Literatura española del siglo XX: Novecentismo, Vanguardias, Generación del 27 y teatro y poesía posguerra

La fundación (Antonio Buero Vallejo)

La fundación, escrita por Antonio Buero Vallejo y estrenada en 1974, se publica en los últimos años del franquismo, en un contexto de fuerte censura política y limitación de libertades. Buero Vallejo, que había sido encarcelado tras la Guerra Civil por su vinculación con el bando republicano, conocía de primera mano la realidad de las prisiones franquistas. Este hecho resulta fundamental para comprender la obra, ya que el drama se sitúa aparentemente en una institución benéfica, pero progresivamente se revela como una cárcel. El contexto histórico condiciona tanto el argumento como el sentido simbólico del texto, que denuncia la alienación y la represión ideológica.

Contexto teatral y estético

La fundación se inscribe dentro del teatro posterior a 1939, concretamente en la línea del teatro existencial y social desarrollado durante el franquismo. Frente al teatro comercial y evasivo de la época, Buero apuesta por un teatro comprometido que invita a la reflexión crítica del espectador. La obra combina elementos realistas con procedimientos simbólicos y técnicas innovadoras, como el desdoblamiento entre realidad y ficción que experimenta el protagonista, Tomás. Temáticamente, aborda la culpa, la responsabilidad individual, la esperanza y la lucha por la verdad. Desde el punto de vista estilístico, destaca el uso del espacio escénico como símbolo y la progresiva transformación del decorado, que acompaña el proceso de toma de conciencia del personaje. Dentro de este mismo marco teatral pueden situarse obras como Historia de una escalera del propio Buero o Escuadrón hacia la muerte de Alfonso Sastre, que también plantean una reflexión crítica sobre la sociedad española de posguerra.

La importancia de La fundación en su contexto histórico y cultural radica en su capacidad para sortear la censura mediante el simbolismo. La obra da sentido a su época porque representa la alienación del individuo en una sociedad represiva y la necesidad de asumir la verdad, por dolorosa que sea. El personaje de Tomás encarna la evasión ante una realidad traumática, pero también la posibilidad de redención a través de la conciencia. La experiencia personal de Buero Vallejo en prisión influye claramente en la construcción del espacio dramático y en la verosimilitud psicológica de los personajes. Además, la obra continúa la tradición del teatro ético europeo, heredera en parte del existencialismo, y consolida un modelo de teatro crítico que influirá en dramaturgos posteriores.

Como valoración final, considero que La fundación sigue siendo una obra de gran actualidad, ya que plantea cuestiones universales como la responsabilidad moral, la manipulación ideológica y la necesidad de enfrentarse a la verdad. Su fuerza dramática ha permitido múltiples montajes teatrales contemporáneos que reinterpretan el texto desde nuevas perspectivas escénicas. La vigencia de la obra demuestra que el teatro posterior a 1939 no fue solo un testimonio de su tiempo, sino también una reflexión profunda sobre la condición humana. En definitiva, Buero Vallejo consigue convertir una experiencia histórica concreta en un drama universal que interpela al espectador más allá de su contexto original.

Novecentismo

El Novecentismo, también conocido como Generación del 14, es un movimiento cultural e intelectual que surge en España en torno a 1914, entre la Generación del 98 y la Generación del 27. Está formado por intelectuales con sólida formación universitaria que pretenden modernizar el país mediante la razón y el rigor científico. Frente al pesimismo existencial de los autores del 98, los novecentistas adoptan una actitud más racional, objetiva y europeísta, confiando en que España puede avanzar si se aproxima a los modelos culturales y científicos de Europa.

Rasgos principales

Entre sus rasgos principales destacan la formación universitaria y el espíritu científico de sus miembros, su optimismo moderado ante los problemas nacionales y su defensa de una minoría culta capaz de dirigir la renovación cultural del país. Consideran que el arte y el pensamiento no deben dirigirse a las masas, sino a una élite preparada intelectualmente. Por ello, su estilo suele ser claro, preciso y elaborado, evitando el sentimentalismo y el subjetivismo excesivo.

El género literario más importante del Novecentismo es el ensayo, especialmente en la obra de José Ortega y Gasset, figura central del movimiento. En el ensayo filosófico desarrolla la teoría de la “razón vital”, que combina el vitalismo y el racionalismo, defendiendo que la vida y la razón no pueden separarse. En el ensayo estético, especialmente en La deshumanización del arte (1925), sostiene que el arte debe ser intelectual, minoritario y alejado de lo sentimental y de la realidad cotidiana. En el ensayo sociológico analiza los problemas de España, como el particularismo regional y la falta de cohesión nacional, temas que trata en España invertebrada (1930).

