editorial en esta época: traducciones del latín y del griego, publicación de obras bilingües, edición de textos clásicos castellanos medievales y de los siglos XVI y XVII, etc.

Primeras publicaciones periódicas. El desarrollo de los periódicos resultó difícil tanto por las limitaciones materiales, como por la censura cuando las críticas iban más allá de lo permitido. Para la prosa literaria, la prensa tuvo la virtud de contribuir a forjar un estilo más ágil y directo, alejándose del retorcimiento expresivo barroco, y sirvió de cauce adicional para la difusión de los propios textos creativos.

Muy próximas a la prensa periódica son otras publicaciones como las revistas especializadas, las misceláneas de curiosidades, los almanaques, calendarios y pronósticos (especie de horóscopos de hoy), la literatura por entregas…

Crecimiento del consumo literario y la ampliación del público lector.
La prosa de ficción es muy escasa en esta época. Aunque continúa existiendo una literatura costumbrista e incluso se publican libros de viajes. La prosa estrictamente narrativa desaparece en la transición entre los siglos XVII y XVIII y son contadas las novelas que se publican durante el resto del siglo ilustrado. De hecho, los géneros narrativos aparecidos en el XVIII (novela epistolar-racionalista, novela filosófica, novela libertina, novela gótica) tuvieron escasa repercusión en España, como consecuencia del control por la Inquisición, en el XVIII centró su lupa en los textos literarios narrativos, que en Europa servían de cauce a las nuevas ideas ilustradas y revolucionarias, y persiguió obras de autores como Rousseau o Voltaire, otras con carácter erótico o pornográfico y aquellas que suponían algún tipo de transgresión. 

los géneros narrativos del XVII se encontraban ya agotados y ni la intención didáctica ni las poéticas neoclásicas, que postulaban una estricta división de géneros literarios en lírica, épica y dramática, favorecían tampoco el desarrollo de la prosa de ficción. Resultado de todo ello son las escasas obras que pueden considerarse novelas en el siglo XVIII. Destacados algunos autores de prosa narrativa.

DIEGO DE TORRES VILLARROEL (1694-1770). Su obra literaria revela la pervivencia durante buena parte del XVIII de los gustos barrocos. Se consideró seguidor de Quevedo y expresamente tituló una de sus obras Visiones y visitas de Torres con Quevedo por Madrid. Escribió también un conjunto de Sueños, en los que, al igual que Quevedo, dirige sus dardos críticos hacia médicos, alguaciles, nobles, etc., pero se aparta de su modelo en que su sátira es mucho más concreta y no tiende a complacerse simplemente en el juego lingüístico, con lo que anticipa ciertas actitudes de los ilustrados de fin de siglo. Su obra más importante es una especie de autobiografía novelada: Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres Villaroel.

JOSÉ FRANCISCO DE ISLA (1703-1781). Publicó en 1758 una especie de novela satírica: Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes. En ella ridiculiza la retórica eclesiástica barroca a través de fray Gerundio, un predicador disparatado, cuyos sermones son ejemplo de la retórica barroca, desproporcionada y absurda, empleada en la oratoria sagrada.

La prosa ensayística


JOSÉ CADALSO


Nació en Cádiz en 1741. Ingresó en el colegio jesuita de Cádiz a los cinco años y a los nueve marchó a París a otro colegio de la Compañía. Con diecisiete años llegó a Madrid para estudiar en el Seminario de Nobles, también regentado por los jesuitas, donde permaneció hasta 1760. Tras un nuevo viaje por Europa, inició su carrera militar y en Madrid frecuentó los ambientes más selectos. Trabó entonces amistad con escritores como Nicolás Fernández de Moratín. Pero en 1768 su vida sufrió un brusco cambio al ser desterrado a Zaragoza bajo la acusación de haber redactado un texto que satirizaba las costumbres de la aristocracia cortesana. Tras regresar a Madrid, hubo de trasladarse en 1773 a Salamanca, donde entabló relación con el fértil grupo ilustrado de la ciudad y particularmente con Meléndez Valdés. Durante esta década de los setenta escribe la mayor parte de sus obras literarias, en tanto que sufre diversos cambios de destino que lo llevan a renegar de la profesión militar. Poco después de haber sido ascendido a coronel, murió durante un asalto a Gibraltar en 1782. De todos los géneros que cultivó, es en la prosa donde Cadalso alcanza sus mayores logros.

Escribió diversas obras de carácter técnico relacionadas con su profesión militar y se conservan también cartas suyas, muchas de ellas dirigidas a escritores contemporáneos como Iriarte o Meléndez y muy interesantes al proporcionar claves del mundillo literario de la época y de las preocupaciones creativas del propio Cadalso.