Novelística y poesía

En narrativa, los autores novecentistas continúan el Modernismo, pero acentúan el intelectualismo y el cuidado formal. La novela se concibe como una obra artística autónoma, más preocupada por el estilo y la reflexión que por la acción. Destaca Gabriel Miró, que estiliza la realidad con un lenguaje muy elaborado; Ramón Pérez de Ayala, representante de la novela intelectual; y Ramón Gómez de la Serna, que introduce un tono más innovador y cercano a las vanguardias, alejándose de la realidad tradicional.

En poesía destaca especialmente Juan Ramón Jiménez, cuya obra evoluciona desde una primera etapa modernista y sensitiva hacia una poesía cada vez más pura e intelectual. En su segunda etapa busca la llamada “poesía pura”, eliminando lo anecdótico y lo sentimental para centrarse en la esencia poética. Finalmente, en su etapa del exilio, su poesía adquiere un tono más metafísico y reflexivo, con uso frecuente del verso libre.

En conclusión, el Novecentismo supone una etapa de transición entre el Modernismo y las Vanguardias. Representa la consolidación de una literatura más intelectual, racional y europeísta, que defiende la autonomía del arte y el papel de las minorías cultas en la renovación cultural de España. Su influencia será fundamental para el desarrollo posterior de la Generación del 27.

Vanguardias

Las Vanguardias son un conjunto de movimientos artísticos y literarios que surgen en Europa a comienzos del siglo XX, aproximadamente entre 1907 y los años treinta. Aparecen en un contexto marcado por la Primera Guerra Mundial (1914) y la crisis de 1929, acontecimientos que provocan una profunda ruptura con los valores tradicionales. Las vanguardias rechazan el arte anterior y buscan la innovación radical, la experimentación formal y la provocación. Su objetivo es romper con el realismo y crear un arte nuevo acorde con la modernidad.

Movimientos principales

Uno de los primeros movimientos fue el Cubismo, iniciado en pintura por Pablo Picasso con obras como Las señoritas de Avignon (1907). El cubismo descompone la realidad en formas geométricas y ofrece múltiples puntos de vista simultáneamente. En literatura, esta tendencia influye en la fragmentación del lenguaje y en la ruptura de la estructura tradicional del texto.

El Futurismo, fundado por Filippo Tommaso Marinetti con su Manifiesto futurista (1909), exalta la velocidad, la tecnología, la ciudad moderna y la máquina. Rechaza el pasado y la tradición, defendiendo una estética dinámica y agresiva. En poesía se introducen innovaciones tipográficas y se eliminan los signos de puntuación para transmitir sensación de movimiento.

El Expresionismo, desarrollado sobre todo en Alemania, expresa una visión subjetiva y angustiosa de la realidad. En pintura destacan artistas como Edvard Munch, autor de El grito, y Ernst Ludwig Kirchner, vinculado al grupo “El Puente”. En literatura española, esta estética influye en el esperpento de Ramón María del Valle-Inclán, especialmente en Luces de Bohemia (1920), donde se deforma la realidad para mostrar su lado más grotesco.

El Dadaísmo, fundado en 1916 por Hugo Ball en el Cabaret Voltaire de Zúrich, propone la negación total del arte tradicional. Defiende el absurdo, el azar y la provocación. Un ejemplo plástico es L.H.O.O.Q. de Marcel Duchamp, que parodia una obra clásica. El dadaísmo rechaza la lógica y busca escandalizar al público como forma de protesta ante la sociedad burguesa.

Creacionismo, Ultraísmo y Surrealismo

El Creacionismo, impulsado por el poeta chileno Vicente Huidobro, defiende que el poeta no debe imitar la realidad, sino crear una nueva. En su obra Altazor (1931) experimenta con el lenguaje hasta llegar a la descomposición de las palabras. Muy relacionado con él está el Ultraísmo, movimiento español y argentino que busca la condensación expresiva y la eliminación de elementos ornamentales. Su principal representante en lengua hispana es Jorge Luis Borges, con obras como Luna de enfrente (1925).

El movimiento más influyente fue el Surrealismo, iniciado por André Breton con el Manifiesto surrealista (1924). Se basa en las teorías del psicoanálisis de Sigmund Freud y pretende liberar el subconsciente mediante la escritura automática y las imágenes oníricas. En pintura destaca Salvador Dalí con La persistencia de la memoria (1931). En el ámbito hispanoamericano, el surrealismo influye en poetas como César Vallejo, Pablo Neruda y Octavio Paz, quienes desarrollan una poesía de imágenes irracionales y gran intensidad expresiva.

Además, en Hispanoamérica surgen otras corrientes vinculadas a la renovación vanguardista, como la poesía de la negritud de Nicolás Guillén, la poesía experimental de Nicanor Parra y la poesía comprometida de Ernesto Cardenal, que incorporan elementos sociales, musicales y coloquiales.

En conclusión, las Vanguardias suponen una ruptura radical con la tradición artística anterior y abren el camino a la literatura y el arte contemporáneos. Se caracterizan por la experimentación formal, el rechazo del realismo y la búsqueda constante de nuevas formas de expresión, influyendo decisivamente en la literatura española e hispanoamericana del siglo XX.

Generación del 27

La Generación del 27 es un grupo de poetas que se dio a conocer en 1927 con motivo del homenaje a Góngora celebrado en el Ateneo de Sevilla. En ese encuentro participaron jóvenes escritores que compartían amistad, formación intelectual y admiración por la tradición literaria española. Entre ellos se encontraban Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, entre otros. También formaron parte del grupo autoras conocidas como “Las Sinsombrero”, como Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Carmen Conde y Josefina de la Torre.

La Generación del 27 se caracteriza por lograr una síntesis entre elementos aparentemente opuestos: tradición y renovación, clasicismo y vanguardia, lo popular y lo culto, lo español y lo universal. Admiraron a autores como Góngora y los clásicos del Siglo de Oro, pero también se dejaron influir por las Vanguardias europeas y por poetas contemporáneos como Juan Ramón Jiménez y los autores del 98. Supieron combinar la poesía pura con la expresión de sentimientos humanos, evolucionando desde una etapa inicial más estética hacia otra más comprometida y existencial.

Temas y etapas

En cuanto a los temas, destacan el destino, que puede ser individual, amoroso o colectivo; el entorno, representado por la ciudad moderna y la naturaleza; y el amor, tratado desde una perspectiva intelectual o apasionada. La ciudad aparece muchas veces como símbolo de modernidad y también de deshumanización, especialmente en la obra de Lorca. La naturaleza, en cambio, suele asociarse a la pureza o a la nostalgia, como ocurre en la poesía de Alberti. El amor es un tema central en Salinas o Cernuda, mientras que el compromiso político cobra importancia en algunos autores durante la Segunda República y la Guerra Civil.

La evolución del grupo se divide en tres etapas. La primera, hasta 1927, combina tradición y vanguardia. En ella aparecen tendencias como el ultraísmo y el creacionismo, la poesía pura —influida por Juan Ramón Jiménez— y el neopopularismo, que recupera formas tradicionales. En esta fase destacan obras como Cántico de Guillén o el Romancero gitano de Lorca.

La segunda etapa, entre 1927 y 1936, se caracteriza por la rehumanización de la poesía. Muchos autores adoptan el surrealismo, influido por Freud y por el contexto político y social. Ejemplo de ello es Poeta en Nueva York de Lorca o Espadas como labios de Aleixandre. También surge un tono neorromántico en obras como La voz a ti debida de Salinas o Donde habite el olvido de Cernuda, así como una poesía social y comprometida en Alberti o Prados.

La tercera etapa comienza tras la Guerra Civil en 1939 y se caracteriza por la diáspora y el exilio de muchos autores. Algunos marcharon a América o a otros países europeos, mientras que otros permanecieron en España. En esta etapa se desarrolla un humanismo angustiado, visible en Hijos de la ira de Dámaso Alonso. Se habla entonces de poesía arraigada y desarraigada, según la actitud ante la realidad de la posguerra.

En conclusión, la Generación del 27 constituye uno de los momentos más brillantes de la poesía española del siglo XX. Supieron unir tradición y modernidad con gran calidad estética y evolucionaron desde una poesía pura y vanguardista hacia una poesía más humana y comprometida, marcada finalmente por el trauma de la Guerra Civil y el exilio.

Poesía posterior a 1939

La poesía posterior a 1939 se desarrolla en un contexto marcado por la Guerra Civil y la dictadura franquista. Tras el conflicto, España queda sumida en una profunda crisis política, social y cultural, lo que influye directamente en la literatura. Durante la España de Franco (1939-1978) se distinguen cuatro etapas —Autarquía, Adaptación, Desarrollo y Decadencia— que reflejan la evolución política y social del país y determinan las distintas corrientes poéticas.

Etapas y corrientes

En la etapa de Autarquía (1939-1950), la poesía queda condicionada por la muerte y el exilio de muchos autores, como Antonio Machado, Federico García Lorca o Miguel Hernández, mientras que otros, como León Felipe, escriben desde fuera de España con tono de denuncia. En el interior surgen dos corrientes: la poesía arraigada, que acepta el régimen y defiende valores tradicionales con formas clásicas como el soneto (Dionisio Ridruejo, Leopoldo Panero, Luis Rosales), y la poesía desarraigada, que expresa angustia existencial, dolor y crisis religiosa con un lenguaje más desgarrado. Su obra clave es Hijos de la ira de Dámaso Alonso, junto a autores como Vicente Aleixandre, Carmen Conde y Ángela Figuera.