Redactó varios escritos autobiográficos que nos permiten conocer episodios de su vida. Pero son tres obras propiamente literarias las que nos dan la talla de Cadalso como escritor: Los eruditos a la violeta (1772), Noches lúgubres (compuesta probablemente en 1772) y Cartas marruecas, su obra cumbre. Conviven en Cadalso los ideales ilustrados con cierta añoranza de un pasado glorioso que se sabe que no volverá. Ello hace que alternen en su obra los pasajes esperanzados, en los que puede comprobarse su confianza en el éxito de las reformas propuestas por los pensadores de su tiempo, y los momentos en que aparece el intelectual decepcionado y escéptico, consciente de las dificultades de esos intentos reformistas e incluso, en alguna ocasión, desilusionado con los seres humanos mismos, cuya naturaleza y condición no siempre confirman la idea dieciochesca de la bondad innata de los hombres.

El ideal estilístico de la prosa de Cadalso es la sobriedad y contención. Pretende con ello alejarse de la retórica barroca y afirmar la utilización de una lengua más llana y sencilla. Ello no quiere decir que Cadalso no sea sumamente cuidadoso en el uso de una lengua que se adecua a las características particulares de cada una de sus obras. Así, el tono sentimental de las Noches lúgubres se aviene bien con una prosa poética en la que se ha advertido la presencia de numerosos endecasílabos y la utilización consciente de recursos retóricos como la anteposición de adjetivos, las frecuentes enumeraciones y aposiciones o las figuras literarias que pretenden excitar la sensibilidad del lector. Sin embargo, en las Cartas marruecas predomina el tono conversacional apropiado al intercambio de opiniones de personajes.

GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS


(1744-1811). Es el personaje que mejor representa la Ilustración española. Nació en Gijón y desde muy joven desarrolló una intensa actividad intelectual, cívica y política. Durante el reinado de Carlos III ocupó diversos cargos públicos y fue persona muy influyente. La subida al trono de Carlos IV y los sucesos revolucionarios de Francia le acarrearon graves sinsabores que culminaron en su destierro a Asturias. Allí prosiguió su labor ilustrada con la creación del Instituto de Estudios Asturianos, en donde llevó a la práctica sus ideas innovadoras sobre la educación. En 1979 Godoy lo nombró ministro de Justicia, pero la oposición de los sectores tradicionales le hizo volver a Gijón, donde fue detenido en 1801. Sufrió una durísima prisión en el castillo de Bellver de Mallorca. Quedó en libertad con la invasión napoleónica de 1808 y no aceptó un ministerio en el gobierno del rey José I, pese a la retirada solicitud de intelectuales amigos suyos que abrazaron la causa de los afrancesados. Jovellanos prefirió formar parte, representando a Asturias, de la Junta Central, gobierno provisional que dirigía la lucha contra los franceses. En este tramo final de su vida, tras las duras pruebas personales sufridas, dominan en él el desaliento y el escepticismo, fruto de la incomprensión y la persecución de los medios más reaccionarios, y sobrepasado por los acontecimientos de la Revolución Francesa y por el decidido progresismo de las Cortes de Cádiz, excesivo ya para el anciano ilustrado asturiano.

La producción escrita es bastante amplia, la literaria es realmente escasa. Compuso poemas, como la Sátira a Arnesto, en la que critica el majismo (la nobleza de la época imita costumbres propias de las clases populares). Escribió también dos piezas teatrales: una tragedia, Pelayo (1769), con la que intenta contribuir a la creación de una tragedia de temas nacionales, y El delincuente honrado (1774), comedia sentimental que sigue el modelo de las comedias lacrimosas francesas, en la que, mediante el uso de recursos que pretenden conmover al espectador, defiende una aplicación humanitaria de las leyes y critica con dureza el empleo de la tortura. Descuella como escritor es en sus textos en prosa, en los que aborda los problemas más importantes del país y expone sus ideas de reforma para solventarlos. Merecen destacarse: Memoria sobre espectáculos y diversiones públicas (1790), donde propugna que las formas de entretenimiento estén incluidas en los planes ilustrados de reforma; así, critica espectáculos sangrientos como las corridas de toros, defiende la libertad en los bailes y fiestas populares y postula un tipo de teatro que se ajuste a las reglas neoclásicas.
Informe sobre la ley agraria (1794), en el que analiza las causas del atraso de la agricultura española y propone los remedios para modernizarla: tipos y sistemas de cultivo, regadíos, capacitación de los campesinos, desamortización de las poco productivas tierras de la Iglesia y la nobleza, etc. De aplicarse estos principios, se hubieran puesto en peligro las bases de la sociedad estamental, por lo que se granjeó Jovellanos la enemistad de los más poderosos.