En el período de Adaptación (1945-1962) aparece la poesía social, influida por el compromiso defendido por Jean-Paul Sartre. La poesía se convierte en instrumento de denuncia y se dirige “a la inmensa mayoría”, con un lenguaje claro y coloquial. Los temas centrales son la injusticia, la falta de libertad y la solidaridad. Destacan Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro y Gloria Fuertes.

Durante el Desarrollo (1959-1973) surge la poesía crítica, que mantiene la preocupación por la realidad pero recupera el lirismo y utiliza la ironía. Se profundiza en la reflexión personal y en el análisis del paso del tiempo. Entre los autores más importantes están Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Claudio Rodríguez.

En la etapa final del franquismo (1966-1978) aparecen los Novísimos, difundidos por José María Castellet. Se alejan del realismo social y apuestan por la experimentación, el culturalismo y la autonomía del arte. Destacan Pere Gimferrer, Leopoldo María Panero, Manuel Vázquez Montalbán y Luis Alberto de Cuenca.

Desde 1978 hasta la actualidad, en la España democrática, la poesía se caracteriza por la pluralidad de tendencias y la libertad temática. Conviven corrientes intimistas, experimentales y culturales, con nuevas voces como Blanca Andreu, Ana Merino o Agustín Fernández Mallo.

En conclusión, la poesía posterior a 1939 evoluciona desde la división entre poesía oficial y poesía angustiada, pasa por el compromiso social y la crítica, y culmina en una etapa de experimentación y diversidad propia de la democracia, reflejando siempre el contexto histórico en el que se desarrolla.

Teatro posterior a 1939

El teatro posterior a 1939 está marcado por la Guerra Civil y la dictadura franquista. Durante la España de Franco (1939-1978) se distinguen cuatro etapas —Autarquía, Adaptación, Desarrollo y Decadencia— que reflejan la evolución histórica y condicionan las distintas corrientes teatrales.

Tendencias y autores

En la Autarquía (1939-1950), el teatro queda afectado por la muerte de autores como Federico García Lorca y el exilio de dramaturgos como Max Aub o Alejandro Casona. En el interior predominan varias tendencias: el teatro arraigado, que acepta el régimen y recupera modelos clásicos con tono heroico (José María Pemán); la alta comedia, heredera de Jacinto Benavente, que ofrece un teatro burgués y conservador (Joaquín Calvo Sotelo, José López Rubio); y el teatro de humor, con rasgos absurdos e inverosímiles (Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura). Frente a estas corrientes surge el teatro desarraigado, de tono trágico y preocupado por la realidad social, cuyo máximo representante es Antonio Buero Vallejo con Historia de una escalera (1949).

En la etapa de Adaptación (1945-1962) continúa la alta comedia burguesa (Juan Ignacio Luca de Tena, Edgar Neville), pero adquiere gran importancia el teatro social, influido por el compromiso de Jean-Paul Sartre. Este teatro denuncia la injusticia y la falta de libertad. Destacan Antonio Buero Vallejo, que practica un “posibilismo” adaptado a la censura, y Alfonso Sastre, más radical. También aparece el teatro pánico de Fernando Arrabal, cercano al absurdo y al mundo del exilio.

Durante el Desarrollo (1959-1973) se consolida un teatro realista y crítico que analiza los problemas sociales con técnicas expresionistas. Sobresalen Lauro Olmo y José Martín Recuerda. Paralelamente surge el teatro independiente, con grupos como Los Goliardos y Els Joglars, que buscan nuevas formas escénicas y mayor libertad ideológica.

En la última etapa del franquismo (1966-1978) se impone el teatro experimental, influido por corrientes europeas como el teatro del absurdo. Se rompe con el realismo tradicional y se apuesta por la innovación formal. Destacan Francisco Nieva y Miguel Romero Esteo.

Con la llegada de la democracia, desaparece la censura y el teatro se diversifica. Se crean teatros autonómicos y salas alternativas, y conviven tendencias conservadoras, reformadoras y de ruptura. En el siglo XXI se mantienen dos grandes líneas: un realismo renovado, representado por Ignacio del Moral o Paloma Pedrero, y propuestas más vanguardistas como las de Juan Mayorga o Angélica Liddell.

En conclusión, el teatro posterior a 1939 evoluciona desde modelos conservadores y condicionados por la censura hacia un teatro social, crítico y finalmente plural y experimental, reflejando en cada etapa la situación política y social de España.

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