Algunas de sus ideas fueron llevadas a la práctica bien entrado el siglo XIX. Memoria sobre educación pública(1802), obra representativa de su permanente preocupación pedagógica. Para Jovellanos, la educación es la base de la prosperidad de la nación, por lo que había que promover las ciencias útiles y acabar con la rutina escolástica. Insiste en impulsar los métodos experimentales y da mucha importancia a la realización de prácticas dentro de algunas asignaturas, defiende que la enseñanza sea impartida en castellano y no en latín y considera necesario que los alumnos aprendan otras lenguas modernas. Se añaden propuestas como que los alumnos realicen lecturas complementarias, que los centros cuenten con buenas bibliotecas y que los profesores sean guías y consejeros antes que meros vigilantes. Muy significativos son también otros textos suyos carentes de intención didáctica, como sus cartas o sus Diarios, donde queda de manifiesto la aguda sensibilidad de para la percepción de la naturaleza.

Características del teatro



El teatro es el género de mayor importancia social. Se convirtió en una verdadera escuela pública desde la que se difundieron las ideas reformistas y pedagógicas. En las primeras décadas perviven las comedias barrocas: comedias de magia; comedias de santos; comedias de figurón, herederas de las de capa y espada; comedias heroico-militares. Los Ilustrados se rebelaron contra la influencia de la comedia del Siglo de Oro. Se producen continuas luchas entre reformadores, que pretenden restablecer los preceptos clásicos corrigiendo así la inverosimilitud y desorden, y tradicionalistas. Nace a mediados del siglo XVIII vinculado a las ideas ilustradas. Está dirigido a la clase media y posee un propósito didáctico. 

Rasgos:


Total separación de géneros. Sometimiento a la regla clásica de las tres unidades: una sola acción que se desarrolla en un solo lugar y en un tiempo máximo de 24 horas. Finalidad didáctica. Planteamiento verosímil. Estructuración de la obra en tres actos. Los géneros más representados son la tragedia y la comedia.

Tragedia neoclásica:



Se basa en la griega o la francesa. Aborda temas de la Antigüedad clásica o de la historia nacional. Se trata de obras que respetan las tres unidades clásicas y están escritas en versos endecasílabos y en tres actos.

Destacan:

Nicolás Fernández de Moratín: Hormesinda , sobre un episodio histórico de la época de don Pelayo. Vicente García de la Huerta: Raquel, que cuenta los amores de una judía en la corte del rey Alfonso VIII en Toledo.

La comedia


Es el género teatral típicamente ilustrado. Hallamos autores como Nicolás Fernández de Moratín con La Petimetra y Tomás de Iriarte con El señorito mimado. El más destacado de todos los autores es Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), hijo de Nicolás. Participó en la reforma de los teatros. Fue uno de los grandes intelectuales de su tiempo. Defendió el Neoclasicismo y el lenguaje cuidado y sencillo. Su influencia llega hasta el siglo XIX. Entre sus obras destacan:
El sí de las niñas: Desarrolla el tema de la autoridad mal ejercida por parte de padres y tutores sobre las mujeres jóvenes. El pensamiento ilustrado se hace patente en el triunfo de la virtud, de la razón y de la obediencia. Se desarrolla en una posada de Alcalá de Henares entre las siete de la tarde y las cinco de la mañana del día siguiente. Escribe también otras obras como La comedia nueva o el café y La mojigata.

Durante esta época se desarrolla también un teatro de carácter popular: Los sainetes, cuyo autor más representativo es don Ramón de la Cruz (1731- 1794): La Plaza Mayor por Navidad y Manolo. En sus obras refleja la vida popular madrileña ylas costumbres de la clase media con tono amble y superficial, aunque cultivó también el sainete satírico para censurar tipos y actitudes de su época.
El sainete es una pieza teatral breve de carácter cómico que se representaba en los entreactos de las obras mayores. Es un continuador del entremés, del que se aparta en los tipos y recursos utilizados, puesto que los del entremés se encontraban ya completamente desvirtuados. En su intención de acercamiento a la realidad, el sainete dramatiza situaciones extraídas de la vida cotidiana y coloca en escena personajes característicos de la época, lo que hace de él un precedente de la moderna comedia burguesa de costumbres. Pero el carácter cómico y popular de estas piezas breves les atrajo la oposición de los defensores del neoclasicismo. El sainete ponía en cuestión la tajante división de los géneros y distraía al público en los entreactos, con lo que propiciaba su dispersión y hacía más difícil el propósito didáctico de la obra principal. Destruía la ilusión teatral, y su efecto distanciador restaba verosimilitud a la obra mayor, por lo cual dificultaba la transmisión al espectador de la lección que se le quería ofrecer. De ahí la oposición tajante a este género breve de Samaniego, Iriarte o Moratín, aunque el más destacado autor es Ramón de la Cruz (1731-1794).

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